Con las manos vendadas

Vengo con las manos vendadas. Para hablar de boxeo. Y de la vida.

Porque el boxeo es vida... vive duro.

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Entre dos mundos

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Sobre el autor

Jero García

Entrenador de boxeo. Ex boxeador profesional. Enamorado del cine, de los libros, de la vida, del Atleti. Y por supuesto, del boxeo. Eterno aprendiz. Zurdo cerrado. Carabanchelero, de corazón isleño, el ring es mi casa, y este... mi patio de recreo.

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No estar muy acostumbrado a escribir con tanta frecuencia, a veces, me provoca que no sé por donde empezar un nuevo post.

Este, ha sido el caso, que si bien, por mi acelerada cabeza pasaban muchas ideas, ninguna llegaba a dar en la diana: que si Hermano Mayor, que si boxeo, que si fútbol, que si política, que si historia... no sabía hacia donde dirigirme.

El caso es que mientras, tengo que seguir currando, de gimnasio en gimnasio como la falsa moneda, de manopla en manopla, golpe a golpe y de sudor a sudor. Y a todas estas me llama Miriam, mi boxeadora siete veces campeona de España, ejemplo como deportista y sobre todo como persona, y para mí uno de los casos de superación personal más grandes que he podido conocer en primera persona. Me dice que a qué hora voy a entrenar por la mañana, que necesita que le ponga unas manoplillas - dícese del aparato pugilístico donde el boxeador pega a las órdenes de su entrenador- . Mi sexto sentido me dice que la reina necesita algo más que una descarga física, mi instinto percibe que más que nada, la necesita emocional.

Le digo que yo voy a ir a correr a la Casa de Campo y que podemos hacer la carrera juntos, olé, me contesta ella.

Así que de viernes matutino empezamos una carrera pactada a cinco kilómetros por la bajada al parque de atracciones, llegar a la rotonda del lago y vuelta, exactamente cinco mil metros. Fíjense, que tengo la Casa de Campo más medida que mi propia casa.

Empezamos en trote cochinero hasta que nos vamos calentando, un ritmo de 5,30 en las piernas e indefinido en la verborrea.

Empieza mi sesión de coaching sin darme cuenta, y sin darme cuenta voy pasando entre otros corredores que me van saludando y dándome la enhorabuena, Miriam se ríe, hablamos de motivación, hablamos de objetivos, de sueños, de realidades, de expectativas, de niños anestesiados, y de muchas cosas más. Yo sigo saludando a los compañeros de senderos campestres que me van levantando los pulgares. Llegamos a la puerta del gimnasio y están esperando dos niñas que quieren hacerse su foto de rigor con “el de Hermano Mayor”, foto, beso y amenaza en broma de que si se comportan mal apareceré en su casa sin piedad.

Y sin querer, empiezo a darme cuenta de que voy navegando en dos mares continuamente. No nos engañemos, la cosa es dura, intentar mantener el ritmo de mi vida pugilística que ya de por sí es arduo, más el pulso televisivo... se me vino un poco grande.

Pero como siempre me gusta cumplir con los ejemplos y similitudes que planteo a los demás, yo no iba a ser menos y del pasado, pasado fue y del futuro que ya vendrá, solo me queda mirar el presente con atención.

Por lo que en cuanto vi que me superaba todo aquello, estuve rápido y me puse en terapia ipso-facto. Que me coloquen las ideas de vez en cuando, a mí personalmente me viene de perlas. Nada de lo que avergonzarse.

Que a veces, cada vez más a menudo, paso de estar en el gym con mi camiseta de la NBA a salir corriendo a casa para que mi Paulita me esté esperando como los mecánicos de Fernando Alonso para cambiarme la carrocería, camisa, pantalón y chaqueta en quince minutos que incluyen ducha. Y, la verdad, no es nada fácil. Pasar como una estela de Stephen Curry a vestirme de Lander Urquijo, es solo comparable a la velocidad que gastaba el cambio de disfraz de Mortadelo en mis cómics ochenteros.

Pasar de gritos y voces en mi planeta pugilístico a la conversación pausada y milimétrica de grandes empresarios trajeados.

De viaje nómada de la periferia madrileña a la alfombra roja del Teatro Real, en veinte minutos.

Del gris tenue del arrabal a las luces de neón de las fiestas donde los personajes brillan más que las personas.

De los portales de luz tuerta a los photocalls afamados donde no sé dónde coño poner las manos nunca.

De las farmacias de barrio llamadas bares, donde hay una hora que se juntan los remolones de la noche con sus viajes clandestinos al baño con los señores que buscan el sabor del alba en un churro recién hecho.

De escuchar Los Chichos y mi Mad Mix Heavy encabezado por The Trooper de los Maiden a la música de cámara insulsa que gastan las fiestas de postín.

Y que en cada sarao de corbata en el que me encuentro solo desee que alguna vez mi deporte tenga lo mismo y se reconozca a los campeones bajo el brillo de las luces.

Porque navego en dos mares, porque surfeo en dos olas, porque camino en dos senderos, porque escalo dos montañas, porque vivo entre dos mundos.

Pero si algo tengo presente, si por algo viajo en dos nubes, si por algo tengo valores, si me encuentro entre dos fantásticos entuertos, solo se lo puedo agradecer a mi faro en la niebla, a mi guía de mi vida, al madero que me agarro cuando me ahogo, a un deporte que muchos recriminan, que muchos repudian, que muchos odian y que a otros nos ha salvado la vida: EL BOXEO.

Y de que todo esto, me di cuenta corriendo con Miriam. Que sin querer aquel día, me ayudó ella a mi. Que de vez en cuando a todos nos hace falta poner nuestras ideas en orden y saber exactamente, dónde estamos.

A pesar de que ese dónde sea justamente aquí, ENTRE DOS MUNDOS.

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