Reino Unido
Celia Maza

Corbyn pide a May elecciones si no acaba con las guerras del Brexit

El furor por el líder laborista se dispara en el congreso por la debilidad de la «premier»

Hasta tres minutos tuvo que esperar ayer Jeremy Corbyn para pronunciar el discurso que cerraba el congreso anual del Partido Laborista. No podía articular palabra. El público congregado en Brighton coreaba en pie sin descanso su nombre como si se tratara de una estrella de rock o un equipo que acabara de ganar un mundial. Nunca antes el veterano político, de 67 años, había vivido una situación similar. Cuando en 2015 se convirtió en líder de la formación, fueron las bases, y no los diputados, los que dieron su apoyo a un hombre que se declara enemigo de la austeridad, admirador de Hugo Chávez, defensor de la nacionalización del gas y electricidad y propalestino. Sus filas jamás le aceptaron y con el seísmo que supuso en Westminster el triunfo del Brexit, aprovecharon la mínima ocasión para presentar una moción de censura. Sin embargo, en 2016 Corbyn fue reelegido de nuevo.

La formación asumió entonces que su giro a la izquierda más radical les llevaría a la humillación más absoluta en las urnas. Pero no fue así. En las elecciones anticipadas de junio, la «premier» Theresa May acabó perdiendo la mayoría absoluta y, aunque en segunda posición, consiguieron el mayor aumento en su apoyo desde 1945, por lo que celebraron el resultado como una gran victoria. Desde entonces, Corbyn se ha convertido en un héroe. Y es precisamente por la ventaja que saca ahora en las encuestas a los conservadores por lo que May continúa aún en Downing Street. Aunque la primera ministra no goza de ninguna autoridad, ningún «tory» quiere ser el responsable de una revuelta interna que pudiera acabar poniendo al laborista en el número 10.

«Nos hemos convertido en el Gobierno a la espera», advirtió Corbyn durante su aclamada intervención. «Nuestro mensaje al país no puede ser más claro: el laborismo está a las puertas del poder», matizó. Aprovechando la guerra civil que se vive en el Gobierno, el veterano político acusó a los conservadores de estar «más interesados en ellos mismos que en conseguir el mejor acuerdo» en las negociaciones del Brexit. «El interés nacional nunca antes había estado tan desatendido para una cuestión tan vital», matizó. «Así que tengo un mensaje sencillo para el Gabinete: por el bien de Reino Unido, traten de unirse o dejen el camino libre», añadió.

Aunque Corbyn apoyó el período de transición de dos años propuesto por May una vez el país abandone el bloque en marzo de 2019, insistió en que el Partido Laborista era el único que podía «unir a todos en torno a una visión progresista de lo que Reino Unido podría llegar a ser». Lo cierto es que, pese a que los laboristas muestran estos días una unidad inusitada en torno a su líder, tampoco logran llegar a un acuerdo en cuanto a la estrategia de salida de la UE. La mayoría de los diputados son europeístas y quieren otro referéndum, los votantes apostaron en su día por el Brexit y el propio Corbyn sigue mostrando una tibia postura hacia Bruselas.

Y es por este motivo por el que el veterano político no quiso mojarse respecto a un «Brexit duro» o «blando», limitándose a decir que el país «debe permanecer en los términos básicos del mercado único y la unión aduanera durante un limitado periodo transitorio». «Un Brexit laborista es uno que prioriza el empleo, que garantiza un acceso sin impedimentos al mercado único y que establece una nueva relación de cooperación con la UE», señaló sin dar más detalles. Era obvio que en su luna de miel no iba a dar titulares que le ocasionaran problemas. Con respecto a los comunitarios residentes en suelo británico, mandó un mensaje muy claro a la primera ministra: «Los tres millones de ciudadanos de la UE que viven y trabajan en Reino Unido son bienvenidos. Así que, Theresa May, dales hoy las garantías completas que merecen. Si no lo haces, lo haremos nosotros».

Durante más de la hora larga que duró su discurso, Corbyn se erigió como abanderado del «socialismo del siglo XXI» y vaticinó que su llegada a Downing Street supondría el punto final a las tres décadas de privatización, desregulación y austeridad que remontó a la era Thatcher. En este sentido, anunció una serie de medidas intervencionistas en la economía, incluida la creación de un Banco Nacional de Inversiones, y aseguró estar listo para «erradicar la desigualdad, reconstruir el sistema de sanidad público, dar una oportunidad a los jóvenes, dignidad y seguridad a los mayores».

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