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La microbiota mejora la inmunoterapia

Mantener el equilibrio de las bacterias que viven en el intestino aumenta la eficacia del tratamiento contra el cáncer, además de prevenir otras enfermedades prevalentes

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27 de noviembre de 2017. 19:10h

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Raquel Bonilla 27/11/2017

Es invisible y ni siquiera sabemos que está ahí. Pero la microbiota resulta clave para la salud, razón más que contundente para que la Ciencia haya puesto la lupa en ella. Dos recientes estudios publicados este mes en la revista científica «Science» confirman que el conjunto de microorganismos que conviven simbióticamente con nuestro cuerpo, principalmente en el intestino, influyen en las posibilidades del individuo de enfermar, tal y como ya se sabía, pero también determina la efectividad de algunos tratamientos contra el cáncer, como la inmunoterapia. En concreto, las bacterias «buenas» que tenemos en el intestino son más abundantes en los pacientes que responden bien a la inmunoterapia, por lo que «mantener una flora intestinal adecuada podría ayudar a curar el cáncer», según la revista. «Se ha demostrado, en animales y en humanos, que la respuesta a la terapia viene definida por la microbiota del paciente. Si esto se sigue confirmando, sería un gran avance para la lucha contra el cáncer, ya que se podría modificar la flora bacteriana para aumentar el éxito del tratamiento», afirma José María Ordovás, director del Laboratorio de Nutricion y Genómica de la Universidad de Tufts (Boston, EE UU), quien añade que esto abre la puerta a determinar «qué alimentos o patrón de dieta nos sientan mejor de una manera individual (nutrición personalizada), pues parece que tiene mucho que ver con la composición de nuestra microbiota».

La revista «Nature» publicó hace unas semanas un estudio del Instituto Tecnológico de Massachusetts (EE UU) que demuestra, tanto en ratones como en humanos, que las dietas ricas en sal eliminan algunas bacterias beneficiosas para el organismo y, como consecuencia, aumentan la presencia de otras células relacionadas con la hipertensión arterial. Esta misma semana, científicos españoles del Ciberobn han confirmado que la presencia en el intestino del hongo «Mucor racemosus» es útil como biomarcador de riesgo cardiovascular, reforzando la posibilidad de que la manipulación de la microbiota intestinal ayude a prevenir estas patologías.

Clave en esclerosis múltiple

La microbiota también resulta clave en la esclerosis múltiple, pues varias investigaciones han demostrado que existen dos géneros de bacterias intestinales que son cuatro veces más abundantes en los enfermos de esclerosis que en personas sanas. «El estudio de las poblaciones bacterianas que habitan en el intestino es de particular interés en las patologías autoinmunes. Estamos empezando a entender el papel de la microbiota en el desencadenamiento y la perpetuación de la esclerosis múltiple al entender las interacciones entre las bacterias intestinales y las células del sistema inmune. En el futuro, lo que se espera es encontrar intervenciones que modulen la microbiota intestinal de una manera racional y basada en la evidencia científica para así prevenir la esclerosis múltiple o incluso ralentizarla», matiza Ordovás, que también es investigador del CNIC y del insitituo IMDEA Alimentacion.

Suma y sigue. La ventana de oportunidades que abre el conocimiento científico de la microbiota es casi infinito. «El paradigma de la Medicina ha cambiado, ahora no podemos observar ninguna patología sin tener en cuenta las bacterias», puntualiza Xavi Cañellas, psiconeuroinmunólogo y coautor del libro «Alimentación prebiótica», quien recuerda que «un nuevo informe ha confirmado que el control del hambre y la saciedad en las personas depende del equilibrio bacteriano: si disponemos de menos diversidad no tenemos sensación de saciedad y, por tanto, hay una constante sensación de hambre. Y también se ha demostrado que una alteración bacteriana en el intestino puede destruir los receptores del gusto en la lengua, de ahí que sintamos la necesidad de comer alimentos con mayor sabor».

En esta línea, Juan José López, miembro del Comité Gestor del Área de Nutrición de la Sociedad Española de Endocrinología y Nutrición (SEEN), recuerda que «se ha observado que las personas delgadas y obesas tienen un perfil de microbiota diferente. Existe la hipótesis de que determinados perfiles de microbiota tienen una mayor capacidad para captar la energía de los alimentos y su almacenamiento. De la misma manera, puede haber una interacción con el sistema endocannabinoide que altera la sensación de saciedad. La modulación de estos factores a través de determinados alimentos podría tener un efecto sobre el control de la obesidad, aunque necesitamos mayor evidencia científica», confirma.

