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Abierto en canal: dimitir en diferido

Tiempo de lectura 4 min.

07 de octubre de 2017. 09:41h

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Los Teatros del Canal no llevan una vida precisamente cómoda. Invento de Alberto Ruiz-Gallardón, fue encargado su proyector al arquitecto Navarro Baldeweg. Cuando Esperanza Aguirre asumió la presidencia de la Comunidad de Madrid intentó paralizar el proyecto, que entonces solo estaba en cimientos, pero la obra consiguió salir adelante. Hubo sobrecostes, como en todas las obras y más públicas, que se inician con proyectos incompletos, y problemas en la terminación de obras. Al final quedó un edificio no muy cómodo con tres salas, una de ellas a la que ha de accederse por pasillos rocambolescos, y un bar con una estupenda terraza en un patio que no puede utilizarse por problemas vecinales. Sin embargo, se tuvo el acierto de nombrar a Boadella como su director y encargar a Jorge Cuya la gestión. La pareja funcionó estupendamente durante años y logró lo que parecía un imposible: tener un público propio, diferente, que daba ocupaciones importantes gracias a una atractiva programación absolutamente ecléctica con espectáculos de nivel que incluían desde la experimentación hasta las óperas de repertorio. Con la llegada de Cristina Cifuentes fueron poco a poco empeorando las cosas. Crecieron las tensiones entre la dirección del teatro y los entonces responsables culturales de la Comunidad, que quisieron fagocitar la institución. Boadella decidió descansar en su Cataluña, la presidenta asumió inconcebiblemente las competencias culturales y eligió, a finales de 2016, a Jaime de los Santos como director de promoción cultural, persona sin experiencia en la gestión cultural que acaba de ser ascendido a consejero. Aterrizó casi coincidiendo con el concurso para adjudicar la gestión de los teatros, consiguiendo Clece renovar y seguir programando un 15% de los espectáculos. Decidió dividir la gestión de las tres salas, dedicando cada una de ellas a funciones específicas y eligió a Alex Rigola, director teatral que mira con buenos ojos a la CUP, y Natalia Simó como responsables artísticos. Aunque prácticamente aún no ha empezado a desarrollarse la programación de ambos, sí se advierte que la música clásica prácticamente desaparece y mayoritariamente se trata de espectáculos pequeños y presentados durante pocos días, con precios casi subvencionados en su totalidad, de 17 a 22€ las localidades más caras. En la etapa anterior podría haber colectivos subvencionados, pero se trataba de respetar precios de mercado para los espectáculos. Es fácil predecir una notable bajada de la recaudación y esto han de conocerlo en la Comunidad. La noticia ha sido la dimisión de Rigola por la violencia policial en Cataluña. Ha declarado que ni es independentista ni estaba a favor del referéndum, pero colocó en sus redes sociales una foto en la que aparece votando e incorporó un texto con su opinión personal. Obviamente una incongruencia: ¿qué hacía votando en un supuesto referendum sobre la independencia si no cree ni en uno ni en otra? Incongruente es también su peculiar dimisión en diferido: continuando nueve meses programando incluso la próxima temporada. Ya sabemos lo que esto lleva detrás: cobrar nueve meses más y dejar colocado lo que viene bien a sus intereses personales. A estas alturas aún hay quien se chupa el dedo, yo no. No es serio: si decide dimitir, lo hace y se va.

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