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CRISPR, la patente de los 50.000 millones de euros

Finaliza la batalla legal por esta herramienta de edición que permite cortar y pegar en el genoma de cualquier especie animal o vegetal. Mientras, siguen las dudas sobre si las plantas modificadas con este sistema son o no los nuevos transgénicos

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Tiempo de lectura 8 min.

20 de febrero de 2017. 18:20h

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Eva Martínez Rull 20/2/2017

Se le ha llamado el corta pega genético y ya se postula como candidato a los Nobel tanto en medicina como en química. Su descubridor, el microbiólogo de la Universidad de Alicante, Francisco Mojica, mientras espera a ver qué pasa, no para de recibir reconocimientos dentro y fuera de casa. Desde que Mojica estudió el sistema defensivo de unas bacterias encontradas en las salinas de Santa Pola hasta ahora se han sucedido nuevas investigaciones y estudios para la modificación del genoma de las especies, de tales dimensiones que a su invento, CRISPR, se le ha bautizado como la patente de los 50.000 millones de euros. La encarnizada batalla legal entre el Broad Institute (un centro mixto del MIT y la Universidad de Harvard) y la Universidad de California sobre quién patentó antes y quien tuvo la idea original acaba de llegar a su fin, al menos de momento, ya que la Oficina de Patentes de Estados Unidos ha dictaminado este mismo jueves que la invención pertenece al Broad Institute.

Sus aplicaciones también se han multiplicado: se ha desarrollado una cepa de mosquito antimalaria, cerdos en miniatura como mascotas. Se habla de crear bebés a la carta, e incluso, de la posibilidad de hacer huevos hipoalergénicos o recuperar especies desaparecidas. Una variedad de posibilidades que provoca el entusiasmo de unos y la prudencia de otros, ya que esta herramienta de edición genética es accesible para cualquiera tanto técnica como monetariamente. La tecnología «es como llevar una maquinaria o un procesador de textos al genoma. Con esta herramienta se puede cortar una palabra del genoma de cualquier especie. La máquina está formada por un complejo nucleoproteico, es decir ARN y proteína. El ARN funciona de guía que lleva a la proteína hasta el sitio deseado y esta última la que produce el cambio de un sólo gen, de entre los 1.000 millones de genes que tiene un tomate, por ejemplo. Es una herramienta muy precisa», explica Antonio Granell, investigador del Instituto de Biología Molecular y Celular de Plantas de Valencia y merecedor de una portada de Science por secuenciar, junto a su grupo, 398 variedades de tomate.

Primera licencia agrícola

El interés por su aplicación en especies vegetales ha llegado a posteriori, evidentemente por la relevancia que tiene curar las enfermedades humanas frente a la mejora agrícola. «La edición de genes representa un amplio rango de soluciones para mejorar las cosechas de los agricultores. Pensamos que puede ser complementario a otras aplicaciones de la ciencia hoy en día. Por ejemplo, desarrollando nuevas variedades de semillas, aprovechando la variabilidad existente, de manera más eficiente, incorporando más rápidamente los caracteres buscados en un cultivo. Es aplicable a cualquier carácter que tenga variabilidad, desde la resistencia a enfermedades de los cultivos hasta el sabor de los frutos. Se trata de una tecnología aplicable a un amplio grupo de cultivos, como pueden ser maíz, soja, colza, trigo, frutas y hortalizas», explica Carlos Vicente, portavoz de Monsanto en España.

La firma ha conseguido ser la primera compañía agrícola que cuenta con licencia a nivel mundial, no exclusiva, desde finales de 2016. Una licencia que viene con importantes restricciones. «Hasta entonces otros acuerdos estaban enfocados en la biomedicina. El Broad Institute (quien les ha cedido la licencia) ha desarrollado una política que describe cómo planean enfocar los acuerdos de licencias a futuro que incluye restricciones en los usos relacionados con la genética dirigida, la tecnología de semillas estériles o el tabaco», explica Vicente.

