Biología de la Normalidad

¿De qué modo nuestra biología afecta a nuestra vida cotidiana? La neurociencia, la química o la biología tienen mucho que ver con nuestros estados de ánimo, nuestras emociones y la manera en que afrontamos los retos de día a día. Este blog ofrece pistas y claves sobre cómo la ciencia puede ayudarnos a mejorar nuestro autoconocimiento y a lograr nuestros objetivos vitales y laborales.

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Las ventajas de amar al enemigo

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Sobre el autor

Fernando Botella

Soy experto en innovación, desarrollo de talento y transformación organizacional de España. Biólogo de formación, atesoro una extensa experiencia como directivo de marketing y ventas en el sector farmacéutico y como profesor de management en distintas Universidades y escuelas de negocios. En 2010 fundé Think&Action, un proyecto que le lleva por toda España ayudando a las organizaciones a gestionar mejor su talento. Mi experiencia en materia de liderazgo la he condensado en El Factor H (Alienta Editorial 2016).

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Nuestra mente es traicionera. Nos engaña, se engaña a sí misma. Tiene la fea costumbre de emitir juicios manipuladores en nuestras relaciones con los demás, de refugiarse en mecanismos mentales preestablecidos. Son esos perversos automatismos que hacen que el padre vea al hijo como un vivalavirgen descerebrado y que el hijo al padre como un obtuso anclado en el pasado; que el jefe vea al empleado como un incompetente y el empleado al jefe como un tirano y un incoherente, que el cliente vea al proveedor como un manipulador aprovechado y el proveedor al cliente como un pesado desagradecido.

No se asuste si se ha visto reflejado en estos esquemas; es normal. Nuestro cerebro está diseñado para defenderse de la realidad, y uno de esos mecanismos de defensa consiste en contemplar al de en frente de acuerdo a nuestros propios parámetros. Tratamos a los demás cómo nosotros les vemos, pero eso no quiere decir que sean así. Y nos pasamos la mayor parte de nuestra vida intentando cambiar a los otros en lugar de cambiarnos nosotros. Por esa razón saltamos con facilidad ante la primera señal de alarma. De ahí que nos pasemos la vida etiquetando a los demás, señalando sus defectos, intentando pillares, cogerles en un renuncio para tener nosotros razón. Pero Platón ya nos advirtió de que debíamos ser amables con el prójimo, porque cada persona que conocemos está librando su propia batalla. Una batalla que es, al menos, tan ardua como la nuestra.

La biología nos ayuda a explicar los mecanismos que desencadenan la empatía (o la ausencia de ella) hacia los demás. La empatía es la capacidad de entender la perspectiva del otro aunque no se esté de acuerdo con esa visión. Sin juicios. Y esta capacidad viene marcada por dos hormonas: la oxitocina y la vasopresina, ambas liberadas desde los núcleos supraóptico y paraventricular del hipotálamo del cerebro. De composición muy similar (desde el punto de vista de químico sólo se diferencian en dos aminoácidos), tienen, sin embargo, efectos opuestos en nuestra interacción con los demás.

A la oxitocina se la conoce como la hormona del amor. Es, por ejemplo, la que generan las mujeres parturientas en los momentos previos a dar a la luz. Esta hormona actúa sobre el núcleo central de la amígdala del sistema límbico y su efecto es de protección. Básicamente, lo que hace es generar sensación de peligro o miedo, lo que activa los mecanismos de protección del organismo. En el parto, protege al bebé al generar una respuesta inmunológica en la madre contra posibles infecciones. Pero además de esos efectos físicos, la oxitocina también nos protege de los desajustes emocionales que nos provoca la interacción con las personas de nuestro entorno.

Por el contrario, la vasopresina provoca el efecto contrario, es un inhibidor del miedo. Y cuando nos encontramos liberados del miedo, relajamos las defensas emocionales y abrimos los brazos a los demás. Somos más receptivos a ponernos en el lugar de nuestros semejantes, y, por tanto, a practicar la empatía. Un abrazo, una caricia, un beso o un encuentro sexual, liberan vasopresina. Por el contrario, una discusión acalorada dispara los niveles de oxitocina.

En el campo neuronal, gracias a trabajos como los de Giacomo Rizzolatti sobre las neuronas espejo o a los descubrimientos sobre las neuronas en huso, conocemos algo más acerca del modo en el que los seres humanos somos capaces de percibir los estados de ánimo de otras personas aunque no los verbalicen. Si están tensas, sensibles o preocupadas. Si combinamos esos descubrimientos con lo que sabemos acerca de las hormonas, de ese equilibrio surgen surgir nuevas posibilidades de acercarnos más a las personas que tenemos a nuestro alrededor. Porque ese entendimiento nos permitirá asimilar que las diferencias de punto de vista, percepción, culturales, de valores o de opinión, lejos de ser motivo de enfado, son perfectamente normales, y desde ahí, podemos aprender a aceptar al otro.

Es decir, a mayor nivel de conciencia de que estamos siendo secuestrados por nuestra percepción de la realidad y nuestra necesidad de protegernos ante eventuales agresiones, más fácil nos será sentir compasión (no en el sentido de “lástima”, sino en el sentido psicológico de “aceptación”) por el otro. La consecuencia directa es que disminuye la segregación de oxitocina y aumenta la de vasopresina. Sentimos menos dolor y se incrementa nuestra capacidad de cooperación.

Hace miles de años el maestro chino Lao Tse dijo: “las personas nacen suaves y blandas; Muertas, son rígidas y duras”. Si viviera hoy, podría reformular ese axioma en: “Las personas nacen vasopresínicas y se vuelve oxitocinicas”.

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