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Arturo Pérez-Reverte: «Ahora, la cultura no existe, la están triturando»

Arturo Pérez-Reverte. Escritor

El autor regresa con dos héroes inesperados: Hermógenes Molina y Pedro Zárate, dos miembros de la Real Academia Española que en el siglo XVIII viajaron a París para traer a España la «Encyclopédie» de D’Alembert y Diderot. Una novela que es una aventura literaria y un paseo por las sombras y las luces de nuestro pasado, por los éxitos alcanzados y las oportunidades perdidas.

  • Arturo Pérez-Reverte. Escritor
    Arturo Pérez-Reverte. Escritor
J. Ors.  Madrid.

Tiempo de lectura 8 min.

13 de marzo de 2015. 02:45h

Comentada

Vuelve Arturo Pérez-Reverte a recorrer todos aquellos caminos y senderos, a veces torpes, torcidos y mal iluminados, que hicieron nuestro pasado. La Historia, para el escritor, no es un paisaje de fondo en el que sobreponer los personajes, honestos o taimados, que asaltan su imaginación. En «Hombres buenos» (Alfaguara) rinde homenaje a la Real Academia Española y a dos arrojados que se aventuraron por campos, mesetas y montes para conseguir los volúmenes de la primera edición de la «Encyclopédie» de D’Alembert y Diderot (que hoy conserva la RAE). Una excusa para revisitar las posadas y mesones del siglo XVIII español –que se batía en duelo entre las tradiciones heredadas y las luces que se vislumbraban en el futuro–, sumergirse en un laberinto de intrigas y nobles propósitos, y conocer ese París intelectual, libertino y prerrevolucionario. Pero, sobre todo, es una oportunidad para volver a abrir el debate de intereses y tensiones que arruinaron el sueño de una España moderna y europea.

–¿Cuáles fueron los factores que condenaron a España a permanecer retrasada respecto a Europa?

–España arrastra una enfermedad histórica que viene de los visigodos, los romanos, la invasión árabe y la inquisición. Es una especie de vileza histórica. Aquí no existen adversarios; hay enemigos. Y a los enemigos no se los quiere vencidos, sino exterminados. No se pretende convencer a nadie, sino aniquilarlo. Esa necesidad de masacrar al que no piensa como tú, de etiquetar, de entender el mundo en blanco y negro, viene de una profunda incultura.

–¿Ahí está la clave?

–El problema es la palabra cultura. En el siglo XVIII, igual que hoy, hubo gente que tenía patriotismo cultural, aunque ahora la palabra patriotismo está mancillada por la historia reciente y tiene mala prensa. El patriotismo cultural pertenecía a aquellos que creían que la cultura era la forma de hacer mejores a sus conciudadanos y mejorar el mundo. Entendían que un pueblo educado y culto es más libre y se deja manipular menos por los fanatismos y la violencia. La novela es eso. Es de unos hombres buenos que intentan que su mundo y su país prosperen.

–¿Y hoy hemos mejorado?

–En el siglo XVIII, el pueblo era inocente, la gente no era culpable de la historia que tenía. El analfabeto era cerril, inculto y fanático porque no podía ser otra cosa. Pero hoy ya no existen excusas. Ahora tenemos internet, cine, televisión y una educación obligatoria. El que es analfabeto y, en cambio, ve «Sálvame» es porque él quiere. Nadie le obliga a poner ese programa. Puede escoger. Pero elige eso. Aún son necesarios los hombres buenos para que recuerden al mundo que la cultura es la única forma de salvación que existe. Pero, atención, no la cultura de diseño de Almodóvar o de los desfiles de pasarela de Cibeles, sino la cultura como educación.

–¿Qué agentes han impedido a España modernizarse y avanzar?

–Cuando miras la historia de España, y te tropiezas con las desgracias de siempre y las ocasiones perdidas, siempre te encuentras con dos factores: el trono y el altar, que han sido los dos elementos que han hecho que nuestro país perdiera el paso de la Historia. Ha habido hombres buenos en el trono y el altar. De hecho, en la RAE había eclesiásticos con luces y progresistas, con una visión de modernidad y de futuro espectacular. Pero como institución, la Iglesia católica fue un gran freno. En otros países tuvieron a Newton, Voltaire, D’Alembert, Rousseau... en España no los tuvimos y los que tuvimos no se atrevieron porque era demasiado el peso que tenían sobre ellos. Esa llave de calabozo que tuvieron el trono y el altar aún continua. Pero ya no es igual. Hoy no se puede culpar de esos males a la Iglesia. La responsabilidad es del ciudadano que puede ser culto y no quiere, aunque pueda serlo. En estos momentos nadie te impide la educación.

