Lactosa oculta: un peligro latente en envasados, embutidos y algunos fármacos

Ingredientes de un gran número de productos de consumo habitual contienen, en su composición, el azúcar de la leche que interfiere en la calidad de vida de los intolerantes a la lactosa.

Un trastorno que, aunque no es grave, afecta a entre un 30-50% de la población

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B. Muñoz.  Madrid.

Tiempo de lectura 8 min.

15 de marzo de 2016. 19:09h

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La intolerancia a la lactosa es una enfermedad de elevada prevalencia –entre un 30 y un 50 por ciento de la población española, según la Sociedad Española de Patología Digestiva (SEPD),–pero de la que se tienen pocos datos reales. La lactosa es un azúcar que está presente en todas las leches de los mamíferos. Por su parte, la lactasa es una enzima producido en el intestino delgado que permite la correcta absorción de la lactosa. El déficit de esta enzima puede conllevar una mala absorción de dicho azúcar y la aparición de síntomas digestivos como diarreas, hinchazón, dolor abdominal, náuseas o vómitos, entre otros, que es lo que se conoce como intolerancia a la lactosa.

El umbral de intolerancia puede variar mucho de una persona a otra. Además, «debido a que sus síntomas son comunes a otras enfermedades digestivas y se manifiestan de forma muy variable dependiendo de cada individuo, está infradiagnosticada o erróneamente diagnosticada, por lo que es fundamental concienciar sobre la importancia de un correcto diagnóstico», explica el doctor Pedro Mora, jefe del Servicio de Aparato Digestivo del Hospital Universitario La Paz de Madrid. Actualmente, el método de diagnóstico más utilizado es el test de hidrógeno en el aliento, aunque también puede detectarse mediante test sanguíneo, biopsia del intestino delgado o el test genético. «En casos severos o totales de intolerancia, si no se detecta precozmente y se diagnostica correctamente, los problemas digestivos que provoca pueden dañar la mucosa y la flora intestinal y, a largo plazo, alterar la permeabilidad intestinal, lo que a su vez puede derivar en problemas de tipo alérgico o inflamatorio, así como en estados carenciales de nutrientes esenciales para nuestro organismo», añade.

Una vez realizado el diagnóstico, las personas que lo padecen viven con preocupación situaciones tan cotidianas como ir al súper, actividad que se convierte en toda una gymkana para detectar en el etiquetado la lactasa «oculta» que deben evitar si no quieren sufrir molestos síntomas digestivos. Sin embargo, la gravedad de la sintomatología varía dependiendo de la cantidad de lactosa ingerida y de la tolerancia individual. Algunas personas notan molestias de forma inmediata tras consumir pequeñas cantidades de lácteos (u otros productos elaborados con lactosa), mientras otras pueden permanecer de forma asintomática toda su vida, si no sobrepasan una determinada dosis diaria.

Apariencias que engañan

Bajo el lema "vuelve a disfrutar de los lácteos", laboratorios Salvat y la Asociación de Intolerantes a la lactosa de España (Adilac), han puesto en marcha una campaña divulgativa en la que

su presidente, Oriol Sans, sostiene que «es importante recordar que cualquier producto aparentemente sin lactosa, pues en su estado natural no lo contiene, puede incluir aditivos añadidos que lo conviertan en un producto no apto para intolerantes a este azúcar. Por eso, hay que leer siempre con atención la etiqueta de los ingredientes y preguntar al fabricante ante cualquier duda». Esta misma opinión la comparte la doctora Ascensión Marcos, portavoz de la Federación Española de Sociedades de Nutrición, Alimentación y Dietética (Fesnad), quien recomienda que «en caso de que un alimento lleve incluida la lactosa debería ser obligatorio que figurara en la etiqueta del producto. Si una empresa no cumple esta información debería ser sancionada, ya que puede causar graves molestias en el paciente que sufre intolerancia a la lactosa».

Embutidos, bollería, cereales, chocolates, golosinas, cremas, salsas, conservas, panes, harinas, pastas, arroces, postres, platos precocinados... todos estos alimentos elaborados pueden contener lactosa, así como medicamentos, suplementos vitamínicos y dentífricos. También se utilizan derivados de la lactosa como edulcorante bajo en calorías para caramelos, chicles sin azúcar, galletas, helados, alimentos bajos en calorías y laxantes, así como en el proceso de elaboración de bebidas destiladas alcohólicas. «Cuanto más elaborado sea un producto más posibilidades tiene de contener la temida ‘‘lactosa oculta’’ », advierte Sans.

La totalidad de los intolerantes a la lactosa responden satisfactoriamente a una dieta con ausencia de lactosa. Sin embargo, no consumir lácteos en la dieta puede llevar a insuficiencia de calcio, vitamina D, Vitamina A y proteínas. Por ello, los expertos coinciden en la importancia de enseñar hábitos alimentarios saludables que se adapten a su nivel de intolerancia y a leer correctamente el etiquetado de los alimentos. Los intolerantes a la lactosa asimilan mejor los productos fermentados, como yogures y quesos, especialmente los curados, debido a que la lactosa se descompone parcial o totalmente en el proceso de fermentación por la acción de las bacterias. Sin embargo, los expertos recomiendan no bajar la guardia: en algunos casos, ésta no se elimina en su totalidad y los fabricantes pueden añadir leche fresca y otros ingredientes al final del proceso productivo para mejorar su sabor y suavidad.

En este sentido, Marcos advierte de que «si una persona es intolerante a la lactosa no es necesario eliminar todos los lácteos, en especial los yogures y las leches fermentadas son muy beneficiosos porque sus fermentos hacen la función de la lactasa, dividiendo la molécula de la lactosa. Las consecuencias es que el no tomar lácteos puede perjudicar la absorción de calcio y de vitamina D, lo que pone en riesgo la formación del hueso, por lo que se deberán tomar estos dos micronutrientes como suplementos alimentarios».

Alternativas

Existe la creencia errónea de que la leche de vaca es la única fuente fiable de calcio. Pero la naturaleza ofrece muchas y buenas alternativas de aporte de este nutriente a la dieta como espinacas, acelgas, cebolla, brócoli, huevo, sardinas, salmón, besugo, gambas, almejas y mejillones, judías y garbanzos o frutos secos, entre otros. Por ejemplo, 100 gramos de almendras proporcionan 250 miligramos de calcio, mientras que 100 mililitros de leche proporcionan algo menos de la mitad, 120 miligramos.

Si no quiere renunciar al sabor y a las propiedades nutritivas de la leche de vaca, desde hace unos años se pueden encontrar en el mercado variedades de leche cuya lactosa se ha eliminado o hidrolizado previamente mediante la adición de latosa, de forma parcial («bajas en lactosa») o total («sin lactosa»). Una oferta que se ha complementado con productos derivados lácteos como quesos, yogures, batidos de sabores, nata, etc. También existe una gran variedad de bebidas vegetales alternativas a las de origen lácteo, 100 por cien libres de lactosa, como las de soja, avena, almendras, avellanas o arroz, entre otras. Todas ellas tienen un sabor y valores nutricionales propios, son fáciles de digerir y con frecuencia vienen enriquecidas con nutrientes esenciales como el fósforo, el calcio o las vitaminas. Además, ofrecen las mismas aplicaciones culinarias que la leche de vaca y se pueden utilizar para preparar purés, pasteles, batidos, helados o salsas.

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