Ferias taurinas
Patricia Navarro

Ureña, por lo civil o lo criminal

El torero corta una oreja y se lleva una paliza inmensa en una tarde de entrega absoluta y Adame deja buena impresión en su confirmación

Ficha del festejo

Las Ventas (Madrid). Quinta de feria. Se lidiaron toros de Núñez del Cuvillo, desiguales de presentación. El 1º, noble, repetidor y con ritmo, de buen juego; el 2º, brusco y sin continuidad; el 3º, noble y de calidad aunque soso; el 4º, con movilidad, repetición y sus complicaciones; el 5º, movilidad pero sin entrega; y el 6º, bueno. Tres cuartos de entrada.

Sebastián Castella, de fucsia y oro, estocada caída (silencio); estocada, aviso (silencio).

Paco Ureña, de caña y oro, estocada (oreja); estocada, aviso, descabello (saludos).

Luis David Adame, de blanco y oro, que confirma alternativa, estocada baja (silencio); dos pinchazos, media estocada (ovación).

Zarpazos de ilusión nos daba Paco en el ocaso de la faena. Ya con la espada, todo vendido, el partido jugado, vencido, gozado, disfrutado, iba la faena con lentitud, era una búsqueda, ansiada, porque Madrid es mayúsculo, porque Madrid vuela, porque Madrid araña en las noches de invierno, y duele en las primaverales de ausencia y antes de hundir la espada era quizá su ahora o nunca. Seguía Ureña en modo búsqueda. No dejaba atrás el mundo de las rotundidades aunque siempre las buscó. No se trataba de eso. Era el tercero un toro con nobleza, franco en el encuentro y hasta el final y con mucho ritmo en el viaje. Calidad. Tenía un pena. Un debe. Y era la falta de empuje que se traducía en sosería. Y ahí penaba Madrid. Ureña lo toreó desde el principio como quien le apremia la necesidad. Por naturales en el centro del ruedo. Y quiso estrujarse con el toro con esa cadencia, ese punto forzado, incluso desubicado, pero era como un encuentro, con su público, con el toro, buscaba el chispazo que prendiera la magia. Al natural, de uno en uno, no aguantaba otra cosa el Cuvillo, el temple y al final los pases más gozosos y más gozados, antes de volcarse en la suerte suprema. Y Madrid fue suyo de nuevo. Y el trofeo también.

Una paliza se llevó con el quinto. Un exceso. Engañaba la movilidad y prontitud del toro, porque luego lejos de empujar en la muleta protestaba. Intentó defender el murciano la faena con sus mejores argumentos aunque le quedó un trasteo muy desigual, cada muletazo, cada tanda, tenía un color distinto. Pero Ureña estaba ahí con entrega absoluta para darse a Madrid y al toreo, por lo civil o lo criminal. Sufrimos de mitad de faena para adelante. Cuando le cogió de manera descomunal. Se salvó de puro milagro. Y otro más sumó cuando se encunó y quedó colgado del pitón en la suerte suprema. Fueron momentos angustiosos. Rozando lo dramático. Salió a saludar con el cuerpo ileso de purito milagro. Ido. Y en pie.

“Asturiano” salió al ruedo para desafiar los límites de la tauromaquia. Tenía tantos matices que era complicado enmarcarlo. Tuvo la prontitud entre sus virtudes y la capacidad de tomar el engaño con mucha humillación en el primer tramo; no quería viajar largo después, protestaba con aspereza. Castella le recibió con dos pases cambiados por la espalda, muy explosivos pero este era de torear, de poderle, un duelo que no pasaba más por el toreo fundamental que por los adornos. Castella no volvió la cara, intentó por un pitón y por el otro, pero no acabó de fraguar una estructura a la faena. Bronco y sin continuidad fue el segundo con el que armó el francés una labor voluntariosa.

“Esparraguero” fue noble, repetidor y de buen juego. El de la confirmación de alternativa del mexicano Luis David Adame. El Cuvillo. No se alienaron los astros ni palpitó Madrid a ritmo de ranchera. El matador impuso voluntad, pero pecó de falta de ajuste en ese toreo que quería ser pero descargaba la suerte con la pierna de fuera y no acababa de cuajarse. Optó por las cercanía Adame y el toro cantaba sus bondades en la distancia. Los misterios del toreo. No hay patrones que funcionen igual para todos los toros. Se hizo con el público con el sexto, aunque no con la espada. Fue toro cómplice y bueno. Más centrado, ligó las embestidas del toro en primera instancia y las cortó, a pesar de que el toro se venía con prontitud, para imponerse en las cercanías. Con la espada desplomó la conquista madrileña.

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