Crítica de libros
La Razón

Ken Follet no necesita pilares

Decía un personaje de una comedia de Alfonso Paso que se quitaba el sostén para leer a Kierkegaard porque se sentía más suelta. Los críticos, para leer el último tocho de Ken Follett, excepto los «influencers» contratados por la editorial para fotografiarse leyendo en poses imposibles «Una columna de fuego», habrían de hacer flexiones y «burpees» en un «Crossfit» para poder leerlo tumbado en un sofá. Mil páginas con una letruca diminuta de una historia tan ambiciosa que trata de abarcar los siglos XVI y XVII, vida cotidiana y amores contrariados entremezclados con grandes acontecimientos históricos.

La saga comienza en el siglo XII con la construcción de la catedral gótica de Kingsbridge, en «Los pilares de la tierra», seguida de «Un mundo sin fin», doscientos años después, y finaliza en 1620 con la saga de Ned Willard, hilo conductor de «Una columna de fuego», durante el reinado de Felipe II en España e Isabel Tudor en Inglaterra.

Prosa meticulosa

Ken Follett es un escritor muy dotado para urdir ambiciosas tramas históricas de intriga con una competencia literaria digna de admiración. Con una prosa meticulosa estudia la época y recrea el pasado creando un centenar de personajes definidos con tal precisión y sobriedad que le impide caer en las trampas del vulgar melodrama y los tópicos del folletín. Lugares comunes donde suelen pararse los escritores de novela histórica, al centrar su ambición en una alambicada reconstrucción histórica de los usos y costumbres de la época, mientras se abandonan a los estereotipos que desde hace siglos se imponen al novelista, atrapado entre la tradición y la falta de recursos para modernizar la novela histórica como ha hecho Follett.

El escritor prefiere centrarla en la actividad económica, el comercio y el auge de la clase urbana y el fortalecimiento de la monarquía frente a la aristocracia, mediatizadas por las guerra religiosas entre católicos y protestantes en la Europa renacentista. Todos los personajes, tanto aristócratas como plebeyos, son tratados de forma cotidiana, colocándolos en planos similares de humanidad.

El autor desplaza el foco hacia los conflictos sociales de clase y las guerras religiosas, insertas en las disputas políticas: la Inquisición, las intrigas palaciegas y la aparición del germen moderno de la libertad, tanto comercial como privada, en especial remarcando la naciente autonomía de la mujer. En ese espacio literario se mueven los personajes como en un estanque promiscuo de amores, celos y venganzas zarandeados por el destino.

Follett es sinónimo de literatura en estado de ebullición, narración impecable y personajes que, definidos con los trazos justos, crean la sensación de vivir en una época histórica sugerida con maestría y sencillez. Inmerso en ella, el lector se siente proyectado a un periodo lejano que lo interpela como si fuera el momento actual. Esa es la función de la novela histórica: recrear un pasado que se hace presente. Esa es la virtud de este escritor, crear mundos sugerentes y personajes vívidos, y hacerlo con la naturalidad y precisión de los grandes escritores de literatura popular.

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