Estreno
La Razón

«Madre!»: Aronofsky, un director a tumba abierta

El cineasta, que no acudió al Festival de San Sebastián para presentar la película, avisa de que ésta es la más oscura que ha filmado y que quiere propinar un puñetazo al espectador en el vientre. Para ello ha contado con Javier Bardem, Jennifer Lawrence, Michelle Pfeiffer y Ed Harris.

Darren Aronofsky (Nueva York, 1969) parece llevar siempre la mochila a cuestas, cada vez más repleta, incapaz de ir soltando lastre por el camino. Vive de la acumulación de ideas, sin miedo a caminar encorvado. Si tal cosa existiera diríamos que padece un síndrome de Diógenes cerebral. Así, este «Madre!» que llega a las pantalla con vocación de epatar suena a pura ecolalia (en el buen o mal sentido, ahí entra en juego el espectador), a recapitulación, compendio y ampliación de todas sus obsesiones, desde la bíblica («Noe») a la psíquica («Cisne negro»). Puede ser diarreica y desordenada, pero también coherente en su anarquía. Aronofsky es uno de esos tipos que, en medio del caos de su despacho, encuentra un orden lógico: aquel que sabe dónde está ese libro sepultado entre toneladas de papeles. Por eso es obligado que su cine despierte pasiones, extremas. En Venecia, donde fue presentada, se le recibió a la par entre abucheos y exaltaciones. A San Sebastián no ha acudido, pero también levantó pasiones encoentradas. Aronofsky abarca mucho y aprieta poco, opinan unos;convierte en oro hasta el último tocón chamuscado de la chimenea, consideran los otros. Y todo eso a partir de cinco días locos en una casa de Nueva York.

A borbotones

Es lo que tardó el director norteamericano de origen hebreo en escribir el primer guión de «Madre!». Pura diarrea. «Me levanté una mañana y la película me salió de dentro, a borbotones», dice, fruto de «un caldo de cultivo esencial de angustias y desesperanzas». Lo explica: «Vivimos en tiempos desquiciados. A medida que la población mundial se acerca a los 8.000 millones de personas, nos enfrentamos a cuestiones demasiado preocupantes como para imaginar las consecuencias: los ecosistemas se derrumban y somos testigos de la extinción a un ritmo sin precedentes; las crisis migratorias desconciertan a los gobiernos; unos aparentemente esquizofrénicos Estados Unidos ayudan a elaborar un tratado señero sobre el clima, y meses después se retiran de dicho tratado; las creencias ancestrales y las disputas tribales siguen provocando guerras y divisiones; el mayor iceberg de la historia se desprende del casquete polar antártico y vaga a la deriva por el océano». De todo ello, de lo general, a lo concreto: una casa, dos personas. «“Madre!” comienza como una historia de cámara sobre un matrimonio. El centro lo ocupa una mujer a la que se le pide que dé, y dé, y dé, hasta que ya no puede dar nada más. Con el paso del tiempo, la historia se transforma en otra cosa...».

Los problemas de la pareja que interpretan Jennifer Lawrence y Javier Bardem (ella es simplemente ella y él es él, sin más nombres, en este juego continuamente alegórico de Aronofsky) recluida en este paraíso alejado de la población más cercana comienzan cuando se presenta en la casa un misterioso hombre (Ed Harris) que, finalmente, pasará la noche con ellos a petición del personaje de Bardem y ante el desasosiego de una embarazada Lawrence. A la mañana siguiente aparecerá su mujer (Michelle Pfeiffer) y, poco a poco, la casa se irá llenando de amenazas, de desconocidos. Lo que arranca como un «thriller» con tintes de terror pasa a convertirse en pura danza macabra, en alegoría, en psicomaquia. Ya llegados a ese punto, todo cabe en «Madre!». Ni siquiera Aronofsky quiere mediatizar la mirada del todo: «Colectivamente, esta es una receta que nunca podré repetir, jamás, pero estoy convencido de que la mejor manera de servir este brebaje es de una vez, de un trago».

Pura toxicidad

Pero «Madre!», que puede cabalgar del ecologismo a la fábula bíblica, traza un despiadado retrato de pareja, una bizarra alegoría del amor y la creación (él es escritor y está bregando con otro «parto» no menos duro que el de su esposa), de la toxicidad inherente a ambos, donde todo intercambio es un proceso de vampirismo. Cuesta no pensar en que Aronofsky habla en clave de artista, consciente de que todo creador se nutre de su egoísmo y de las entrañas de los otros, como el pelícano baudelaireano. En este juego de tensar las implicaciones de cada plano trata de reafirmarse en su apuesta extrema, de subrayar cada camino que abre. Quizá ahí radica el desapego de cierta parte de la crítica: Aronofsky peca por exceso.

Toda la acción transcurre en una casa que, en última instancia, deja de tener límites definidos. La construyeron en Montreal, «dos veces», añade el director: «La primera hicimos únicamente la primera planta en un campo, un campo bellísimo. Eso nos permitió hacer todas las secuencias con luz de día, que fueron rodadas en orden. Después levantamos la casa de tres plantas completa en un plató de rodaje de Montreal y pudimos rodar las escenas de noche. A medida que la película avanza se va adentrando más en la oscuridad».

En esa mansión, donde una vez creció el escritor y que ha sido reconstruida con mimo por la esposa tras un incendio, es donde se mueven estos dos personajes que han supuesto un reto de primera magnitud para los oscarizados Lawrence y Bardem. «Una de las mejores cosas que puede ocurrirte, como artista, es formar parte de una película que sirva para comenzar conversaciones, porque es una idea original, absolutamente singular–dice Lawrence–. Aunque las escenas son inquietantes de por sí, la alegoría subyacente es aún más sobrecogedora. La clave está en el significado del todo. Hay un millón de facetas diferentes en esta cinta con las que ciertas personas van a conectar, que les van a asustar o intrigar». Para Pfeiffer, «Darren colocó el listón muy alto, para él y para todos los demás. Rodábamos unas tomas demenciales, descabelladamente largas, recorriendo pasillos, subiendo y bajando escaleras. Entrabas y salías de escena constantemente, saltando por encima de cables, ocultándote tras la cámara. Tenías que recordar el guión y a la vez estar pendiente de no tropezar. Sin embargo –prosigue– todos lo afrontamos como un reto, con ansia de superación». Antes del rodaje definitivo, Aronofsky hizo una versión de prueba de toda la película en un espacio sin paredes, únicamente acotado por cintas en el suelo. El desconcierto es la base de la riqueza del filme y los propósitos de su autor: «Queríamos que el espectadorse abalanzarse hacia lo desconocido, no queríamos darle un punto de apoyo que le transmitiese emociones sencillas». El público norteamericano, por lo pronto, ha dado la espalda en taquilla a la apuesta a tumba abierta de Aronofsky. Para muchos, sin embargo, es la película más estimulante del año.

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