A pesar de ser una herramienta tan nueva, el primer organismo CRISPR ya ha pasado los controles del Departamento de Agricultura de los Estados Unidos (USDA), que ha decidido no someter a regulación un hongo modificado para que resista a la oxidación. Por tanto, ya se puede cultivar y vender. «Varios productos de CRISPR están en proceso de aprobación en USDA. Los dos primeros son un hongo y un maíz desarrollado por Dupont. El USDA básicamente ha esquivado cualquier revisión de estos cultivos, diciendo que sus regulaciones sólo cubren aquellos productos que usan plagas de plantas como vectores (es decir, inoculan virus, lo cual es una de las herramientas clásicas de la ingeniería genética). Tanto ellos como la Administración de Alimentos y Medicamentos (FDA) están permitiendo estos nuevos cultivos en el mercado sin revisión. El gobierno sería irresponsable si no desarrolla nuevas regulaciones para su revisión», explica Jaydee Hanson, analista senior de la organización sin ánimo de lucro americana Centro por la Seguridad Alimentaria.

Y es que no está claro si estos organismos se pueden meter en la misma categoría que los organismos genéticamente modificados (OGM). «La técnica de edición genética produce los mismos resultados que en la naturaleza se da de forma espontánea. Por ejemplo, hay hasta ocho variedades de tomates en los que, sin la intervención de nadie, se ha modificado un sólo gen. Así tenemos los tomates amarillos, anaranjados o los achocolatados. Y eso es porque durante el proceso de división celular ha habido errores. La técnica de edición genética CRISPR permite tener todas las características de una variedad con un sólo cambio o dos nucleótidos diferentes de entre los millones que hay, algo que en los cruces y con la selección natural no se consigue porque es como barajar las cartas, siempre se quedan mezcladas las características de las especies cruzadas. Es más, algunas de las cepas de tomate que se comercializan se han cruzado con otras variedades silvestres y contienen en su ADN hasta un cinco por ciento de estas variedades que producen frutos que no son comestibles y ningún ecologista ha protestado. No tienen nada que ver por tanto con un organismo transgénico», matiza Granell. A pesar de la explicación, en Europa, tampoco se tiene claro qué hacer con estas nuevas herramientas de corta pega genético. «Ahora mismo hay una reflexión legal en curso dentro de la Comisión sobre si estas nuevas técnicas de cría deben ser evaluadas bajo los mismo parámetros de seguridad y directrices ya existentes para los transgénicos», responde un portavoz de la Agencia Europea de Seguridad Alimentaria.

Transgénicos temporales

Hay que tener en cuenta que «en semillas y frutas la forma más cómoda de producir nuevas especies es tener una primera generación de plantas transgénicas. Es decir, hacer una línea transgénica transitoria que incorpore esta maquinaria CRISPR y que se produzca la modificación. Para hacer desaparecer la maquinaria, que es lo ajeno a la planta, una vez producida la modificación, hay que hacer que ésta se autopolinice o simplemente se cruce y así se obtiene una segunda generación libre de agentes externos. El transgénico es transitorio pero el resultado final es exactamente igual al que genera la naturaleza de forma espóntanea», aclara Granell.

El panorama exige precaución, al menos para el Observatorio de Bioética y Derecho de la Universidad de Barcelona, que lo ha definido como una realidad incipiente que necesita una actuación para evitar hechos consumados dentro de 20 años. En uno de sus documentos sobre el tema remite a una publicación de la Academia Nacional de Ciencias de EE UU en el que se afirma que «dado que las consecuencias de errores en el trabajo de deriva génica en los organismos en que se trabaja podrían afectar a poblaciones externas al laboratorio, los científicos tienen una obligación de compartir abiertamente sus planes, invitar a hacer sugerencias, tratar de divulgar los resultados experimentales cuanto antes, y reajustar la tecnología según las necesidades. Tal acercamiento tendría una mayor aceptación popular para estas aplicaciones que podrían ahorrar millones de vidas y rescatar especies en peligro de extinción».

