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La Razón

Isabel Pantoja aplazará un año su gira americana

Han pospuesto hasta junio sus conciertos en Puerto Rico y Miami, para los que el precio por entrada ascendía a los 600 dólares.

Supone un fuerte golpe a sus proyectos de invierno, que pretendían centrarse en la América hispana; era una buena manera de poner tierra por medio. La distancia es el olvido, razona el bolero. De entrada, esta semana pasada incluía conciertos en un Puerto Rico que le es –¿era?– bastante adicto, concluyendo en el Miami cada vez más latino donde inglés y castellano se hablan en un equilibrador cincuenta por ciento. Parecía tierra abonada para el copleteo de Isabel. Ahí centraba sus esperanzas a la vista de que, incluso sin competencia, ya no funciona en nuestro mercado. Bien se vio meses atrás en los tres conciertos de tanteo aquí –aún queda uno– y la poca acogida recibida por su disco casi retro en el que retoma viejas canciones de Perales y el gran Manuel Alejandro, que siempre le hacía trajes a medida como «Marinero de luces». Sin dolor que vender, Isabel pierde interés al no ser la noticia dolorida semanal. Y de eso se duelen ahora sus contratantes norteamericanos que por falta de ventas han suspendido dos conciertos en tres días. Demoledor.

Caché de 300.000 euros

«Cuando hace meses pusimos las entradas a la venta, la cosa funcionó los primeros días pese a su desorbitado precio», me cuenta uno de los organizadores. Oscilaba entre 300 y 600 dólares la localidad, lo que cuesta rendirse ante la gran Streisand y otros monstruos similares. La folclórica justificaba su alto caché de 300.000 euros al ir acompañada por un absurdo alarde de 80 músicos que no son precisamente la Sinfónica de Bostón ni los dirigía Herbert von Karajan, Patanè o Levine. Ninguno de los músicos es número uno y se limitan a interpretar, sin solos magistrales, un remedo antológico de los grandes éxitos ya pretéritos de la tonadillera. Incluye desde «Mi pequeño del alma» hasta «Era mi vida él», un verdadero «remix» conmovedor si estás al cabo de las circunstancias personales, felices o trágicas, que arroparon el parto de cada tema. Perales y Alejandro los creaban como trajes a la medida tal si fuesen Lina o Justo Salao. Y así le sentaban, rompiéndose el alma, hecha un mar de lágrimas. Pero deberá tragárselo, contenerlo y guardárselo hasta el 11 del próximo junio, fecha para la que aplazaron el recital en el cálido país recientemente asolado por tifones que podrían repetirse a lo largo de octubre. No están para canciones ni despilfarros económicos sino rehaciendo lo que el viento se llevó. Queda por confirmar si para entonces, casi a un año vista, querrán aplaudirla en Miami, la nueva capital latina de Estados Unidos, que en eso ya supera a California.

Por tanto, a Pantoja le esperan meses de angustia, incertidumbre y qué será, será. Suerte tiene de que sus hijos, tan dispares, amenizarán la forzosa tregua musical que seguramente pasará enclaustrada en Cantora haciendo punto, su gran desahogo. Me encantaría saber cómo habrá reaccionado ella ante las recientes declaraciones, tarde y mal, de mi amigo Julián Muñoz que, siendo amante y alcalde, logró que nos reconciliásemos en la Marbella estival que tenía al mando. No costó convencernos porque ambos deseábamos este reencuentro impuesto por mi entrega a Rocío Jurado. Además de admirarla, fue mi amiga hasta que nos separó el disparate de matrimonio de Rociíto con el oportunista Antonio David. Fue un enlace al que asistí en la blanca y rústica ermita de Yerbabuena. Ese «sí, quiero» costó lágrimas de sangre a Rocío y Pedro, que la llevó al altar. Intuían cómo acabaría todo. Y no se equivocaron. «¡Con esta no, que la he parío yo!», me prevenía la chipionera mientras se distanciaba sin creer lo que yo contaba con pelos, señales y hasta la organza que lucía el delantal de una criadita que se entrometió en la pareja. Cuando la Guardia Civil –honor a la Benemérita tan vilmente cuestionada estas horas– se lo quitó de en medio por quedarse una multa de 20.000 pesetas, y tras suplicar Rocío que no lo expulsaran, lo deportaron a la barcelonesa Argentona. Mi comadre Cristina Blanco marchó con ellos como correo del zar muy traidor despreocupándose de su hijo, el hoy situado Miguel Ángel Blanco. Es uno de los grandes galanes que tenemos, junto con Iván Sánchez o Maxi Iglesias, que estos días han obtenido éxito ruidoso en Gran Vía como protagonistas de «El guardaespaldas». Sostienen duelo de apostura y elegancia masculina en una versión musical bastante alejada de la película, que nos ofrece la rentré de Iván tras convertirse en Hispanoamérica en un gran protagonista de culebrones. Aquello se le rindió hace años como ya no hace hoy ante Isabel Pantoja, qué cosas.

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