No es país para cuerdos

La crisis de valores morales, origen de la corrupción política y económica estaba en su punto álgido, era 2012 y publiqué un artículo titulado "No es país para cuerdos". Nada ha cambiado sino a peor. Trataremos, desde aquí, de poner algo de cordura.

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La mayoría silenciosa otra vez

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Sobre el autor

Jaime Rocha

Jaime Rocha (1942) ingresó en la Escuela Naval Militar de Marín en 1960, centrado gran parte de su labor profesional en la Armada, donde alcanzó su último empleo militar como Capitán de Navío del Cuerpo General, en 1993. Tras ocupar varios destinos vinculados a la Seguridad Nacional y como agregado en distintas embajadas e instituciones españolas acreditadas en el extranjero, se vinculó profesionalmente al sector privado. En el ámbito de la acción social, destacan su actual colaboración como Vicepresidente de la ONGD Madre Coraje de la que es voluntario y delegado en Cádiz. Es Secretario del Centro de Cádiz de la ACdP. Colabora desde 2008, en el Diario de Cádiz y revistas institucionales, como la de Caballeros Hospitalarios, de la que fue director.

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La historia se repite con machacona tozudez, las experiencias pasadas, propias y ajenas, duran poco en la memoria colectiva de la sociedad y ya se sabe, como dijo Marco Tulio Cicerón, nada menos que cien años antes de Jesucristo: “quien olvida su historia está condenado a repetirla”.

Quizás sea aplicable a muchos pueblos de la Tierra, pero desde luego bien nos lo podemos adjudicar los españoles. Para la historia de una nación centenaria como España, al margen de debates sobre Nación – Estado, Nación – Histórica o Nación Moderna, siempre entre las más antiguas de Europa, la situación que se vive en nuestro país, recuerda épocas no muy lejanas, épocas que se enmarcan en los preludio de las dos Repúblicas vividas en España y durante estas, sin llegar a los extremos separatistas de la Primera, ni la quema de conventos que precedió a la Segunda.

Digo que la historia puede repetirse, aunque los actores sean distintos, porque los hechos se parecen demasiado. La pretendida proclamación de la República Catalana, prevista por los independentista para el próximo 2 de Octubre, tras la supuesta celebración del referéndum secesionista, cuyos antecedentes en 1641 (Pau Claris), dura exactamente seis días; en 1873 (Estanislao Figueras), dentro del Estado Federal español, dura dos días; en 1931 (Francesc Maciá), dentro de la Federación de Repúblicas Ibéricas termina a los tres días de negociaciones con el gobierno de la república, y 1934 (Lluis Companis), dentro de la República Federal Española, un día, tras proclamarse el “estado de guerra”. Todas tuvieron escaso recorrido. Un factor común a estos hechos históricos ha sido, sobre todo, la inestabilidad del Estado español.

Inestabilidad que se hace más patente durante las dos experiencias republicanas.

La I República (1873 – 1874) no cumple ni los dos años de duración en los que se suceden cinco gobiernos (Estanislao Figueras, Pi y Margall, Nicolás Salmerón, Emilio Castelar y Francisco Serrano). Del proyecto de Constitución, que preveía una Nación Española constituida por 17 Estados, como Andalucía Alta y Andalucía Baja, Castilla la Nueva y Castilla la Vieja, habría para muchos artículos, aunque hablar de esto no sea, hoy en día, políticamente correcto.

De la II República, (1931 – 1939) que alberga dos intentos secesionistas catalanes, tiene en ocho años de duración, tres de ellos en el exilio, nada menos que viente gobiernos, alguno como el presidido por Augusto Barcia Trelles, solo dura tres días, del 10 al 13 de mayo de 1936, sucede a Azaña (febrero a mayo del 36) y es sucedido por Casares Quiroga que tampoco dura demasiado, hasta julio de ese mismo año. Veinte Gobiernos y doce presidentes.

No hemos aprendido nada como Nación. Gobiernos centrales en minoría parlamentaria, que han tenido que recurrir sistemáticamente a pactos con partidos regionalistas (devenidos en independentistas) para formar gobiernos a base de sucesivas y mayores concesiones hasta el famosos Estatuto de Autonomía de Cataluña, a todas luces inconstitucional, amparado por el presidente Zapatero (“Apoyaré la reforma del Estatuto de autonomía que salga del Parlamento Catalán”).

Cataluña, sus cuatro provincias, superaron en participación (67%) y votos afirmativos (91%) la media de España en el referéndum de la Constitución de 1978, mientras le polémica reforma del Estatuto de Autonomía catalán de 2006, se quedó en una participación del 49 por ciento y de ellos un 79 por ciento lo aprobaron. Es decir, de los posibles electores catalanes de entonces, 5.310.000, solamente 2,133,000 lo aprobaron. ¿Donde están los 3.177.000 que ni se molestaron en ir a votar o lo hicieron negativamente?

Bien es sabido que los eficaces activistas de la independencia logran movilizar en sus manifestaciones públicas, cadenas humanas y votaciones, a prácticamente la totalidad de sus correligionarios, a los que no les importa, sino al contrario, ir acompañados de niños, adoctrinada juventud en treinta años de inmersión. Pues según las últimas manifestaciones y encuestas no pasan de 1.700.000 los partidarios de la independencia, en vista de lo cual, en las “secretas leyes” que prepara el Gobierno Catalán (no han sido ni van a ser debatidas en su Parlamento) no se fija un suelo de participantes, es igual, con que vayan cinco y tres voten que si, el día 2 se proclama la República Catalana.

Se quejan muchos catalanes, que se sienten también españoles, del poco apoyo del Gobierno central e incluso del resto de sus compatriotas, como si les hubiéramos dejado “solos ante el peligro” y es posible que tanto pacto gubernamental del pasado reciente les haya decepcionado, quizás que no se organicen masivas manifestaciones en otras ciudades españolas en contra de los independentistas les da la razón, pero ellos son mayoría en Cataluña y salvo algunos pequeños y activos movimientos cuidadanos y algunos magníficos periodistas que hacen la guerra por su cuenta, no se les ve. ¿Estamos otra vez ante la nefasta mayoría silenciosa? Nos jugamos mucho todos. ¿A qué esperamos?

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