La microbiota mejora la inmunoterapia

Así, tal y como se reportó en el III Workshop organizado por el Instituto de Investigación en Nutrición y Seguridad Alimentaria de la Universidad de Barcelona (INSA-UB) la semana pasada, dedicado a «La salud de la microbiota», «cada vez hay más estudios que describen que la microbiota intestinal de individuos que padecen determinadas enfermedades es distinta de la de los individuos sanos, y también se conoce que la alteración de dicha biodiversidad puede estar relacionada con diferentes enfermedades», aseguran Susana Guix y Raquel Martín, representantes del Comité Organizador de dicho workshop.

Mayor diversidad, más salud

El consenso es claro: tener una microbiota diversa y adecuada es sinónimo de salud. Y ahí juega un papel determinante nuestros primeros mil días de vida. «Recientes estudios sugieren que el ambiente intrauterino no es estéril. Sin embargo, la mayor exposición bacteriana ocurre en el momento del parto, cuando el neonato entra en contacto con la microbiota materna y del entorno. Cada vez existe mayor evidencia científica sobre que las bacterias que la madre trasfiere a sus hijos en el parto y en la lactancia son claves para la adecuada colonización microbiana y el correcto desarrollo y maduración del sistema inmune. Sin embargo, es un proceso dinámico. La composición y diversidad bacteriana intestinal va aumentando con la edad hasta los 3-5 años de vida, cuando se asemeja a la microbiota del adulto. El tipo de dieta, así como la introducción de la alimentación complementaria tienen un papel clave en las bacterias que colonizan el intestino. Tenemos datos que señalan que alteraciones en la microbiota desde muy temprana edad podrían contribuir en el desarrollo de la obesidad y en otras enfermedades prevalentes. Por lo tanto, un adecuado ambiente nutricional y microbiano en el entorno materno-infantil es crítico para la promoción de la salud del niño y del futuro adulto», remarca Carmen Collado, investigadora en el Instituto de Agroquímica y Tecnología de los Alimentos del CSIC.

El estrés, el uso de fármacos y la alimentacion son, según los expertos, los factores que más influyen en la diversidad de la microbiota intestinal. «Sabemos que las hormonas del estrés hacen sobrecrecer, literalmente, algunas bacterias. Al aparecer esa sobreproducción se desencadenan infecciones, inflamación y otras patologías. Por su parte, al tomar antibióticos desaparece el 30% de la microbiota, aunque luego se va recuperando, de ahí que mantener el equilibrio de ese ecosistema sea fundamental para estar sanos», explica Cañellas, autor del libro «Niños sanos, adultos sanos».

Probióticos y prebióticos

Para mantener dicho ecosistema en orden entran en juego los probióticos y los prebióticos. Los primeros son microrganismos vivos que, ingeridos o administrados en cantidades adecuadas, confieren un efecto beneficioso para la salud. En este sentido, Cañellas asegura que «por protocolo, siempre que tomemos antibióticos deberíamos acompañarlos de probióticos recomendados por un especialista». Los prebióticos, en cambio, «son los componentes de la dieta, polisacáridos y oligosacáridos no digeribles, que estimulan el crecimiento o la actividad de los microorganismos autóctonos del intestino, resultando en un beneficio para la salud. En palabras sencillas, mientras que los probióticos son microorganismos vivos, los prebióticos serían sustancias que constituirían su “alimento”», apuntan las profesoras de la Universidad de Barcelona.

Para lograr una alimentación prebiótica no hay que caer en dietas raras. La clave pasa por «evitar productos ultraprocesados, cargados de azúcares, aceites refinados y/o aditivos sintéticos», explica Lucía Redondo, dietista-nutricionista y coautora del libro «Alimentación prebiótica». Una vez dejamos de lado este tipo de productos, los expertos aconsejan llenar la despensa de hortalizas, frutas, verduras y tubérculos «preferiblemente de temporada y de proximidad. Si añadimos grasas de buena calidad, como aceite de oliva, semillas y frutos secos, estaremos cuidando la microbiota y con ello la salud», aconseja Redondo. Sin embargo, hay alimentos específicos que generan una mayor diversidad bacteriana: «Son los ricos en fibra fermentable, que es la fibra que comen las bacterias, lo que produce una sustancia llamada ácidos grasos de cadena corta. El más importante de todos ellos es el butirato, capaz de mejorar el sistema nervioso e inmunitario», detalla Cañellas. Y basta con pasar por el mercado para encontrar esos alimentos clave, «pues comer manzana y zanahoria, preferiblemente cocidas, plátano, alcachofas, boniatos y patatas cocidos y refrigerados, o chucrut casero (col fermentada) son perfectos para aumentar la diversidad bacteriana», concluye Redondo.

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