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Cecilia García

«Suburra»: la mafia abre las cloacas de Roma de par en par

Netflix estrena el viernes su primera serie italiana, que fue presentada en el Festival de Venecia y que narra de forma febril y malhumorada las relaciones del crimen organizado con el poder político y el Vaticano.

Muchos pensaran que hay muchas películas y series sobre la mafia... ¿y? Si son buenas, bienvenidas sean. ¿Qué su corpus argumental apenas tiene variaciones? Seguramente, pero lo importante no es lo que se cuenta sino cómo se narra. Porque la mirada puede ser la misma pero con ópticas distintas. «Suburra» no es una producción más sobre la mafia italiana aunque, como en la pizza, no falta la masa clásica: cómo los delincuentes extienden sus tentáculos hasta corromper a los políticos, e incluso a algunas autoridades religiosas del Vaticano, la amoralidad de los personajes, la violencia explícita y el sexo. Lo que la hace distinta son los ingredientes. Incluso algunos la han considerado como la «Narcos» transalpina, frase que aplaudiría el jefe de un creativo publicitario –tiene pegada, sin duda–, pero que para el espectador es un exceso. Esa carta de presentación tan pomposa como desproporcionada es innecesaria y crea unas expectativas que no tienen sentido. Los directivos de Netflix, que saben cómo ganarse su sueldo, han elegido para su primera serie italiana el argumento más «exportable» del país, casi un reclamo turístico ya que no faltan los viajeros solo viajan a Sicilia para conocer Corleone y hacerse un «selfie» donde, presuntamente, nació don Vito. Sin embargo, ese es otro debate.

En principio, el proyecto caminaba sobre el alambre. Necesitaba buenos funambulistas para no perder el equilibrio. Había dos factores que hacían peligrar su ejecución. Aún está reciente el éxito de la serie «Gomorra», mucho mejor que la película del mismo título que se estrenó en 2014; después, está el filme «Suburra» (2015), que fue bien recibido por la crítica y que es el pilar sobre el que se asienta esta ficción. Cuando la presentaron en el Festival de Venecia, sus responsables ya anticiparon a la prensa que lo que iba a ver el suscriptor de Netflix era la precuela, por lo que mejor era hacer un ejercicio de amnesia audiovisual. Dicho y hecho. En los primeros minutos se nota que la plataforma en «streaming» ha sacado a pasear el talonario para que su factura visual sea impecable. Pocas veces se ha visto en la pantalla una Roma tan bella, un Vaticano iluminado por la noche majestuoso e inquietante, una plaza de la República que rezuma un poderío arquitectónico que sigue asombrando. Cualquiera pensaría que se está ante una colección de postales o una pieza publicitaria de la oficina de turismo de la ciudad. Error. Que la labor del director de fotografía sea tan académica y pulcra cobra sentido como contraste ante la podredumbre de los protagonistas aunque algunos de ellos se enseñoreen en unos escenarios que rezuman lujo. Tampoco falta el retrato crudo e hiperrealista de los suburbios de una ciudad tan encantada de haberse conocido que sabe maquillar como pocas sus puntos negros.

Partida de ajedrez

En sus diez capítulos se narran los veinte días que pasan desde que el alcalde de Roma anuncia su dimisión hasta que abandona el cargo. Son casi tres semanas de 2008 frenéticas porque está en juego un pelotazo inmobiliario en el pueblo costero de Ostia, denominado también la «playa de Roma». En ese momento empieza una partida de ajedrez por valor de miles de millones de euros en el que hay tres peones –unos aprendices del crimen organizado, a pesar de que tengan ínfulas de convertirse en los reyes–, algún alfil en forma de político frustrado, una dama que se mueve con soltura por las salas nobles, aunque no lo sean tanto, del Vaticano y las torres, que no pueden ser otras que los mafiosos, cuyos movimientos sobre el tablero poseen un gran valor estratégico.

Hay algunas secuencias de «Suburra» que buscan, y lo consiguen, ensimismarse en sus excesos visuales y narrativos. Los productores pensarían que el espectador lo va a agradecer porque evidencian el carácter y la personalidad de la serie. Puede ser, pero creo que se corresponden más con el ego supervitaminado del director de los dos primeros capítulos, el también actor Michele Placido. Eso sí, no se puede obviar que su eficacia es directamente proporcional a su efectismo. La trama gana bastantes puntos cuando se aleja de esta tentación y opta por ser más sutil tanto en su puesta en escena como en los diálogos. Lejos de títulos como la saga de «El padrino» (1972, 1974 y 1990), «El precio del poder» (1983), «Uno de los nuestros» (1990) e, incluso la serie «Los Soprano», en «Suburra» los mafiosos no son «sexies». No hay nada en su apariencia, ni en su personalidad, que les haga unos seres que planteen a la audiencia un dilema moral porque son fascinantes y repulsivos a partes iguales. La mayoría son toscos, con una apariencia vulgar. No hacen ostentación ni de su poder ni de su riqueza. Están más cerca de Vito Corleone cuando llegó a Nueva York que de su hijo Michael.

Esa sutilidad y elegancia narrativa antes citada encuentra su mejor ejemplo en acciones en apariencia inocuas pero que cambian el destino de una persona para siempre. Ahí está un político con los pies en el suelo –que afirma que «Roma no se gobierna, como máximo se administra»– que ingresa tapándose la nariz en el partido de los corruptos. Para tomar esa decisión solo le hace falta mirarse los zapatos en un trayecto de autobús. Son de ante, están gastados. El mafioso que intenta sobornarle lleva el mismo modelo y parecen recién sacados de la tienda. Ese nimio detalle hace que la balanza de la Justicia se incline hacia la ilegalidad. Ahí está la esencia de «Suburra» sintetizada en apenas dos minutos de metraje. Un gran ejemplo de economía narrativa.

La serie transmite una maldición que ha atrapado el destino de la ciudad desde hace siglos y de la que es imposible deshacerse. De ahí que a esta narración febril y malhumorada le acompañe un rap del artista Piotta con esta letra: «Roma es cruda, santa y disoluta/ama y no te perdona, te devasta como una barracuda». Pasen y vean...

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