Teatro
La Razón

«Alta seducción»: Un actor único

Autor: María Manuela Reina.

Director: Arturo Fernández.

Intérpretes: Arturo Fernández y Carmen del Valle.

Teatro Amaya. Madrid. Hasta el 26 de noviembre.

Puede que algunos no lo crean, pero Arturo Fernández está aún en plena forma: su presencia sigue llenando el escenario y su bagaje e inteligencia le permiten, sin renunciar a una sutil evolución, seguir dando al público lo que este le pide. A «su» público, mejor dicho; porque es verdad que él tiene uno casi propio, una fiel legión de admiradores en la que no militan demasiados jóvenes, pero en la que prácticamente todos hicieron la instrucción viendo gran teatro y buenos actores. Raro sería que el popular actor, diestro director además de este montaje, no aprovechase las cartas que su propia naturaleza y su registro dramático le han repartido para ofrecer un digno espectáculo dentro de los códigos de esa comedia amorosa y convencional (aunque a él le guste llamarlo «alta comedia», carece del psicologismo propio de ese género) en la que siempre se ha manejado con mucho talento y en la que, precisamente, sus fans quiere verlo. A eso juega en «Alta seducción», ni más ni menos. Juega a sacarse el mejor partido a sí mismo para ofrecer un producto que quizá recuerde ya a otros, pero que está concebido bajo un envoltorio artístico de rigurosa profesionalidad. Un elemento fundamental para dar consistencia a tal producto es sin duda el texto de María Manuela Reina, escrito con gran pericia a la medida justa de las características interpretativas de Arturo Fernández. La obra, que cuenta la relación entre un hombre, algo ya más viejo que maduro, con una mujer mucho más joven que ejerce la prostitución en círculos de cierto nivel, contiene además –en esto sí entronca con la alta comedia– algunos ramalazos, bien adheridos a la comicidad de la trama, de cierta crítica social y política. Incluso, en una comedia aparentemente burguesa, hay una elegante bofetada al propio sistema de costumbres y valores burgueses. O al menos eso puede uno colegir de un final que es feliz en cuanto que se arriesga a transgredir la convención social. Bien merece ser destacado también el trabajo de Carmen del Valle, una actriz de completísima trayectoria cuya versatilidad le ha permitido aquí adaptarse sin problemas a los parámetros de la comedia clásica y popular. Replicar a Arturo Fernández en su terreno, sin desmerecer de sus logros, no es fácil, y ella lo hace con gran oficio. A todo ello, por último, cabría añadir el esmero en el diseño de la producción, algo que se echa de menos en otros montajes de estas características. Ver, pues, la suma de los distintos aciertos de la propuesta es ver, como he dicho, un producto teatral mucho nmás que digno; quizá no satisfaga al espectador más exigente, pero no creo que la función esté pensada para él. O, al menos, no tanto como para el que busca, simplemente, pasar un rato muy agradable con una historia bien representada.

LO MEJOR

Arturo Fernández no ha bajado un centímetro el listón de exigencia en cada detalle

LO PEOR

La comedia, de factura convencional, podría transitar argumentos menos comunes

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