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Atravesar Berlín bajo tierra

Esta investigación sobre cómo se realizaron túneles para pasar al otro lado del Muro de Berlín tendrá continuación en una adaptación al cine, que llevará a cabo Paul Greengrass.

  • AL FIN, LIBRE. Eveline Schmidt fue una de las mujeres que escapó y logró alcanzar el lado de los aliados. Lo hizo con su bolso
    AL FIN, LIBRE. Eveline Schmidt fue una de las mujeres que escapó y logró alcanzar el lado de los aliados. Lo hizo con su bolso
  • A GATAS. Un hombre atraviesa con dificultad uno de los túneles de la capital alemana para escapar del sector ruso
    A GATAS. Un hombre atraviesa con dificultad uno de los túneles de la capital alemana para escapar del sector ruso
Toni Montesinos. 

Tiempo de lectura 8 min.

21 de mayo de 2017. 15:39h

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Una frase profunda y de grandes connotaciones abre este estudio del investigador estadounidense Greg Mitchell, «Los túneles. La historia jamás contada de la huida bajo el Muro de Berlín» (editorial Ariel, traducción de Ana Herrera Ferrer). Pertenece a «Fausto»: «Sólo se gana su libertad quien la conquista de nuevo cada día». El verso de Goethe podría adaptarse a todo tipo de situaciones, pero cuando hay un muro de por medio, todo se hace mucho más difícil. En agosto de 1961 se empezaría esa enorme construcción de hormigón armado que separaría a la Alemania oriental de la occidental y cuya destrucción, en noviembre de 1989, vendría a simbolizar la caída del llamado Telón de Acero, término acuñado por Winston Churchill en alusión a la frontera geográfica e ideológica que nacía, después de la Segunda Guerra Mundial, entre los países que habían quedado bajo la influencia militar, política y económica de la Unión Soviética y los países occidentales de base democrática y capitalista.

Los antecedentes de cómo Berlín quedó dividido durante veintiocho años, que explica Mit-chell al comienzo, son los siguientes: con Berlín dividido en cuatro sectores de ocupación – soviético, estadounidense, francés e inglés– el país iría fragmentándose a medida que las relaciones entre los comunistas y los aliados se iban complicando, estableciéndose dos maneras de entender el país. De este modo, en 1949, los sectores occidentales (estadounidense, francés y británico) pasarían a llamarse República Federal Alemana, mientras que el sector oriental, el soviético, se transformaría en la República Democrática Alemana. Con ello, la capital quedaba definitivamente escindida con un devenir social y económico muy distinto: las estrecheces del ámbito soviético contrastaban con la buena salud financiera del Berlín occidental, lo cual acabó reflejándose en un éxodo paulatino: se calcula que unos tres millones de personas, hasta que el año 1961 algo se interpuso en el camino.

El gobierno de la RDA veía que sus hombres más preparados huían hacia una sociedad de libre mercado, y entonces llegaría la determinación de cerrar buena parte de los puntos de paso que existían en la ciudad: sólo quedarían activos doce de los ochenta y uno que se extendían por Berlín. Era la noche del 12 de agosto, y otra idea empezó a ser tangible: el levantamiento de un muro, con el añadido de una alambrada, que en principio se quería provisional y que provocaría que innumerables gentes empezaran a ser evacuadas de sus viviendas. Pronto de un lado y de otro de la ciudad se presenció el trascendente trabajo: un muro de entre tres metros y medio y cuatro metros de altura, al que se acompañaba de un foso y un sistema continuo de vigilancia consistente en alarmas, coches militares y patrullas con perros y demás recursos para intimidar a los que querían volver a sus amigos y familiares del otro lado. Se dice que tres mil de las cinco mil que intentaron cruzarlo fueron detenidas, pero otras lo consiguieron.

Mitchell lo demuestra en este libro que presenta una peripecia tan atractiva que no tardará en convertirse en película de la mano del cineasta Paul Greengrass, responsable de la serie de acción de Jason Bourne. El periodista, asimismo productor de un documental sobre la influencia política y cultural de la Novena Sinfonía de Beethoven, se ha basado para «Los túneles» en testimonios reales y extensas entrevistas «con casi todos los constructores de túneles más importantes, y varios de los correos y fugitivos»; además, determinados documentos recientemente desclasificados del Departamento de Estado de Estados Unidos y de los archivos de la CIA, más la consulta de cientos de documentos nunca antes vistos de los archivos de la Stasi –el Ministerio para la Seguridad del Estado, órgano de inteligencia de la RDA creado en 1950 y disuelto el año de la caída del Muro–, han llevado al autor a presentar casos en verdad increíbles, con personajes que ciertamente son carne de celuloide.

