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¿Somos personas honestas?

¿Somos personas honestas?
¿Somos personas honestas?larazon

La Rae define honestidad como la cualidad de las personas honestas, y a éstas como decentes, decorosas, probas, rectas y honradas. Etimológicamente, el término procede del griego “honestitas”, concepto que se vinculaba con el honor. Más allá del diccionario, la honestidad tiene que ver con valores universales como la Justicia o la Verdad. Alguien honesto será, por tanto, alguien justo y que vive con la verdad por delante. En oposición, una persona deshonesta es alguien que carece de las cualidades anteriores y que no se rige por estas como norma de comportamiento en su vida.

La filosofía china parte de un concepto menos maniqueo de la honestidad que la que manejamos en occidente. Confucio hablaba de tres niveles de honestidad. El primer nivel o “LI”, sería el más superficial, y en él se admiten acciones levemente deshonestas, esas mentirijillas o pequeñas injusticias que los seres humanos cometemos de manea cotidiana para nuestra propia satisfacción, pero sin que tengan gran trascendencia. En el segundo nivel o “YI”, las personas deshonestas no sólo buscan su propio interés, sino que sus acciones atentan contra la moral y el principio de reciprocidad. Es decir, perjudican y suponen actos de injusticia contra terceros. Por último, en nivel más profundo “REN”, quienes atentan contra la honestidad son directamente corruptos que actúan con alevosía y las peores intenciones.

Se trata de una visión muy interesante desde el punto de vista occidental, porque la vida real, nos demuestra que no todo es blanco o negro y que mantener todos nuestros actos dentro de la pureza más absoluta es, en la práctica, una tarea imposible. ¿Quién no se ha saltado la fila de la salida de la autovía y se ha incorporado más adelante, abriéndose un hueco entre los que sí la hacían? ¿Quién, ante la pregunta del conductor del autobús, no le ha asegurado que su hijo de ocho años recién cumplidos aún tiene siete para ahorrase así un euro en el billete? Según la norma occidental, donde la honestidad se mide en términos absolutos – se es honrado o no -, estos actos son tan reprobables, al menos, desde un punto de vista ético, como un delito de sangre. Si nos acogemos a la concepción china de la honestidad, estas faltas leves podrían ser hasta cierto punto admisibles.

La conclusión que podemos extraer es que, aunque todos aspiramos a situarnos en la cúspide de la virtud y a llamarnos a nosotros mismos “honestos”, todos cometemos actos deshonestos en alguna medida. ¿Cómo gestiona nuestra mente esta aparente falta de integridad? En el año 2007 el investigador de la Universidad de Harvard, Joshua Greene, demostró mediante seguimiento por resonancia magnética funcional y neuroimagen, que el cerebro es sometido a un sobreesfuerzo cuando una persona se comporta deshonestamente. Para ello, reunió a una serie de sujetos y les hizo creer que participaban en un experimento que trataba de medir otro aspecto de su comportamiento. Pero mientras realizaban la actividad, a algunos de ellos les sitúo ante la tentación de ganar un dinero fácil contando una mentira. El experimento constató que las personas que no fueron expuestas a la tentación no experimentaban una alteración de su actividad cerebral normal. Por el contrario, en aquellas que optaron por la vía deshonesta para procurarse un beneficio se apreció un sobreesfuerzo en su corteza prefrontal