El desafío independentista
Ángel Nieto

Los rostros de la fractura

Barcelona amaneció ayer enrarecida. En el ambiente se respiraba tensión. La euforia de algunos contrastaba con las caras largas de otros. Hay quienes gritaban en la plaza de la Cataluña que ya eran «libres», mientras que otros acudían a sus trabajos con la cabeza baja y evitando hablar con la Prensa. El fiel reflejo de una sociedad fracturada, partida en dos tras el referéndum ilegal. Frente a la reacción fanática de los separatista, la mayoría silenciosa tenía miedo a expresarse, al menos en público. «La primera batalla la hemos ganado, hemos votado, ahora vamos a por la independencia», dice Antonio, un portero de una finca del barrio de San Gervasi que se siente «un mártir» por luchar por su «país». «Después de Cataluña vendrá Madrid, Valencia, Andalucía. Todos independientes», afirma orgulloso.

Pero, ¿qué ocurrirá si el miércoles, el presidente de la Generalitat, Carles Puigdemont, aprueba la Declaración de Independencia Unilateral? ¿Qué harán los que no quieren la independencia? ¿Y cuál es el plan de los independentistas? «Esta es la clave, los políticos catalanes han vendido algo irreal, es como el Brexit. Su campaña ha estado basada en hechos falsos o al menos, afirmaciones que no son del todo ciertas. Se han aprovechado de la gente, han ofrecido el Nirvana y algunos se lo han creído», dice Montse, que a sus 19 años explica con criterio los pros y los contras de un Estado independiente. «Sería una locura, estaríamos fuera de todo, de la UE para empezar y además veríamos mucha más violencia en las calles. No quiero ni pensarlo», confiesa.

Jordi para su taxi en Las Ramblas, lleva más de veinte años al frente del volante y asegura que a él el tema de la independencia le «importa poco». «Aquí hay que trabajar más y protestar menos», sentencia. Él no votó porque era una consulta ilegal, pero reconoce que la violencia vivida durante la jornada del domingo «ha cambiado para siempre a la sociedad catalana». «Mire si Puigdemont independiza Cataluña, lo único que será diferente es que en vez de pagar mis impuestos en España lo haré aquí, lo cual que da bastante igual. Están obsesionados con lo que hacen los vascos, parece que es el espejo en el que tenemos que mirarnos», reconoce al tiempo que una turista se sube en la parte trasera del coche y Jordi se despide apresuradamente.

Un tramo más arriba, en la Plaza de Cataluña, una multitud de jóvenes entra coreando «Els Segadors», la canción convertida en reivindicación de los separatistas. Bruno les mira con desdén, no le gusta lo que ve. «Les han lavado a todos la cabeza, ¿saben realmente lo que quieren y lo que ocurrirá si se declara la independencia? Yo lo tengo claro, me iría a España», afirma este catalán de pura cepa. «Los que no comulgamos con el plan de Puigdemont nos hemos convertido en ciudadanos de segunda, aquí ya no se puede llevar la bandera de España sin que te insulten, es una vergüenza. Yo soy más catalán que la mayoría de todos esos y ¿me llaman a mí traidor?», lamenta. Lo que ocurrirá si se declara de manera unilateral la independencia, según Bruno, es que, entre otras cosas, «se seguirá adoctrinando a los niños como vienen haciendo hasta ahora. Fue un error que cedieran competencias educativas a las autonomías porque en Cataluña las han aprovechado para adoctrinar. Los niños conocen una historia de España tergiversada... ¿Sabes cuál dicen que es el río más grande de España? El Llobregat, ¿esos son los que van a formar parte de un país catalán?», dice para después soltar una fuerte carcajada.

