Literatura
La Razón

García Ortega vive con nosotros

Después de «El evangelista» (también editado en Galaxia Gutenberg), uno de nuestros escritores más secretos del panorama actual nos regala esta recopilación de textos extraídos y contextualizados de sus artículos. Otros son inéditos, e incluso se permite hacer algo que el pudor le había impedido hasta la fecha: mostrarnos anotaciones íntimas que ha preferido abordar en tercera persona «como si me viese ajeno a mí mismo y objeto de análisis literario», sin duda, siguiendo la estela de La Rochefoucauld, que reza: a veces uno es tan diferente de sí mismo como de los demás. Una vez más se ampara en la otredad, tónica de muchos de sus textos. Bajo el neutral subtítulo «Autorretrato (1,2,3,4...)», conocemos «su predisposición positiva para ser feliz» o la alegría que siempre le produce «la sabiduría de Diderot», «que no quiere escribir literatura sobre sí mismo» o que «a veces le viene a la cabeza la idea de tener que convivir con el hecho de haber cometido un error irreparable en la vida». Así se nos muestra en estos –escasos– pasajes impagables: como un maestro de estampas emocionales que sabe escorar la épica, a diferencia de muchos charlatanes que ejercen el insano oficio de mirarse el ombligo.

Después, el grueso del volumen avanza por la senda de la opinión, la incertidumbre y la reflexión. Siempre tranquilo, relajado en la columna vertebral de sus argumentos y alérgico a la sentencia, nos guía por distintas estancias plagadas de nombre propios o situaciones sociopolíticas actuales. Desde Rimbaud a Mordzinski, pasando por Spinoza y Chateaubriand sin olvidar a Modiano, Erri de Luca, Cabrera Infante o su querido Gonzalo Suárez. Medita sobre el oficio de escritor, el noble deporte del ciclismo, Cataluña, la física, Mahoma y la guerra civil europea, siempre al ritmo de una melodía misteriosa e introspectiva que elude la cátedra o la aseveración.

Poco importa de lo que hable este compatriota del verbo porque siempre resulta balsámico leerle y «copiarle» una idea, un punto de vista, asentir quedamente con su argumentario... El autor no solo tiene la mala costumbre de tener razón, sino que sabe razonarla hasta el punto de que en cada línea se puede oír su respiración, la sinapsis neuronal que le ha llevado a tal conclusión o la tristeza con la que la idea fluye desde su teclado. Hay muchos tipos de autores: los amigables, los convencionales, los formales, los inconsistentes, los de «llegada» que culminan etapas y dan saltos al vacío, pero lo que más conmueven, aquellos a los que volvemos una y otra vez, los que han logrado nuevas licencias tanto creativas como de crecimiento –García Ortega los llama «autores de salida»–, son los que se quedan a vivir con nosotros. Sus volúmenes jamán se abrigan con el polvo porque a ellos recurrimos cuando estamos solos, perdidos o desasistidos de brújula. Él cita a muchos maestros de forma humilde: Cervantes, Kafka, Diderot, Flaubert, James... o el inefable Auden. Pues bien, García Ortega, como este poeta y ensayista británico, logra idéntico cometido en cada una de sus páginas: «Ayudarnos a redimir el tiempo de la insignificancia».

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