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Bob Dylan, discopredicador

La nueva entrega de las «Bootleg Series», el pozo sin fondo de su archivo y rarezas, se consagra al periodo 1979-81, cuando Dylan abrazó el cristianismo y realizó algunas canciones de gospel.

  • Bob Dylan, en una actuación de su época «evangélica»
    Bob Dylan, en una actuación de su época «evangélica»
Ulises Fuente. 

Tiempo de lectura 8 min.

29 de octubre de 2017. 22:45h

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Ulises Fuente.  29/10/2017

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Nadie puede atrapar a Bob Dylan, el gran escapista de la cultura popular. Cuando querían que fuera el espíritu del folk, se electrificó. Cuando pretendieron que se erigiera en la voz de una generación, renegó de ella. Hasta cuando le dieron el Nobel apenas pudieron notificárselo. Otra cosa fue a la hora de cobrar el cheque, claro. Dylan ha protagonizado largos exilios interiores, ya sea en sótanos de su propiedad en el campo o en refugios espirituales que nadie podía prever. Como el que encontró entre los años 1979 y 1981, cuando se convirtió al cristianismo y editó tres álbumes de fuerte contenido religioso. Si después de tantos requiebros le quedaban menos seguidores, muchos de ellos se llevaron las manos a la cabeza y quedaron ojipláticos cuando el de Minnesota predicaba en el escenario en el nombre del Señor. Ni que decir tiene que los hippies vieja escuela no comprendieron nada y algunos se bajaron de su tren en marcha. Dicen de Dylan que es el artista que más se ha reinventado de la historia, pero quizá es más correcto decir que es el que más se ha autosaboteado. Pero es lo que corresponde a su proverbial mal genio: desazonar a los que le siguen. Ahora, directamente extraído de la sima de las grabaciones no autorizadas y otras rarezas, llegan las «Bootleg Series» Volumen 13, consagradas a este periodo antipático de su creación en el que, en contra de lo que se ha dicho, más por la mala recepción que tuvieron las canciones de una trilogía de discos en su momento, hay excelentes grabaciones y quizá algunos de sus mejores momentos en directo, movido por una extraña fe.

Una revelación

El título del lanzamiento del próximo 3 de noviembre, compuesto nada menos que de 8 CD y un DVD, es «Trouble No More», «No más problemas», y justo lo contrario al espíritu con el que Dylan afrontó esta fase de su vida. En esos años, el de Minnesota ofreció algunos de los conciertos más polémicos de su vida. A ratos convincente y a ratos sencillamente pelmazo, el autor de «Blood On Tracks» no dudaba en lanzar sermones cargados de azufre allá donde actuase. A Dylan se le había reclamado que fuera el líder o el pastor de una generación contracultural y siempre se negó públicamente a asumir la portavocía. Cuando lo hizo, no fue como sus seguidores esperaban: él les habló de la salvación cristiana, convicción que había abrazado en 1979 (Robert Zimmerman era, claro, de familia judía) después de una revelación que no ha sido suficientemente explicada y que queda para su particular nave de los misterios. Para colmo, dejó de interpretar los temas de su época «pre conversa», lo que no sentó nada bien a casi nadie. Hoy, ya estamos acostumbrados a su acritud.

De este período son tres discos, «Slow Train Coming» (1979), «Saved» (1980) y «Shot Of Love» (1881), que ni siquiera incluyeron las mejores canciones que había escrito en esa época, sino las que mejor se ajustaban a sus propósitos evangelizadores. Así, en «Trouble No More», la caja que aparece ahora, hay hasta 100 pistas inéditas, entre tomas alternativas, en directo o ensayos, además de dos directos (Toronto, 1980 y Londres, 1981) que circulaba casi como joya clandestina entre los fans del rock cristiano de EE UU y que en la nueva edición tiene una excelente calidad de audio e imagen. Mencionar el rock cristiano puede generar bostezos y resultar una etiqueta injusta para la obra de Dylan de estos años, fuertemente influido por el gospel como territorio lírico y apoyada en una convicción y una fuerza envidiables. Tanta, que es normal que algunos de sus seguidores se quedasen a cuadros, pero en el fondo la escritura es apasionada e inspirada aunque a veces el bardo parezca un fan de Jesucristo, como cuando canta «Jesus Is The One». En el nuevo material puede escuchársele interpretando clásicos del estilo como «Jesus Met The Woman at The Well», un viejo tema del que apenas se conocía la versión dylaniana.