Una de las ventajas que se pregonan al hablar de esta técnica es su puntería y alta efectividad. Efectivamente es más probable tocar lo que se necesita con una herramienta de edición que va al genoma que rociar productos con químicos o rayos X como se ha hecho hasta ahora. Hanson afirma que «la principal amenaza de esta tecnologías es que no son tan precisas. Además, hasta que no haya datos sobre el ciclo de vida completo de una planta o animal, se desconocen las consecuencias. Las regulaciones deberían requerir datos sobre esto». Granell opina que «estamos comprando pasta de tomate a China de la que tampoco tenemos garantía de que no sea transgénica. Las pruebas que se hacen para determinar si un organismo es OGM se limita a buscar tres o cuatro singularidades dentro del genoma, por ejemplo si una semilla es resistente al glifosato. Se hacen de una forma dirigida porque no es rentable hacer una secuenciación del genoma que sería la única garantía. Además, en el caso de CRISPR no hay ADN ajeno por lo que no hay forma de identificar cómo se ha hecho una variedad o si surgió espontáneamente».

Greenpeace publicó hace unos meses un informe en que afirma que la técnica a pesar de estar libre de ADN ajenos, «no tiene nada de natural». Algunas de las aplicaciones de la edición de genes son la colza resistente a los herbicidas y los cerdos súper musculados. Al igual que las antiguas técnicas de modificación genética conlleva riesgos. Hoy no se sabe si puede provocar efectos impredecibles en el medio ambiente así como en la salud humana.

Otro de los peligros que existen es el biohaking. CRISPR es una herramienta tan sencilla y barata que ya es posible conseguir un kit de edición por internet y las noticias de start ups que proponen vacas sin cuernos o cerdos hipermusculados no paran de salir. La última, un joven americano que quería modificar los genes de los dálmatas. La FDA ya le ha contestado que en cualquier caso los cachorros no podrán salir de su casa. Habrá que esperar qué dicen los distintos organismos regulatorios sobre la seguridad de la técnica y sobre las posibles consecuencia no deseadas. «Creemos que la evaluación de la seguridad y su marco debe estar dirigido por las características de los productos y no de los procesos. Cualquier revisión reguladora previa a su entrada en el mercado debe estar basada en criterios científicos para garantizar que los productos son seguros para las personas, los animales y el medio ambiente», opina Vicente. Granell matiza otro dato: «Lo que se pone en el mercado tiene que someterse a controles de calidad. Sin embargo, estas técnicas son tan sencillas que si se desregula, cuando esté claro que es seguro, se permitirá democratizar la tecnología y que cualquier empresa pueda producir sus variedades. Si las trabas administrativas son costosas sólo los grandes podrán permitirse estar en este nuevo mercado».

TECNOLOGÍA Y TRADICIÓN

«Tradicionalmente, los cultivos han sido mejorados por técnicas convencionales como cruzamientos o mutagénesis y mejora genética (trans y cisgénesis), fenómenos con eficiencia reducida por la variación genética que hay entre plantas y que, en definitiva, obstaculiza la producción deseada de alimentos. En los últimos tiempos, la técnica de edición genómica CRISPR/Cas9 ha surgido como una solución para desarrollar sistemas vegetales mejorados o para modular la defensa de plantas frente a virus, explica María Jesús López Martín, del área de genética de la Universidad de Málaga. Hay quienes proponen volver a asilvestrar las plantas para devolverlas a un estado anterior al de tantos años de manipulación.

Y es que CRISPR es, para quienes la utilizan, la mejor herramienta de edición utilizada hasta ahora. Resumiendo CRISPR está formado por un conjunto de repeticiones cortas que están separadas por secuencias de DNA llamados espaciadores. Estos corresponden a las secuencias de virus u otro material genético perjudicial para el microorganismo. Flanqueándolas, se encuentran los genes Cas que serán las encargadas de romper el DNA exógeno.

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