–En su libro se puede leer una crítica al «majismo», los toros, el folclore.

–¡Cuidado! Esas no son mis opiniones, sino las de los personajes. Es lo que pensaban las personas ilustradas de ese momento. Yo soy un mero transmisor de ellas.

–Pero, ¿cómo ve a España?

–Ese «majismo», ese desgarro folclórico, esos toros de sainete todavía siguen estando. Llámalo fútbol, San Fermín... España sigue confundiendo cultura con folclore. Llama cultura al toro de Tordesillas, que es una barbaridad, cuando la verdadera cultura, la que educa, la dejamos de lado. Desde la Segunda República no ha habido en este país un intento serio de educar al pueblo de España. Los gobiernos sucesivos, también los más recientes, mantienen en un criminal abandono a la cultura como instrumento de educación, mejora de la calidad intelectual y ciudadana de la población. Ahora la cultura no existe, la están triturando. Cuando Zapatero hablaba de cultura se refería a la cultura de diseño, a la «pijocultura», no a la real. La cultura de verdad, la que forma generaciones lúcidas, responsables, dialécticamente capaces, con ideas... eso desde 1936 no ocurre.

–¿Y las consecuencias?

–Estamos pagando un precio. Mientras en el siglo XVIII, cuando no se habían producido los estragos de las dos españas, y todavía éramos vírgenes, la cultura era una esperanza.

–¿Y ahora?

–Una decepción. Pero aún quedan hombres a los que escuchar, con los que debatir. En España cuando hay un hombre bueno se le fusila, se le exilia, se le ningunea, se le borra de todos los lados, porque los hombres buenos en España incomodan, resultan molestos, son inoportunos porque no están a tono con el discurso oficial, con el lugar común, con esa retórica demagógica que aquí se toma por discurso político. Lo voy a resumir de una forma muy sencilla: la política debe ser siempre una herramienta de la cultura. La política debe servir para hacer que los pueblos sean más cultos, pero en España es al revés: la cultura es una herramienta manipulada por la política, una más, y está envilecida por el uso que de ella se hace como arma política.

–En el pasado, nos lanzábamos en brazos de reyes «deseados». Hoy, miramos a nuevos partidos. Nunca decidimos de una forma individual. ¿Somos aún una sociedad adolescente?

–Aquí, a los que nos quieren hacer adultos los exiliamos o fusilamos. En cuanto hay un discurso interesante, lúcido, racional, con cierto peso intelectual, enseguida se le dice: «Defínase, ¿vota al PP, al PSOE, a UPyd, a Ciudadanos?». Cuando les dices «no, yo soy de biblioteca», te responden: ¿Cómo que de biblioteca? ¡No, mójese! ¿De qué ideología es usted?». Cuando subrayas que a veces soy de cual y otras de cual, te insisten: «¡No, no, no! ¡¿Dónde está?!». Necesitamos la etiqueta. La elementalidad de nuestra política y el envilecimiento de nuestros conceptos políticos es tanto, que si no está establecido que sea amigo o enemigo, no hay posibilidad de que te escuchen. Y si eres enemigo, no te dejan hablar. Al adversario se le impide expresarse. No hay diálogo. Antes de que hable, lo matamos física o intelectualmente. La cuestión es no debatir, no contradecir, silenciar. Y es imposible así. Aunque en esta novela es optimista y describe cómo la buena fe, la amistad, la cultura y la educación crean un territorio en el que es posible.

–Su novela es también un homenaje a los libros.

–Al libro como aventura, porque el libro es una ventura. Irte de caza a Milán Oslo o Marruecos a buscar un ejemplar. Irte de caza, es la expresión, a ver qué puedes encontrar, qué sorpresa te depara la vida como lector. Acudir a la Cuesta de Moyano y, con veinte euros, traerte tres o cuatro libros. Es una aventura magnífica. Me dan pena los pobres estúpidos que son incapaces de vivir esa aventura maravillosa. El libro no es un objeto solo para leerse. El libro es su búsqueda, localización, captura, adquisición, conservación, subrayado. Es prestarlo al amigo, que pase a tus hijos, heredarlo de tus padres. El libro es un objeto alrededor del cual se teje la amistad, crece la cultura, nace la convivencia y el debate intelectual. Es hermoso. Esta novela es una aventura de libros y amistad.

