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Boicot Cataluña-España: Causas y sinrazones

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Sobre el autor

Juan Carlos Alcaide

Uno de los consultores de referencia en Marketing de Servicios, Servicio al Cliente, Transformación Digital, Fidelización y Experiencia de Clientes. Sociólogo por la Universidad Complutense. Fundador y director de MdS - Marketing de Servicios. Escritor, conferenciante internacional (miembro de Thinking Heads) y profesor en varias escuelas de negocio.

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Decía Groucho Marx que, te cases, o te quedes soltero, siempre cometerás un error. Lo mismo ocurre con el boicot a los productos catalanes.

Sé que estoy escribiendo sobre un tema delicado, del que es difícil escapar sin dar una opinión comprometida. Pero es evidente que es un tema que está en el candelero en el momento actual, inundando las conversaciones informales, los grupos de Whatsapp -donde pocos no han recibido un listado de marcas “sospechosas”- y a comunidades de usuarios de redes sociales como Facebook. Hasta se han creado aplicaciones de móvil para favorecer el consumo de bienes y servicios domiciliados en otras autonomías.

Nunca he hecho boicot alguno a productos franceses, catalanes o de cualquier otra procedencia. Mis razones son las siguientes, entre otras:

 Al discriminar a proveedores, socios o profesionales por su lugar origen, se discrimina también a los que agitan la bandera española, manifiestan en silencio su disconformidad, o lo hacen en público. Todos los catalanes, no los secesionistas, padecen las consecuencias en forma de caída de la renta y riesgo de desempleo.

 Se alienta, se incentiva, el odio que genera y da aliento a la desconexión total y definitiva entre Cataluña y (el resto de) España.

En realidad, hacer “boicot a Cataluña” es tragarse la gran mentira separatista de que Cataluña es nacionalismo, sólo eso y nada más. Es comprar la idea de la ruptura; el relato de quienes viven -y se hacen millonarios como la Sagrada Familia Pujol- de generar enfrentamiento y sembrar el odio.

Trabajo en Cataluña desde hace 25 años, y conozco al empresariado nacionalista; pero Cataluña es mucho más que el nacionalismo. Es Puigdemont, es la CUP y es Junqueras, pero también Borrell, Iceta, Rivera y Albiol. Y la gente común, que trabaja, vive, siente, y quiere convivir en paz.

Y temo echar al desempleo a familias que, piensen lo que piensen:

 Tienen derecho a estar equivocados, o no, defendiendo lo que ellos consideran un país independiente, y yo, una idea en extremo provinciana, caduca y paleta.

 Es posible que sean y se sientan tan españoles como yo, incluso más, por la presión que viven del otro lado.

Pero, por otra parte, no se puede negar el efecto que en las dos últimas semanas han tenido:

 La salida de las empresas de cabecera de la región, los despachos de abogados y las consultoras.

 La sensación de miedo está generando una presión política que se percibe (no se sabe si condiciona, ni siquiera si balancea mucho, poco o nada, al menos mientras escribo estas líneas) a través de los medios de comunicación.

Resulta evidente que los movimientos bancarios han condicionado las decisiones de las entidades financieras, primero, y de seguros y otros sectores, más tarde, generando un efecto dominó muy claro.

El boicot incrementado desde el 1 de octubre, qué duda cabe, está condicionando a la opinión pública a favor de la idea de no romper con (el resto de) España. Parece cierto, que “si tocando el dinero, tocas los sentimientos”. En pocos días se ha incrementado la sensación de riesgo, de ir al precipicio, de pedir cordura y sensatez movidos por el temor a las consecuencias económicas por parte de (amplios sectores al menos, de) sindicatos y empresariado.

Se están produciendo “reacciones a las reacciones” (más espontáneas que orquestadas, en mi opinión, de los consumidores españoles): un conservatismo natural que reclama seny, cordura y equilibrio, y que pide volver a la sensatez que, en economía, parte de la base de que:

Suele decirse que hay que tener cuidado cuando se elige a los enemigos, porque uno termina pareciéndose a ellos. Y es cierto, pues yo mismo he creído notar alguna vez, en mi profesión, una discriminación por razón de origen en la compra de ciertos sectores del nacionalismo económico catalán que no compra “español”. Sería, pues, el boicot a lo español, una reacción al que nació hace lustros en una pequeña parte de la Cataluña que algunos quieren.

Es más prudente tratar de lograr acuerdos o unir fuerzas con nuestros adversarios que enfrentarlos. No quiero que Cataluña sea mi adversario, pero parece que, en las próximas semanas y meses, habrá que ejercer presión enseñando o alertando de las consecuencias que un boicot permanente en España tendría en el empleo y la estructura económica, la catalana, ya herida, por la corrupción descarada, la mala gestión y la desatención de los temas fundamentales, fruto de haber ocupado recursos y tiempo en generar odio y provocar boicots, incluso cuando se hacen como reacción a los golpes recibidos.

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