Controles y alambres

Así, tenemos al que había sido exitoso ciclista, Harry Seidel, que odiaba el régimen comunista y pensaba que «seguía habiendo muchísimas personas más que rescatar: casi todo el mundo en el este», aparte de su bebé y su esposa, a los que salvó la misma noche en que se empezó a fraguar todo; en ese momento se puso en marcha mediante un plan con el que empezar a analizar lo que estaban haciendo las autoridades, pues desde el comienzo no creyó que aquel muro fuera provisional, y desde la parte occidental se preocuparía de volver a burlar los controles y alambres para intentar salvar a su madre. En paralelo a historias emocionantes como la de este valiente ciclista, Mitchell va mostrando cómo un grupo de jóvenes alemanes occidentales tuvo la iniciativa de crear unos túneles bajo el Muro; del plan se enterarían dos cadenas de televisión estadounidense, que pusieron todo de su parte para grabar los túneles y emitir unos programas especiales que asegurarían una gran audiencia. Sin embargo, el presidente John F. Kennedy quería evitar cualquier atisbo de conflicto con los soviéticos, llegando a decir: «Es mejor un muro que una guerra».

Un túnel nazi como idea

Este tipo de estrategias políticas se irán mezclando con otro asunto peliagudo: la censura que el gobierno estadounidense promovió de cara a la emisión de esos documentales, en lo que era una injerencia clara en la libertad de la prensa libre. Pero sobre todo en el libro surgen héroes como Seidel, que «estaba dispuesto a arriesgar la vida rescatando no sólo a familiares, sino también a desconocidos». Las maneras eran diversas: mediante el alcantarillado, pasaportes o documentos de identidad falsos, o partes de la alambrada que era posible atravesar por encima o por debajo: «Un día vio a un joven que gritaba y agitaba las manos al otro lado de la frontera a su novia, que estaba en el este. El hombre lloraba. Se iban a casar aquel mes, pero ahora ella estaba atrapada. Harry prometió sacarla, y lo hizo. Luego ofició de padrino en la boda». Este tipo de éxitos no iban a durar mucho, no obstante, dado que la vigilancia estricta policial iría averiguando los métodos de los escapistas. Había que mirar hacia abajo.

Los rumores decían que los nazis habían hecho un túnel en 1933. El ciclista fue en su busca y encontró un muro junto a la puerta de Brandeburgo desde donde se podía pasar al este. En ese momento, fue descubierto por la policía, pero logró saltar de la comisaría, desde una ventana que estaba a seis metros del suelo. Otros no tuvieron tanta suerte, como un amigo que, ayudando a otro compañero universitario a socorrer a su madre, fue disparado mortalmente. El peligro acechaba por doquier, porque se realizó un despliegue de miles de agentes que trabajaban para la Stasi como informantes; incluso las funciones de éstos rebasaban su territorio natural, ya que también «eran conocidos por secuestrar a expatriados en Berlín Occidental y llevárselos de vuelta al este». Con todo, Seidel no se amilanó, y se entregó al proyecto del túnel; como el resto de sus conciudadanos, además, se enteraría de que había otros en marcha, el de unos hermanos que hasta salieron en los periódicos; dada la subsiguiente polémica por airear tal recurso, se establecería un acuerdo para mantener ese tipo de cosas en secreto. Lo llamativo del túnel de Seidel, al que se sumaron más hombres que trabajaban noche y día, es que se haría en la dirección menos frecuente: del lugar libre al oprimido. Era el comienzo de una aventura extraordinaria sobre los refugiados que cavaban y cavaban, desfalleciendo por la falta de oxígeno, en jornadas que podían durar doce horas seguidas, mientras «guardias fronterizos armados con fusiles Kalashnikov patrullaban por encima de sus cabezas», cuenta Mitchell. Con lo que no contaba Seidel es que uno de los supuestos interesados en usar su túnel sería un informador de la Stasi.

El vuelo de la muerte

Las imágenes de reencuentro de aquellos que habían perdido a sus seres queridos al otro lado del Muro de Berlín quedarán para siempre como una muestra icónica de la historia reciente. Veintiocho años antes empezaba una tragedia que no tardó en empujar a la huida, como las personas que saltaban por las ventanas de los edificios adyacentes al muro que servían asimismo como frontera entre los dos lados de Berlín. «En algunos casos, los bomberos recogían a los que saltaban a Berlín Occidental con sus redes», cuenta Mitchell, que refiere el caso del primer berlinés oriental muerto en esa situación: una mujer de cincuenta y ocho años «que literalmente se echó a volar tras arrojar un colchón y otras pertenencias por la ventana de su apartamento», en un tercer piso: «no consiguió acertar y aterrizar en el colchón y murió de camino al hospital». La respuesta de la RDA fue tapiar las ventanas que daban a Occidente.

«Los túneles. La historia...»

Greg Mitchell

ARIEL

412 páginas,

22,90 euros

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