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La Razón

Aquellas lentes que engrandecieron la Historia

En el siglo XVII vivieron en la ciudad de Delft, y a pocos metros de distancia, dos hombres que influyeron decisivamente en nuestra forma de ver el mundo. Johannes Vermeer y Antoni van Leeuwenhoek habitaron en casas cercanas a la Plaza del Mercado de la próspera ciudad holandesa y es muy probable que se conocieran, aunque no hay constancia de ello, lo que sí está bien documentado es que ambos desempeñaron un papel indiscutible en la idea de ver que se desarrolló en ese tiempo y lugar.

El aclamado pintor y el científico pionero de la microbiología nacieron en el otoño de 1632. Veinte años más tarde ya era evidente que Europa se encaminaba hacia el racionalismo de la era de la Ilustración y ambos vivieron la «revolución científica» protagonizada, entre otros, por Copérnico, Kepler, Galileo y Newton. El interés por observar, representar y medir la naturaleza exigía nuevos instrumentos y, sin duda, los más emocionantes de los que surgieron en aquella época fueron el telescopio y el microscopio, que permitían ver partes del mundo que antes eran invisibles por estar demasiado lejos o ser demasiado pequeñas. Esa nueva forma de ver transformó también el arte. Da Vinci decía que los pintores debían estudiar «la ciencia del arte y el arte de la ciencia». De hecho, muchos de los científicos de la época, o «filósofos naturales» como se les llamaba entonces, se habían formado como pintores. Por ejemplo, cuando Galileo observó la luna con su «perspicillum» pudo identificar las manchas como montañas porque sabía cómo se pintarían las montañas y sus sombras en una superficie curva. Quizá uno de los mejores ejemplos de la cohesión entre el arte y la ciencia sea que el científico más destacado de Delft y su mayor artista utilizaran lentes para desarrollar su trabajo. La extraordinaria técnica de Vermeer, su precisión y dominio de la luz se debe a la cámara oscura, un dispositivo en forma de caja que canaliza la luz a través de una sola abertura o lente para proyectar una imagen enfocada de una escena determinada. Experimentó con la luz, investigó y descubrió nuevas posibilidades como lo haría un científico, la prueba es cuántos objetos repite en cuadros diferentes, situados e iluminados desde variadas perspectivas.

En la década de 1650 Delft era ya conocida por la calidad de sus lentes. El vidrio curvo y pulido se había utilizado desde el siglo V a.C. En el XI, los monjes usaron piezas de vidrio cuidadosamente formadas para «iluminar» sus manuscritos y a finales del siglo XIII ya existían gafas con montura de alambre. En la primera década del siglo Galileo había diseñado nuevos telescopios e investigado con versiones primitivas de microscopios. Unos años después, Leeuwenhoek, un comerciante de telas convertido en naturalista autodidacta, se obsesionó con la creación de diminutas lentes y pequeños pero potentes microscopios y construyó más de quinientos, algunos capaces de ampliar una imagen cientos de veces. Comenzó a estudiar las gotas de agua de ríos , la sangre, los músculos, la saliva, cualquier cosa que estuviera a su alcance.

Maravilla natural

En 1676, explicando un descubrimiento revolucionario, que el agua estaba habitada por multitud de microbios, escribió: «Para mí, esta fue una de las maravillas que he descubierto en la naturaleza y la más maravillosa de todas». Sus descubrimientos están documentados a través de una correspondencia de cincuenta años con la Royal Society británica. En el caso de Vermeer, que vivió solo hasta los 43 años, Snyder tiene menos documentación sobre la forma en que trabajaba. La apreciación de su arte llegó mucho después de su muerte. Durante su vida, fue un artista de una precisión tan intensa, tan lento para terminar una pintura, que nunca logró llevar una vida sin preocupaciones y murió endeudado. Hay que tener en cuenta, y es un dato relevante, que Vermeer, que se convirtió al catolicismo, tuvo once hijos, y Leeuwenhoek, protestante, únicamente una hija. Ambos utilizaron instrumentos ópticos para ver lo que nunca se había visto antes: criaturas microscópicas y estructuras de animales. En el caso de Vermeer apreció cómo los colores cambian bajo diferentes condiciones luminosas y un efecto de luz dirigido a un objeto o unos labios puede transmitir emoción.

Laura J. Snyder ha escrito un ensayo sobre dos protagonistas de una época en la que los hombres quisieron ver más allá de lo evidente y lo ha hecho de forma exhaustiva, apasionada y brillante. «El astrónomo» de Vermeer podría ser el emblema de ese tiempo.

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