FARC
María José Navarro

«No a la paz»

Tengo una amiga colombiana que nació en la isla de Tumaco, al sur de Nariño. La guerrilla le mató a un hermano y a dos sobrinos. A su papá le invadieron el pedacito de tierra que tenía y le obligaron a cultivar coca. Huyó, claro, y perdió su parcela. Leo estos días los análisis de los supuestos expertos sobre lo sucedido en ese país con el plebiscito y tengo la sensación de que seguimos en las mismas, es decir, hablando sin saber. Los que eran partidarios de que triunfara la propuesta de Santos, flamante Premio Nobel de la Paz (ay, Diosito), argumentan que quizá los colombianos sean dóciles, demasiado fáciles, que llovió mucho, que el huracán les metió miedo, y que a lo mejor no están preparados para saber qué beneficios les proporcionaría el sí. Que han votado pocos y que puede que no sean representativos del sentir común de ese país, maravilloso hasta decir basta como lo son sus gentes. Los que, sin embargo, apostaban por las propuestas de Uribe (ay, Diosito) están felices pensando que el resultado resucita al líder y que obliga al gobierno a bajar la cabeza y a replantearse si todo vale por una paz comandada por los comandantes. Mi amiga colombiana de Tumaco, con tres familiares asesinados y con su papá sin tierrita, detesta a todas las partes. Detesta a Santos, por ser un trilero criado a los pechos de Uribe y que permite que los guerrilleros tengan sueldo subvencionado y fumen puros a la vista de las víctimas a las que arrebataron todo. Detesta a Uribe por haber creado mentiras y sobre todo, por haber gestado algo casi tan terrible como las FARC: una contra de paramilitares infames que sembraron tanto horror como el que trataban de abortar. Y detesta a los líderes guerrilleros, imagino que no necesitan Vds. saber por qué. No fue a votar. Y sin embargo, nadie piensa en las razones de los que se abstuvieron. Y las tienen todas. Curioso.

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