–También rinde un homenaje a la Real Academia Española y a sus miembros. Pero todavía hoy mucha gente ve a la RAE como algo anclado en el pasado...

–-Eso es la ignorancia, el desconocimiento. Como esas polémicas que surgen de vez en cuando de una asociación que quiere que la RAE cambie el significado de una palabra. La RAE es el notario de lo que sucede en la sociedad... A esas personas hay que indicarles que son ellas las que hablan así; lo único que hace la RAE es recoger cómo usan la lengua los hablantes. Los que hacen la lengua peyorativa son los hablantes, no la RAE. Pero eso la gente no lo entiende. Se indica: «es que tal palabra es negativa». Pero cuando se lee «judiada» en un libro de Cervantes, ese vocablo quiere decir algo. El diccionario está para que la lengua se comprenda.

–Estamos anclados en lo políticamente correcto.

–Sí, pero también debemos tener en cuenta que el diccionario de la Real Academia Española es para toda Hispanoamérica. España no es el ombligo de la lengua española. Somos veintidós naciones. Somos veintidós países que utilizan la misma lengua y ortografía. Es un fenómeno sin par. Eso únicamente se consigue con mucha diplomacia, con relaciones, con reuniones. Hay quien protesta porque se incluye el término «amigovio», pero es que se utiliza en muchos países de América. Gran Bretaña y Estados Unidos tienen una edición diferente del diccionario, porque tienen palabras distintas. Lo mismo sucede con Brasil y Portugal. Pero, en Argentina, Guatemala, México o España no hay que tocar una palabra, porque todos tenemos un diccionario común. Que muchos se molestan por la palabra «subnormal», ¡pero si es que es la gente quien la emplea así! Todo esto es desconocimiento. Eso, y que en España cualquier analfabeto con «Twitter» se cree autorizado para enjuiciar a Mario Vargas Llosa o a Rodríguez Adrados.

El verdadero homenaje a Cervantes

Lo dice con claridad cuando se le pregunta por la recuperación del cuerpo de Cervantes: «Si ese barrio fuera inglés o francés, sería una meca cultural con fama europea. Cervantes tuvo la desgracia de ser español, como Quevedo, Calderón... Debía ser un barrio de museos, librerías, turistas, pero apenas hay nada... Cuatro profesores con sus alumnos haciendo lo que pueden». Pérez-Reverte reconoce que «quizá lo de Cervantes ayude. A lo mejor alguien con poder y medios convierta esa zona en un foco cultural, igual que ocurre con Shakespeare». Y cuando se le pide un buen epitafio para el autor de «El Quijote», admite que todos los que se le ocurren «son muy tristes. Cervantes era lúcido, soldado del rey, y fue ninguneado en vida y en muerte. Sus restos están por ahí 400 años después, igual que los de Murillo, Quevedo o Velázquez. Aquí la memoria la borramos. A mí lo de Cervantes no me importa. El homenaje a él lo lleva cada cual en su corazón y en “El Quijote”. Cada “Quijote” es un monumento a él. Es una lápida recordatoria de su vida y su obra».

invitado sorpresa

Su nombre ya aparecía en la última novela de Javier Marías, «Así empieza lo malo». Y, ahora, Arturo Pérez-Reverte también lo ha hecho y ha incluido en esta obra, en un divertido guiño, a Francisco Rico, el mayor especialista en Cervantes, uno de nuestros grandes filólogos y uno de los miembros de la Real Academia Española. Él es uno de los académicos que aparecen en esas páginas, ayudando y orientando a Pérez-Reverte en la documentación de «Hombres buenos». «Paco Rico se parte de risa con eso», reconoce el autor de Alatriste. Luego añade: «El canon lo fijó Javier Marías. Yo sigo lo que él ha marcado». Y lo ha hecho a través de una entrevista que supuestamente mantiene durante un paseo a través de las calles de París.

Ficha

«Hombres buenos»

Arturo Pérez-Reverte

Alfaguara

592 páginas, 21,90 euros

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