Premio Nobel de la Paz
Alfonso Ussía

Tajada en Oslo

Ignoro el lugar de la reunión. Con toda probabilidad, el bar del hotel en el que se alojan los miembros del jurado que no tienen su domicilio en Oslo. Ahí están. Hacen su entrada en el bar con dignidad y aplomo. En un comedor privado anexo al acogedor santuario de los licopodios la gran mesa está dispuesta. El aperitivo se alarga, y en un momento dado, el personaje aparentemente más serio del jurado, cuenta un chiste verde. Un chiste verde en noruego, lo cual resulta a todas luces extravagante. Algunos de sus compañeros ríen la gracia, y los más tímidos se unen a los chascarrillos. Las botellas de licores, vinos, y demás elixires, han pasado de la pleamar a la marea baja. Se animan. Cuando las botellas de la bajamar se convierten en cascos de cristal vacíos, los camareros descorchan las nuevas y los chistes alcanzan niveles no aptos para menores. Al fin se abren las puertas del comedor, y los insignes miembros del jurado, con algún traspié imprevisto, toman asiento en la mesa.

Para el salmón, vino blanco. Para el «solomillo de reno acompañado de patatas “souflé” y escarola de los fiordos del huerto de la tía Agnetta», el mejor «Rotchild». De postre, tarta de manzana con helado de chocolate. Para acompañar el postre, chupitos de licor, de Whisky de 20 años y oporto. Finalizado el divertido ágape, durante el cual se han contado toda suerte de chistes noruegos –alguno muy picante–, los señores y señoras que conforman el jurado del Premio Nobel de la Paz, son ayudados a subir en el coqueto microbús que los llevará al lugar del despropósito. En el trayecto, cantos regionales noruegos divertidos y picarones.

Con una tajada como un piano de cola, los eximios miembros del jurado del Premio Nobel de la Paz inician las deliberaciones. Los antecedentes son confusos. El argentino Pérez Esquivel, intermediario de bandas terroristas. Rigoberta Menchú, que falsificó su biografía para obtener el premio y la notoriedad. Yasser Arafat, criminal y ladrón palestino, que en Alá descanse. Barak Obama, presidente de los Estados Unidos de América que recibió el Nobel por el color de su piel, que no por ser el jefe supremo del Ejército más poderoso del mundo. Uno de los miembros del jurado, propuso a Otegui, pero el resto de los componentes carecía de información del propuesto y se acordó dejarlo para la próxima edición. Con la mitad de los jurados roncando la moña, fue designado Premio Nobel de la Paz en su edición de 2016 el presidente de Colombia, Juan Manuel Santos, por sus esfuerzos en lograr la «paz» en Colombia a cambio de la destrucción del Estado de Derecho. Una destrucción que no llegó a buen fin porque el pueblo colombiano tumbó en las urnas la chapuza humillada de su presidente. Las propuestas que fueron rechazadas durante la sesión, después de ásperas discusiones exacerbadas por la influencia del alcohol, fueron las de Vladimir Putin, Boko Haram, el español Guillermo Zapata, y el imán de la mezquita de Oslo, que en un alarde de valentía y coraje, recomendó a los yihadistas «que en el caso de tener que matar infieles, los disparos han de ser certeros para evitarles sufrimientos innecesarios». El imán estuvo a punto de ganar el premio, pero quien lo propuso, se durmió durante la votación, emitió ronquidos de tono sospechoso, y avisada la ambulancia, fue ingresado en un hospital con un cuadro de coma etílico. El único jurado que no estaba borracho, por tener altas las transaminasas, los triglicéridos y el colesterol, propuso a la Armada española y la Guardia Civil, que han rescatado este año y salvado de una muerte segura a más de veinte mil personas en el Mediterráneo, pero el presidente del jurado le dijo que era un fascista, y el hombre no era de los aficionados a discutir.

Más o menos, de esta guisa, discurrió el día del jurado del Premio Nobel de la Paz. La gran tajada de Oslo.

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