Crítica de libros
La Razón

La no biografía de Simenon

Todos tenemos mil biografías posibles y ninguna completa, como aseguraba García Márquez. Acaso, ateniéndose a esa máxima, el hombre que nació bajo el signo del exceso, el novelista que escribía una página cada veinte minutos –mil quinientas palabras por hora, cuatro mil quinientas al día durante veinte jornadas seguidas– para publicar cuatro novelas al año y descansar nueve meses seguidos; el seductor que aseguraba haber yacido con más de diez mil mujeres –un tercio de ellas, prostitutas–; el tipo que se bebía un par de litros de vino tinto al día para estimular su verbo... El mismo que ganó dinero en cantidades ingentes y lo dilapidó en la misma proporción y que derrochaba una incontinencia verbal desmedida... Ese mismo Simenon, es el responsable de este monumental «memoir».

Tras un torpe diagnóstico cardíaco que le sentenciaba a dos años de vida –y que nos retrotrae al error médico que cometieron con Anthony Burgess y su tumor cerebral– el autor «noir» decidió dedicar ese tiempo a escribir. Pero no novelas de su afamado inspector Maigret, sino esta «no biografía» donde vierte toda la fuente de su angustia, la curva de su temperamento y la agitación de su alma, a través de la épica discreta y silenciosa de las pequeñas situaciones. Tras el fatal diagnóstico: «Pensé que cuando fuera mayor mi hijo de dos años no sabría casi nada de su padre ni de su familia paterna», escribió, así que, «para colmar esa laguna, compré tres cuadernos con tapas de cartón jaspeado y, renunciando a mi habitual máquina de escribir, empecé a contar en primera persona y en forma de carta una serie de anécdotas de mi infancia». Cuando llevaba cien páginas se las envió a André Gide quien le conminó a continuar, pero le sugirió cambiar la primera persona por la tercera y convertirla en una novela. Aunque la muerte no llegaría hasta cuatro décadas después (1989), el autor de «El perro canelo» se afanó en rematar «Pedigrí» en los años posteriores a la Segunda Guerra Mundial. Ya tenía un amplio camino recorrido como escritor, de hecho, algunos de los treinta y un relatos y las setenta y dos novelas que protagonizó Maigret –entre 1931 y 1972– estaban escritas ya en esas fechas.

Oficio de hombre

Aunque el autor de Lieja se planteó una novela de no ficción confesional de magna extensión, no llegó a concluirla. Todo se quedó en «Pedigrí», que en su cabeza sería el primero... y único tomo. Así, Roger Mamelin –su alter ego– se congeló a los dieciséis años. Hubiera deseado dotarle de adolescencia, de sus vivencias parisinas, y el aprendizaje de lo que él denominaba «el oficio del hombre». Pero, como explica el propio Simenon en la edición de 1957, este libro constituye una rara avis.

Escrito en los oscuros días de la ocupación nazi de Francia, se encuentra «huérfano» en la producción madura del autor, acaso porque le llevó más de dos años concluirlo en lugar de las habituales tres semanas con las que «despachaba» a su famoso comisario. Asistimos a una imagen inolvidable de Lieja y su gente, observada por el inocente –pero despiadado– ojo de un niño inu-sual. Un retrato entre dickensiano –aunque poco compasivo–, balzaquiano –por sus costumbrismo– y proustiano –por su sensorialidad–. Recorremos la pobreza, el crimen, la locura, la riqueza, la burla... La historia comienza con el nacimiento de Roger Mamelin y termina con la liberación de la ciudad por la ocupación alemana en noviembre de 1918. El único héroe en la vida de Roger es su padre, y la guerra emocional entre el niño y su madre domina toda la novela, en tanto que se trata de un vástago que lucha para entender la personalidad volcánica de ella. Asistimos a la descripción de la casa familiar, el barrio obrero, las escuelas a las que asiste, sus tías, sus primos de la rama flamenca, los inquilinos rusos, los rituales de la vida católica. No olvida los horrores de la guerra y la ocupación; el terror de los castigos colectivos y las muchachas bonitas en los brazos de los soldados alemanes. El novelista no se molestó en cambiar los nombres...

Publicado en1948 tras no pocos intentos de soborno y demandas por parte de varios personajes que se sintieron identificados, Simenon hace una segunda edición cercenada en 1952 en la que eliminó los pasajes ofensivos. Lo más importante es que quería «drenar todo el pus. Pero, sobre todo, me dio una sensación que nunca había tenido: me libré de la angustia», como escribió a Gide.

Ese es el resultado de este poderoso, lírico y honesto monumento a la infancia y a la familia, en el que «todo es verdad pero nada es exacto», un cuerpo a cuerpo contra sí mismo, del novelista que disfruta de un renacimiento, no como escritor popular sino como autor reconocido por la crítica. Él, que a los treinta y cuatro años predijo que ganaría el Nobel antes de los cincuenta, se estará regocijando en su tumba. Pero... lo sentimos, querido inspector Maigret: el señor Simenon tenía más aristas y arquivoltas. Estas páginas le dan la razón porque son la obra de un maestro.

Outbrain