ZEN-CON-TEN

Haz deporte, da las gracias, medita, practica yoga, no procrastines ni dramatices, sé asertivo... Si también te entran ganas de gritar cada vez que lees otra lista para ser feliz, pero te reconoces de la secta y vuelves a caer, éste es tu blog. Yo lo voy a probar (lo que sea legal) y luego te lo cuento aquí, con humor, algo de profundidad y toda la honestidad compatible con conservar mi empleo. Porque lo de ser feliz está muy bien, pero lo primero es lo primero.

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Silencio, por favor

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Sobre el autor

Macarena Gutiérrez

Soy periodista de LA RAZÓN desde su fundación en 1998. He escrito sobre política internacional, exterior, reportajes, entrevistas y ahora lo hago en la sección de Opinión. Mujer, blanca, soltera y en eterna búsqueda del equilibrio, soy lo más alejado a una gurú que te vas a encontrar. @McGutierrezSj

El silencio incomoda. Nos pone tensos en un ascensor, o cuando irrumpe en medio de una conversación que parecía animada, y también nos molesta en soledad. El escritor y sacerdote Pablo D'Ors, autor de "Biografía del silencio", dice que cultivarlo es una "auténtica revolución". Como no sabemos escucharnos, no sabemos escuchar al otro, "porque nadie puede dar lo que no tiene".

Trataba de repasar todos estos conceptos mientras conducía hacia Galapagar, para darme valor y para recordar por qué me había metido en este lío. Leí el libro de D'Ors en diciembre y me gustó tanto que quise conocerlo y hacer lo que fuera por colarme en uno de sus retiros.

Con un mensaje en apariencia sencillo, "Biografía del silencio" tiene un fondo potente que te deja noqueado. Pensamos mucho la vida, pero la vivimos poco -escribe D’Ors- y cuanto más pensemos, más debemos meditar, para vaciar la cabeza del parloteo incesante que no conduce a nada. Sólo a construir y reconstruir nuestro propio relato sobre las cosas que no es más que eso. Pura teoría. Una definición que parece hecha mi medida.


Ahora que estaba a punto de aprender a meditar, después de meses suspirando por que llegara el día, mi cabeza echaba humo. Tenía ilusión y canguelo a partes iguales. No sabía cómo iba a reaccionar. Estar callada y con el móvil apagado todo un fin de semana, sin nada que leer y prácticamente en chándal y calcetines me parecía inquietante. Cuando arrastraba la maleta hacia la recepción de la casa, bajo una lluvia intensa que me estaba poniendo perdida, el pensamiento más fuerte era: ¿qué pinto yo aquí? Una incertidumbre que se evaporó en la primera y única reunión en la que pudimos hablar. Pintaba lo mismo que el resto. Cerca de treinta personas con una motivación tan similar a la mía: hallar algo de paz interior, aprender a serenar la mente, un método para centrarme, para trascender. De entre todos, hubo un testimonio que me dejó impactada. Una mujer contó que una enfermedad gravísima que casi la mata la había transformado por completo, le había “graduado la vista”. Menuda metáfora. Verse cerca del final la había posicionado “cerca de los místicos”: nada importa nada, todo importa todo. Transmitía tal estado de plenitud que me hizo envidiarla desde mi silla.

Finalmente, lo de no abrir la boca ni estar pegada al teléfono resultó ser lo de menos. Puedo decir incluso que me gustó. Fue como estar en una burbuja. Teniendo en cuenta que echamos cerca de cien vistazos a la pantalla cada día, me ahorre más de 200 distracciones. Algo parecido a viajar en avión, cuando apagas el móvil antes de despegar y te liberas de la "obligación" de revisar el Iphone. A mí me dieron un disgusto cuando dijeron que habría wifi en los vuelos. Me pareció que me robaban un oasis, como si de pronto prohibieran los bancos en las calles o en los parques, que me encantan. Un sitio de parada y descanso.

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Estar rodeada de desconocidos sin hablar puede resultar incómodo al principio porque la falta de intimidad te impulsa a llenar los espacios en blanco. Comer o cenar en silencio es extraño, te recuerda un poco al colegio, cuando te mandaban callar y te daba miedo de que te entrara la risa. Al menos, había vino tinto en la mesa, lo cual tengo que decir que me tranquilizó bastante. Por si acaso, Pablo también advierte de que está prohibido gesticular o hacer muecas.

A pesar de todo, es una herramienta fundamental el silencio. Te permite escucharte y escuchar a Pablo, que te va guiando entre los bloques de “sentadas” (tiempos de meditación de 25 minutos). Su discurso es apabullante, revelador. Y si hubieran permitido hablar, al menos yo le habría cosido a preguntas. Tiene un carisma nada obvio, un poco escondido, que crece por momentos. La gente se bebe sus palabras. Va jalonando las explicaciones sobre la postura, la técnica, la respiración o el mantra con pequeñas lecturas, algunos cuentos y experiencias personales que le quitan un poco de gravedad al asunto. Lo fundamental es que no meditamos para dejar la mente en blanco, ni para controlarla, sino “para aceptar absolutamente lo que la mente es”. Vaya tela. Aceptar, a fin de cuentas, lo que somos. Perfectos en nuestra imperfección.

La enseñanza de D'Ors tiene su raíz en la contemplación de los padres del desierto, los monjes que vivían en soledad en el siglo IV en lugares despoblados de Siria y Egipto. De ahí viene el nombre de la red que ha creado para los que quieran compartir este “anhelo” –como dice él–. Son los “Amigos del desierto”.

En la comida del domingo se levanta el castigo a las palabras y, por fin, puedes comentar la jugada con los que te han acompañado callados. A mí me pareció un momento emocionante porque, aunque apenas les conoces, te sientes más conectado que si te hubieras pasado dos días rajando, cada uno contando su película. D´Ors asegura que la experiencia relaja las facciones, que te pone buena cara. Esto, que lo he leído después, es lo que me dijo alguien que se sentó a mi lado durante muchas horas: “Es como si te hubiera cambiado el gesto”. Madre mía, pensé, cómo debí llegar...

Tengo que reconocer que a mí todo esto me parece una cuestión casi de fe. Pero no de una fe en Dios, ya que esta meditación es integradora y a ella se acercan buscadores de todo tipo: creyentes y no creyentes, gente llegada del zen o de otras disciplinas orientales que echan de menos algo de trascendencia. Me refiero más bien a confianza. Tienes que creer que va a funcionar. Y ya puestos a creer en algo, en una experiencia transformadora y a invertir en ella, no me parece una opción nada desdeñable. Está claro que los frutos tardarán en verse, y que hay que insistir, pero solo por lo que se atisba en el horizonte el camino puede merecer la pena.

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