Conflictos religiosos
Jorge Vilches

Occidente ha perdido mucho tiempo

La Alianza de Civilizaciones que pusieron en marcha Zapatero, Erdogan y otros líderes internacionales no sirvió para poner fin al terrorismo. Aquella idea ahondó el complejo de culpa, haciendo creer a los occidentales que la responsabilidad del terror la tenían sus gobiernos y sus políticas, su historia y la defensa de sus costumbres. El belicismo y el capitalismo, decían, eran los dos «fábricas de terroristas» en el exterior, y que la supuesta marginación social y laboral de los islámicos en Occidente les hacía susceptibles de convertirse en terroristas.

La Alianza de Civilizaciones propugnaba más multiculturalismo –entendido como disolución de las tradiciones propias y acogida oficial de otras culturas en plano de igualdad o superioridad–, subvenciones a programas sociales –muchos terroristas, de hecho, antes cobraban directa o indirectamente una paga–, y cambios en la educación y en los medios de comunicación. Esto se convirtió en la verdad oficial, al tiempo que cualquier crítica se tachaba de «islamofobia». En el lote se incluyó a Israel, a pesar de que el 16% de su población es musulmana y de que cuenta con un nutrido partido islámico en su Parlamento.

Frente al pacifismo del planteamiento de la Alianza de Civilizaciones, con un evidente antiamericanismo y un poso izquierdista, se levantó la solución neoconservadora. Los neocon, cuyo origen estuvo en el Partido Demócrata, fundaban sus concepciones en postulados del siglo XX y en el ejemplo de la Alemania nazi y el Imperio japonés: derrota militar, ocupación de los Estados terroristas y democratización. La estrategia fue insuficiente porque el concepto de guerra había cambiado. De hecho, Hillary Clinton, como secretaria de Estado de Obama, alentó la participación militar en Oriente Medio, incluido Irán, entre 2011 y 2013, consiguiendo sólo la desestabilización de la zona. El caso de Libia es evidente.

La situación es diferente: la guerra no es por un territorio ni se da sólo en el frente, sino que es global y psicológica. Por eso, sus últimos teóricos, como Mustafa Setmarian y Mohamed al Adnani, llamaban a la «resistencia global», a la lucha en la misma casa del «infiel», que comprende también a los «malos» musulmanes. La clave, por tanto, está en la organización, extensión y financiación de la predica del terror en Occidente.

El salafismo wahabista como forma estricta de entender el islam se ha ido extendiendo por un mundo, cuyas sociedades acogen a sus predicadores, en buena medida financiados por Arabia Saudí, Qatar y Kuwait. El wahabismo fue la versión integrista del islam que sirvió a Ibn Saud para construir Arabia Saudí, país que lo utiliza como instrumento geoestratégico y político desde la década de 1960. Allí tuvieron acogida los predicadores islamistas expulsados de Egipto y Siria, entre otros sitios. Comenzó entonces el «despertar islámico»: grandes inversiones en propaganda, educación y mezquitas por todo el orbe.

No es algo que haya surgido de la nada. El sunní Ibn Taymiyya ya hablaba a comienzos del siglo XIV de la necesidad de evitar la «contaminación» del islam. En el siglo XX, el imán pakistaní Abu Ala Maududi, predicó la construcción de un Estado islámico, con una comunidad homogénea, en la forma de una teocracia; un planteamiento que tuvo influencia en el Irán de la revolución de 1979. El egipcio Sayyid Qtub, de los Hermanos Musulmanes, fue más allá: indicó que la civilización occidental era fuente de inmoralidad; en especial, EE UU, cuyo estilo de vida basado en el igualitarismo y la libertad individual dañaba la concepción islámica y, por tanto, había que combatirlo.

El conjunto ha convertido a esta interpretación del islam en una ideología totalitaria: proselitismo, defensa integral del dogma con exclusión del resto, sacrificio individual y colectivo, y promesa de paraíso. El terrorismo es entendido en estas circunstancias como un acto de legítima defensa o de ataque justificado por un bien común y mayor determinado por Dios, una respuesta a una ofensa como civilización, ya sea por aspectos económicos, políticos, culturales o bélicos.

Los problemas, en consecuencia, son varios. No hay un control total sobre los imanes que, bien financiados, predican aquí esa yihad violenta. Además, la izquierda se ha instalado en el buenismo de la Alianza de Civilizaciones y el multiculturalismo que culpa del terrorismo a Occidente por acción u omisión. De hecho, el 12 de septiembre de 2001, un día después de que Al Qaeda, de raíz wahabista, dejara 3.000 muertos en EE UU, y mucho antes de la guerra de Irak o de la «foto de las Azores», el diario «El País» titulaba: «El mundo en vilo a la espera de las represalias de EE UU». De igual forma, Noam Chomsky dijo entonces que de esa misma manera habían tratado las «potencias imperialistas al resto del mundo durante cientos de años». Algo similar ocurrió en España tras los atentados del 11-S, en el que se culpó al gobierno del PP por ser aliado de EE UU, que es la acusación constante del yihadismo.

Los terroristas se benefician de las facilidades que les ofrecen nuestras sociedades del bienestar, abiertas y buenistas, ancladas a envejecidas ideas de guerra, tanto como de la división partidista que sus acciones provocan. Es hora de poner en práctica otra estrategia.

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