Lo que más atraía a Dylan (pues la fe, aparentemente, le duró poco con tanta convicción) es la fuerza poética y literario de la ceremonias religiosas, la idea de Dios como absoluto, la de algunos hombres como pastores y la palpitante presencia del mal. El músico no había prestado demasiada atención a la Biblia en su educación y siempre describió su conversión con una inverosímil epifanía durante una gira por el Medio Oeste. Visto en perspectiva, está claro que al escritor de canciones le debía resultar más interesante y seductora la posibilidad de una aparición en un motel de Arizona (como contó él mismo) que la verdadera explicación de cómo se aferró a unas creencias en una época de fracaso sentimental (acababa de divorciarse) y profesional (entre otros patinazos, por el irregular disco «Street Legal» y la fallida película «Renaldo y Clara») que se sumaban a una crisis existencial por su rechazo a la popularidad.

Sermonear al público

Uno de los contenidos nuevos más impactantes es el DVD con actuaciones en directo, en el que tras cada tema, el equipo de Dylan contratró al actor Michael Shannon para que pronunciara (o más bien declamase) unos sermones escritos por Luc Sante. Discursos de temática variada (que van desde «hazle la cena a tus hijos con productos del Señor» hasta «busca en tu corazón para expulsar al Diablo») y que recuerdan a los que el propio músico regalaba a los asistentes a sus conciertos en esta época de fe desaforada y en los que adevertía de la llegada del anticristo para estupor generalizado. Puede que entonces provocase alguna espantada entre su público no avisado y, sin embargo, haber podido acceder hoy a esas peroratas habría sido un documento impagable, aunque el equipo del artista ha preferido dejarlas fuera. Lo que no se ha censurado son la opiniones de sus parroquianos a la salida de los recitales de esos años. «Estoy muy decepcionado ¡Yo pagué para ver rock & roll! Si quería escuchar un sermón, habría ido a la iglesia», protestaba uno. «¡Ni siquiera ha tocado sus propias canciones!», se encogía de hombros una fan. Por estas cosas, algunos de sus peores críticos denominaron esta fase como «el periodo de Jesús» o «periodo místico», pero, en realidad, ¿quién no ha dado bandazos en su vida? ¿Quién no ha jurado nunca enderezarse? ¿Acaso no hemos tropezado todos veinte veces en la misma piedra y hemos mirado al cielo buscando ayuda o al culpable?

En lo musical, Dylan rindió homenaje a los sonidos del gospel. Órganos Hammond sonando como catedrales, coros como el pueblo repitiendo la palabra revelada y todo ese lenguaje del bien contra el mal, los gusanos en tu corazón, las tentaciones y la hipocresía, los justos, los locos, la verdad y las almas perdidas. Y el líder de multitudes se vio a sí mismo como un predicador que habla a solas o que recita, algo que encaja bastante en su misantropía. En tres discos, exploró al completo ese lenguaje y esas coordenadas como si fueran una tierra ignota. Extrajo de ellas toda la sabiduría y la épica, y, con el mismo misterio que vino la fe, desapareció sin dejar mucho rastro. Sin embargo, escuchar esas grabaciones después del tiempo que ha transcurrido, especialmente las interpretaciones en directo, demuestra que el viejo Bob podía ser un iluminado, pero no estaba tan loco como parecía.

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