Una opinión diametralmente opuesta a la de Javier Culleré, que no habla con periodistas salvo que se le muestre la acreditación. Hechos los trámites oportunos habla con LA RAZÓN, eso sí, con tensión pues piensa que cada pregunta es una trampa. «Me gustaría que los políticos españoles tuvieran sentido común», asevera. Su visión para el día después del 4-O, es que «realmente no pasará nada, pero seremos independientes. Todo será igual pero sin estar sometidos». Entonces, ¿para qué separarse?. «Porque nos sentimos como la esposa maltratada. Víctimas de un marido que no quiere ver lo que pasa y que nos pega», dice metafóricamente. «Además, quien quiera seguir siendo español, que lo sea. Será un país plural, algunos solo serán catalanes, otros con doble nacionalidad... Y ya verá cómo la UE nos quiere dentro, en Bruselas son de hechos consumados, hasta que no nos independicemos no dirán nada, pero luego nos aceptarán», argumenta. «Esto es una revuelta, una insurgencia y seguiremos hasta el final. Mire no es que me caigan mal el resto de españoles, los madrileños son muy agradables, aunque bueno los andaluces son un poco cargantes... Yo solo os digo una cosa a los españoles, perderéis Cataluña como perdisteis Cuba», pronostica este vendedor ropa de 62 años que nos despide con un desconfiado apretón de manos.

Pero la realidad es que una gran parte de catalanes se siente atemorizada frente a los gritos separatistas. Da fe de ello Enrique, un agente inmobiliario que ve como a su hija de 15 años no han tenido más remedio que dejarle ir con sus amigos –todos ellos de familias fuertemente secesionistas– a las manifestaciones. «Es una forma de segregación, si no estás con ellos estás en su contra. Nosotros somos adultos y podemos decir que no, pero ella es una adolescente y no se quiere sentir apartada», reconoce. Esta familia vive en el barrio de Gracia, y Enrique reconoce que no se siente cómodo. «Si se declara la independencia todos se darán cuenta que lo que les han vendido los políticos de aquí son mentiras. No seremos más ricos, al contrario. Todo lo que vendría después sería negativo para los catalanes. Además, los que no hemos participado en el referéndum estaríamos en una lista negra, no lo dudes. Me siento muy violento con esta situación», confiesa.

Se acerca la noche y como cada día en muchos puntos de Cataluña, desde los balcones de las casas, los separatistas comienzan a hacer sonar su sartenes, cazos y ollas al grito de «Sí se puede» y «Hemos votado». En silencio, otros vecinos observan temerosos la que se que se les puede venir encima. A la luz de los resultados del referéndum ilegal, representan una mayoría, una mayoría silenciosa y silenciada, que asiste impotente a como una mitad quiere convertir en extranjera a la otra mitad.

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Asegura que tras la secesión habría incertidumbre, pero que merece la pena porque lo que ve actualmente «no me gusta nada». «Si no nos quieren en Europa, que lo dudo, ellos se lo pierden, pero cómo no van a tener interés en un país fuerte como lo sería Cataluña independiente», dice. Lo que quizá le duela más es que su madre no comparta sus deseos soberanistas. «Ella es de la ley. Primero cumplir las normas y luego ya se verá. Pero los jóvenes queremos probar cosas nuevas. Y si no nos va bien fuera de España, ya veríamos el modo de arreglarlo».

Alba Camarasa, estudiante: «El Govern ha dejado muchas preguntas sin responder»

Estudia comercio internacional, lo cual le será de gran utilidad si Cataluña se separa de España. Aunque Alba no es independentista, sí acudió a votar el domingo. Eso sí, no sabe lo que ocurrirá si Puigdemont activa la DUI. «Hay muchas preguntas sin respuesta. No sabemos realmente cuáles serían las consecuencias porque se han negado a contar toda la verdad. Lo que sí creo es que podría ser beneficioso para la economía catalana, duro al principio, pero luego se remontaría».

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Se siente cómodo rodeado de esteladas porque según él no son más que «trapos con la que los bazares chinos hacen caja». «Por qué si a todos los comercios nos obligan a poner los toldos del mismo color a la gente esa la permiten poner esas banderas». No le da miedo la independencia porque él si se produce pondría tierra de por medio. «Yo no quiero vivir en la dictadura de Puigdemont. En ese hipotético país nadie querría invertir. Ojo y me iría porque me da la gana pero que a nadie se le ocurra echarme.

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