Toros
Patricia Navarro

A Perera le llega su dulce Otoño

El extremeño abre la Puerta Grande de Las Ventas tras cortar una oreja de cada uno de sus toros y López Simón pincha una buena faena

Casi es más fácil que te toque la lotería a que una corrida de Madrid comience así. Javier Ambel nos enseñó el toro en el capote. Le abrió los vuelos y el toro de El Puerto de San Lorenzo trepó tras él, se abría. Se presentía aquello. Buenos augurios. Hay días que están en la piel. Se desmonteraron Curro Javier y Barbero y Perera, su matador, estuvo perfecto. Y el toro creció. Así es el toreo. La tauromaquia. Una suma o una resta. Si fluye, si las cosas van a favor del toro, se multiplica aquello, se retroalimenta, viene la magia, el disfrute, el sentido, los matices. Y nos vino todo de lleno. Sin desórdenes. Sin huecos ni espacios en blanco, porque Miguel Ángel entendió al animal en una ecuación perfecta y el temple fue infinito y sobre él sostuvo toda la faena. Plena. Ligada, mandona sin llegar a doblegarle, porque el toro, en el fondo se quería ir, y se fue, pero vencida la faena, antes tuvo franqueza y repetición, y un trasteo tremendo por ordenar. Por ambos pitones lo cuajó el extremeño en un toreo despacioso, hondo, profundo y lento. No faltó una coma. Cada una en su lugar. Por eso, tras la estocada, y a pesar del doble toque de verduguillo, paseó un trofeo.

Tenía la puerta a medio abrir en el cuarto. ¿Cuántas veces ocurre eso en la vida? Muy pocas. Se le veía a Perera consciente de ello. De todo. Y “Tanguistero” vino a entregarle un invierno dulce. Tenía el de El Puerto una prontitud fuera de lo común. Estaba siempre con el torero. Quisiera. O no. No le dejaba respiro. Ni tiempos muertos. Ni reponerse entre tandas. Miguel Ángel cogió esa vereda para el triunfo que además es camino seguro en Madrid. En la distancia larga, muy de lejos, le esperó siempre. Y ahí, después quiso coser los viajes del toro, que ya acudía con otro temple, sin furia, más reposado. Y volvía a la carga casi antes de haber acabado la serie anterior. Un no parar. Perera montó toda la faena, al revés del 99% de sus habituales, en la distancia, interesó en todo momento, aunque quizá faltó un poquito más de rebozarse con el toro más allá de los encuentros furtivos en busca del diámetro perfecto. Un pinchazo precedió a la estocada y la petición de trofeo fue mayoritaria. La Puerta Grande de Madrid para Perera. El abrazo para la cuadrilla. La recompensa. Las mil vueltas del reloj en busca del pase perfecto, la hora y el día en que la conquista volviera a hacerse realidad.

Juan del Álamo lo tuvo imposible con el primero de la tarde, un toro peligroso por el izquierdo y que tampoco le importó soltar la cara por el derecho. Un tanque de 633 kilos fue el quinto, una enormidad, encastado pero de buena condición. Cumplió De Álamo pero sin salirse del pelotón.

López Simón no acabó de centrarse con un tercero que iba y venía sin grandes alegrías ni tormentos pero otra cosa fue con el sexto, que mansito tenía mucho que torear. López Simón le buscó las vueltas y se las encontró en un toreo cimentado sobre la verdad. No era justo que la espada se le cruzara. En esta travesía del desierto de la vida se había encontrado. A Perera se lo llevaron a hombros, la oscuridad había atrapado el cielo de Madrid. Otra cosa debe ser la gloria, a pesar de que camino de la calle de Alcalá en esa puerta grande le esperara algo cercano a un tormento. Los sueños, de vez en cuando, se cumplen.

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