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Aquel balón azul de los veraneos

Ahora nos vamos de vacaciones, pero en los 60 y 70 se veraneaba. Ése era el verbo. León Arsenal recuerda con cierta nostalgia en un libro cómo eran esos meses que traemos a la memoria en pleno puente de agosto

  • Redonda y con cinco letras, la pelota de «Nivea» fue el objeto de deseo de las vacaciones de los 70
    Redonda y con cinco letras, la pelota de «Nivea» fue el objeto de deseo de las vacaciones de los 70
Juan Beltrán.  Madrid.

Tiempo de lectura 4 min.

15 de agosto de 2017. 00:41h

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Hubo un tiempo en el que para los chicos el año tenía dos estaciones: colegio y veraneo. Quizá era poca gente la que hacía turismo, pero para muchos el veraneo era otra cosa: cambiar de casa, de amigos, de hábitos de vida, volver tres meses al pueblo o ir a la playa toda la familia embutida en un Seat 600 o en el Renault 4L («cuatro latas») atestado con las maletas y la sombrilla en la baca. Sol y playa, carretera y manta, el veraneo era un cambio estacional. ¿Le resultan familiares esos viajes, las pandillas con los primos y los amigos del pueblo, los cines de verano, la avioneta en la playa lanzando balones de «Nivea», el chiringuito, los «Rodríguez» en un Madrid que se quedaba desierto? Si ha retenido esto en su memoria seguramente era uno de esos niños de los años 60 y 70 del siglo pasado que, acabado el cole, se marchaban de veraneo. Años que dejaron toda una iconografía de recuerdos que León Arsenal –uno de los testigos de aquella época– ha recogido en «Aquellos fabulosos veraneos» (Edaf). «Un paseo desde la óptica de los que éramos niños entonces, evitando en parte la adolescencia y más aún la vida adulta o la nocturna. Paisajes, imágenes, fotos, postales, ilustraciones de la sociedad generada por aquella cultura del veraneo, para trasmitir el sabor de una época a quienes no la vivieron», comenta el autor.

El viaje interminable

«Junio marcaba el final de curso en la escuela y era el anuncio de las vacaciones, o mejor dicho, del veraneo. La recompensa por el aprobado eran tres meses en los que nos íbamos a cientos de kilómetros, al pueblo, a la playa o a las colonias y campamentos, donde se rompía con todo. Era una segunda vida para los chavales, un cambio radical», explica León Arsenal. «El viaje a la playa comenzaba con retenciones constantes desde la salida de Madrid –continúa– y seguía por esas carreteras de un solo carril, de asfalto mezclado con gravilla en condiciones penosas que formaban caravanas interminables. Una solución para evitar atascos era salir de madrugada. Eran viajes larguísimos, duraban todo el día, un verdadero periplo que cruzaba por todos los pueblos. Si vivías en Madrid y hacías el viaje a Galicia, Asturias, Santander o Andalucía se hacían interminables las carreteras llenas de curvas. Estas dificultades hicieron que los madrileños nos fuéramos en masa al Levante. Los Gordini, Seat 600, Cuatro L, Dos Caballos o Simca 1000 eran los coches más usuales, y la Vespa, la Bultaco o la Montesa si lo hacías en moto. Casi siempre íbamos al mismo lugar, era nuestro lugar de veraneo».

Los cortes de digestión

«El ajuar playero del veraneante –explica Arsenal– era el equipo mínimo para ocupar el espacio, plantar sombrilla, la tumbona, extender colchonetas y dejar la nevera con la gaseosa y el vino Savin. Tenías techo, asiento y alimento y ese territorio era tuyo, que solía ser siempre el mismo. Se creaba un poblamiento estacional donde se creaban una red de relaciones con los vecinos de forma espontánea. Entonces, como ahora, no se hacía mucho caso de los protectores solares, ni de las horas en las que evitar las exposiciones solares, pero respetaban a rajatabla no bañarse dos horas después de comer para evitar “cortes de digestión”, una leyenda playera que nos tenía preguntando la hora cada cinco minutos».

Viva el chiringuito

El autor dedica espacio a dos aspectos emblemáticos de la playa: el chiringuito y la fauna playera. El primero, explica, «ha degenerado mucho. Un elemento tradicional que ha mutado hacia algo comercial. En Málaga y Granada eran “chambaos”, barras de bar techadas con cañizos donde era típico ir a comer pescado y marisco recién bajado de la barca. Una economía pequeña, muy localista, que fue degenerando al llegar como hordas de Atila los veraneantes del interior de España».

Del «Meyba» al turbo

Después, continúa Arsenal, estaba la fauna playera: «El ecosistema estaba poblado de especímenes exóticos. Estaban los sedentarios, familias enteras con abuelos, tíos, etc., que montaban su campamento con el ajuar playero, y los nómadas, bandas de jóvenes bulliciosos que pululaban con bañador y toalla y eran mirados con recelo. El bañador marcaba la actitud de cada uno. Los «Meyba» –tipo pantalón holgado– y el turbo, ceñido. Después llegó el tanga ante las miradas estupefactas, la desaprobación o la mofa. A ellos les daba igual. Una fauna que quedó representada en las películas de Landa, como prototipo del macho ibérico, una especie de justificación del “ligoteo” con las extranjeras, cualquier nórdica rubia que no hablase bien español».

El turista un millón

Cada innovación creaba polémica. «En las mujeres, el bikini, el bañador brasileño o el ‘‘topless’’, formaron verdaderos revuelos. Somos amigos de la exageración y de polemizar ante cualquier insignificancia que pronto se normaliza. Era una España todavía entre dos luces, entre los antiguos falangistas y los tecnócratas que comenzaron el cambio del desarrollismo. De pronto descubrimos que podíamos vender sol y playa. Se hicieron campañas con eslóganes atractivos: “Sol de España”, “Viste la Costa del Sol”, “España es diferente”, y se creó el turista Un millón, que curiosamente siempre recaía en alguna señora del norte de buen ver. Ahora, que hemos tenido 38 millones de turistas, aquello nos queda lejos, pero fue un dinero que vino bien. Y Fraga –a la sazón ministro de Turismo– tuvo mucho que ver», asegura Arsenal.

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