Moda
Ángel Nieto

El último capricho de Yves Saint Laurent vale 20 millones

Dos museos, uno en París y otro en Marrakech, recogen la obra del diseñador francés, que marcó un hito en la moda internacional y cuya excéntrica personalidad quedó plasmada en toda su obra.

Era un genio, sí, pero vanidoso. Yves Saint Laurent (Orán, 1963) sabía que lo que salía de sus manos era oro, que lo que atravesaba los cristales de sus míticas gafas no era baladí. Por eso, en 1964 comenzó a guardar los prototipos de sus diseños. Sabía que algún día su obra sería objeto de culto. Y no se equivocaba. Ahora, nueve años después de su muerte, su sueño se hace realidad y por partida doble. El próximo martes abre sus puertas el Museo YSL de París y el 19 de octubre lo hará su homónimo en Marruecos, la ciudad que le inspiró para lograr su éxtasis creativo y también la que le arrojó a los infiernos del alma. Ambos ambiciosos proyectos, en los que se ha invertido 20 millones de euros (cinco millones en la sede francesa y quince en la marroquí) son obra de Pierre Bergé, el mecenas, amante, marido, padre y escudero de Saint Laurent, que falleció a principios de septiembre.

«No pudo verlo terminado, pero nos hemos encargado de que el resultado fuera lo que él tenía en mente. Ha quedado tal y como él deseaba», explica a LA RAZÓN Aurélie Samuel, directora de las colecciones de esta «casa de moda» que además de albergar los tesoros del diseñador también acogerá exposiciones temporales. Adentrarse en el número 5 de la Avenida Marceau de París de por sí ya impone. Aquí es donde el maestro del hilo, el hombre que rompió los esquemas de la moda femenina y que exportó la elegancia a todos los rincones del mundo, forjó su legado. Colarse en su Atelier da respeto y más aún indagar entre sus archivos, sus muestras, sus croquis... hasta 35.000 piezas entre textiles, accesorios, fotografías, bocetos y publicaciones de revistas. Levantar un libro y descubrir debajo un manuscrito de Saint Laurent detallando las medidas de los diseños y las pruebas pone los pelos de punta. Y es que él quiso dejar constancia de todo lo que salía de sus manos. Un exhaustivo.

Una de las muchas obsesiones de un hombre cuya personalidad ha dado mucho que hablar y que hoy podría dar las gracias por que programas como «Sálvame» no existieran en sus años. Lo habrían destrozado. De ser un «seminarista», tal y como le definía el propio Bergé, pasó a ser un hombre que se bebía la vida a tragos, de alcohol, claro. Que se «alimentaba» de cocaína y purgaba sus pecados bajo los neones de antros nocturnos con largas sesiones de sadomasoquismo. «Realmente, Yves solo era feliz dos veces al año: cuando llegaba la hora de presentar sus colecciones», llegó a confesar Bergé, que pese al carácter imposible de su pareja y artista nunca le dejó de lado. Ambos aprendieron a quererse, a su manera. A reencontrarse tras infidelidades mutuas. Eran algo más que dos amantes, eran una empresa: Yves creaba y Pierre negociaba. Un tándem inseparable que desprendía un aire de excepcionalidad que ahora impregna las paredes del museo parisino que recoge las prendas estrella del diseñador. Desde el esmoquin femenino con el que quiso provocar a su audiencia para después convertirlo en una pieza de referencia en el guardarropa de las más exquisitas, a las saharianas que diseñó inspirado en las mujeres africanas.

Es curioso que volviendo a los sesenta y repasando las propuestas de YSL parece que entonces él se hubiera encargado de dar forma a la moda del futuro. Un visionario. Todas sus prendas parecen haber sido vistas en recientes «fashion week» y es que su estilo sigue siendo referencia e inspiración de sus eternos pupilos que se afanan por destacar sobre las pasarelas. Su lenguaje sigue vivo, su elegancia nunca pasa de moda. En la muestra se desnuda el proceso creativo de Yves, sus rutinas, e incluso puede escucharse su voz dando instrucciones a su equipo y a sus modelos, a esas «musas» a las que él espiaba a través de un pequeño agujero de una cortina para ver si las aplaudían o no durante los desfiles.

EL VESTIDO MONDRIÁN

Cogió gusto a la insolencia, a provocar a la burguesía y la revolución le empujaba a seguir adelante. Su relación con el arte pictórico siempre fue muy estrecha, tanto es así que su vestido Mondrian (cuyo original puede verse en este museo) fue el que disparó la firma YSL y tanto a él como a Pierre les solucionó cualquier problema económico futuro. Era 1965 y solo tres años antes nadie daba un duro por este maniaco-depresivo que había sido el heredero de Dior y que más tarde fue repudiado por la casa de moda francesa de referencia. Bergé, consciente de su mala salud, dejó hace meses en manos de la experta Aurélie Samuel la conservación de su «almacén». Ella es ahora quien vela por que el espíritu de Saint Laurent siga vivo. «Los vestidos deben ser conservados a una temperatura entre los 18 y los 19 grados (de ahí el frío que hace en el museo), y la humedad no puede ser superior al 25%», explica a este diario. Saint Laurent no le hubiera permitido ni un descuido. El escondite de Yves y Pierre es ahora la «maison» de todos.

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