CSIC
J.V. Echagüe

El cerebro de los neandertales maduró más tarde que el nuestro

Científicos del CSIC describen el proceso de crecimiento de un niño de hace 49.000 años de El Sidrón (Asturias) y lo comparan con el de uno moderno. Aunque fue similar, les llevó más tiempo completarlo a nuestros parientes.

¿Qué sabemos de «Juvenil1» o «J1»? Sabemos que era un varón neandertal de casi ocho años de edad, de 26 kilos de peso y 111 centímetros de altura. Conocemos que vivió y murió en la cueva de El Sidrón (Piloña, Asturias) hace 49.000 años y que lo hizo acompañado de su madre y de su hermano. También podemos decir que era diestro y que era un «aprendiz», es decir, que participaba en tareas propias de los adultos. Incluso se puede asegurar que enfermó de hiplopasia, enfermedad dental que surge debido a la malnutrición. No es poca la información de J1 con la que contamos, gracias al análisis de los restos hallados en esta cueva asturiana. Sin embargo, el trabajo realizado por el Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC) ha ido un paso más allá de las meras observaciones sociales y/o anatómicas: ha descrito su proceso de crecimiento. Y, sobre todo, responder a una pregunta: ¿es este proceso parecido al nuestro? La respuesta es sí en todo... salvo en el cerebro. «Conocer las diferencias y similitudes en los patrones de crecimiento entre los neeandertales y seres humanos modernos nos ayuda a definir mejor nuestra propia historia», asegura Antonio Rosas, investigador del Grupo de Paleontología MNCN-CSIC y responsable del estudio, que se publicó ayer en la prestigiosa revista «Science».

«El patrón de maduración y crecimiento neandertal es muy similar al de los humanos modernos», aseguró ayer Luis Ríos, investigador del CSIC y uno de los firmantes del trabajo. Este equipo planteó la evaluación de maduración y crecimiento de J1 con los mismos métodos ordinarios que se emplean hoy en pediatría. Las similitudes empiezan en la dentadura. Lo primero que hicieron fue certificar la edad de su muerte, 7,7 años, lo que se logró al descifrar su edad dental. Una edad que «cae dentro de la variabilidad humana para el estado de formación durante esa edad biológica». Además, hallaron marcas de cortes en los dientes, unas estrías, como si hubiera manipulado pieles o fibras vegetales con la boca.

La siguiente similitud se encontraba en los huesos, concretamente tras analizar el codo, la muñeca, la mano y la rodilla. Todos ellos estaban en desarrollo y «su edad ósea fue similar a la edad cronológica que tenía el niño, por lo que se adapta también a los patrones humanos modernos», explicó Ríos. La tercera coincidencia fue el porcentaje de tamaño adulto que ha alcanzado el niño a esa edad de casi ocho años. De nuevo, la cifra respecto a la de un niño actual de la misma edad es prácticamente la misma.

Pero también se hallaron algunas diferencias morfológicas: la clavícula que, a esa edad, es un poco más larga que la humana; el estado de maduración de las vértebras, que responde más al de un niño actual de 5 o 6 años, «como si se extendiera más» en el tiempo; y, el que más ha llamado la atención de los científicos: el crecimiento del cerebro.

Como explica Rosas, ya sabíamos que nuestro cerebro adulto es más pequeño que el de los neandertales: 1.195 cm3 frente a 1.520 cm3. Cuando alcanzamos los seis años, el cerebro del sapiens ya ha alcanzado prácticamente el tamaño adulto. Sin embargo, tras estudiar el hueso occipital en ambas especies, el de J1, a la edad de ocho, todavía estaba creciendo, alcanzando los 1.330 cm3; es decir, sólo el 87,5% del total. «El periodo de crecimiento del cerebro de los neandertales era más largo que el nuestro», afirma Rosas.

Así, el investigador y su equipo pueden asegurar que el proceso de crecimiento de neandertales y sapiens fue prácticamente idéntico. En ambos casos, encontramos un cerebro que demanda y consume mucha energía del resto del cuerpo: lo primero que crece en nosotros es nuestro cerebro y, cuando alcanza su plenitud, deja espacio para que el resto del cuerpo adquiera su tamaño adulto. Es la estrategia «del estirón de la adolescencia, muy particular y que creíamos exclusiva de nuestra especie», explica Rosas.

¿Qué ocurre con los neandertales? Lo mismo: hay un crecimiento del cuerpo lento entre el destete y la pubertad debido al gran coste energético que demanda un cerebro más grande incluso que el de los humanos modernos. Ahora bien: quizás, su retraso en la maduración de las vértebras, dos años más tarde con respecto a las de los humanos modernos, pueda deberse también a que su cerebro crecía más lentamente y aún demandaba más energía. No en vano, su torso y sus pulmones eran de mayor volumen que el nuestro.

Las conclusiones del CSIC van más allá: «muy posiblemente», neandertales y sapiens, dos especies que empezaron a cruzarse hace 100.000 años, «heredaron» ese modelo de crecimiento de un antepasado común», que podría estar situado entre el Homo antecessor, cuyas mejores muestras se encuentran en el yacimiento de Atapuerca, y el Homo ergaster, descubierto en Kenia.

¿Las implicaciones? Aunque Ríos sostiene que es «especulación», el ciclo vital de los neandertales podría ser similar al nuestro: «Crecemos, perdemos dientes, pasamos a ser criados no sólo por los padres sino por el resto de la comunidad, atravesamos la adolescencia... son los años que definen las habilidades sociales y cognitivas de la especie», afirma.

Si nuestro cerebro maduró antes que el suyo, ¿podemos concluir con que desarrollamos también antes una mayor capacidad cognitiva? Dicho de otro modo, ¿alcanzamos con más rapidez nuestra inteligencia en plenitud? «Mi respuesta es que no se puede saber desde el punto de vista de la evidencia que tenemos, que es el hueso del cráneo», responde Ríos. «Por lo menos, sí podemos plantearnos la pregunta. Lo que no tenemos es una respuesta clara. Nuestra obligación es decir que no lo sabemos. Pero lo que está claro es que, cuando un cerebro todavía está por crecer, algo significará. Podemos ofrecer un interrogante», afirma Rosas.

La cueva de El Sidrón esconde más tesoros: hay restos de siete adultos, cuatro de ellos mujeres; otro Juvenil, J2, menos completo; el hermano menor de J1, de dos o tres años, y tres adolescentes, que conservan buena parte de la dentición y del cráneo. Estos últimos serán claves en un nuevo estudio del CSIC: averiguar si ese «estirón» propio de nuestra especie se producía también en nuestro pariente más cercano.

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