miércoles, 23 agosto 2017
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Cultura

«Bomarzo»: La maldita Ópera de Ginastera

  • El día 24 llega al Teatro Real la obra del autor argentino, cuyo primer estreno fue prohibido en su país en 1967 por obscena e incitar al sexo. A Europa regresa tras más de cuarenta años sin representarse. Al estreno acudirá su hija Georgina.

John Daszak, que da vida a Pier Francesco Orsini, Duque de Bomarzo, durante los ensayos
John Daszak, que da vida a Pier Francesco Orsini, Duque de Bomarzo, durante los ensayos

El jardín de Bomarzo está en Italia, en la provincia de Viterbo, a unos 70 kilómetros de Roma. Allí, varados por el tiempo se levantan sus monstruos en piedra cubierta de musgo, seres inmortales que nacieron de la cabeza de un noble italiano, Pier Franceso Orsini, en el siglo XVI, que existió, y a los que inmortalizó en una novela del mismo nombre Manuel Mujica Lainez. Su memoria quedaría pétreamente perpetuada. El sueño, más pesadilla, y la realidad se alternan en «Bomarzo», ópera que llega ahora al Teatro Real, con libreto del propio escritor y música del argentino, y que vuelve a la escena europea después de más de cuarenta años. Cinco serán las representaciones que se puedan ver en Madrid (los días 24 y 28 de abril y 2, 5 y 7 de mayo), dirigidas en lo musical por David Afkham (segunda ópera para el joven responsable de la OCNE) y en lo escénico por Pierre Audi. Y es ese jardín aterrador, tan claustrofóbico, el que ha trasladado al coliseo, aunque advierte del peligro de la literalidad a la hora de llevarlo piedra a piedra sobre la escena: «Una vez construyes un jardín realista con esculturas estás atrapado. Para mí es esencial escapar de esa visión y buscar en su lugar algo que sugiera un jardín sin que lo sea realmente». Quince serán las escenas que den cuerpo a la ópera y que trasladan al espectador a un lugar de ensueño en el que rememora su vida el matrecho y deforme protagonista al pie de la Boca del Infierno, a punto de exhalar su último aliento. Ese duque de Bomarzo, Vicino, que creyó que bebía la inmortalidad y se estaba tragando un amargo veneno.

Sexo sin seso

Georgina Ginastera, hija del compositor, vivía en París cuando se estrenó la Ópera en Washington y pudo ver la función dos años después. Recuerda la enorme repercusión que tuvo. Esa fue la cara. La cruz llegó de la patria del autor, con el mazazo de la prohibición de su estreno. La decisión la tomó el presidente de la Junta Militar de entonces, el general Juan Carlos Onganía, alertado por los temores de su esposa de que la pieza atentaba contra la moral, las buenas costumbres y alentaba el sexo. Tras el éxito enb EE. UU. la ópera había de representarse sobre las tablas del Teatro Colón de Buenos Aires, la patria de Ginastera. No fue así y la pieza fue condenada al ostracismo temporalmente. Ginastera, incrédulo, sorprendido y extremadamente dolido ante tal decisión prohibió que ninguna de sus obras se viera en el coliseo si no lo hacía antes su ópera. Su hija lo recuerda así: «Recibí las noticias por parte de mi familia y amigos. Para mí, ‘‘Bomarzo’’ marcó un antes y un después en la vida de mi padre. En primer lugar por la repercusión enorme en Norteamérica, lo que hizo de él el compositor latinoamericano más importante del siglo XX, el ‘‘summun’’ del éxito. Al mismo tiempo, sufrir la censura fue un golpe enorme para él, incluso padeció momentos de depresión. No dio permiso, hasta que esta ópera se estrenara en Buenos Aires, para que sus obras se llevaran al Colón, pues consideraba injusto lo que se estaba haciendo con él. Se lo jugó muy fuerte a una carta, habló de temas que no se trataban en la ópera como la homosexualidad. Lo que pasó le sorprendió. Era el decano de la Facultad de Música de la Universidad Católica de Argentina y hubo un montón de compañeros que le volvieron la cara. Él era católico, ¿cómo iba a ir contra sus ideas?», explica. Dice que se convirtió en el icono de la censura en su país. Dos años después de este suceso, en 1969, sus padres, a los que el problema había distanciado, se separaron. «‘‘Bomarzo’’ significó un momento bisagra en su vida. En los 70 se marchó a Europa, se volvió a casar y vivió en Ginebra hasta su muerte», comenta.

Hay otra mujer importante en este «Bomarzo affair» (título, asimismo, con el artículo «the» delante, de un celebrado libro de referencia sobre lo que supuso esa prohibición, escrito por Esteban Buch). Cuando le pedimos a Isabel Penagos, a sus 86 años, que eche al vista atrás, apenas le cuesta desplazarse con la memoria a aquel 19 de mayo de 1967 en que se estrenó en la Ópera de Washington la obra de Ginastera: «Lo recuerdo como algo impresionante, fue un bombazo con más de 40 corresponsales que llegaron de todo el mundo. Hubo muchísima publicidad y se convirtió en un acontecimiento mundial que, la verdad, nos vino muy bien a todos». Al escucharla el director de la casa se quedó prendado de su voz y pidió que fuera ella quien interpretara a Julia Farnese (a quien ahora pondrá voz en Madrid Nicola Beller Carbone). Y así fue. «Yo estaba bastante ligada a Argentina por motivos de trabajo y tras una tourné con la orquesta de RTVE por Estados Unidos fue cuando todo surgió», rememora al tiempo que ríe al asegurar que le advirtieron de que «el tema era un tanto escabroso, fíjate. Y es que yo creo que pensaban que en aquella época las mujeres en España estábamos con una bola atada al pie. ¿A quién creían que se dirigían, a Santa Teresa de Jesús? No era para tanto, que va», comenta con humor. El estreno fue un exitazo, algo histórico. Recuerda aún aquellos momentos con todo el elenco saludando, con Mujica Lainez y Alberto Ginastera uniendo sus manos con las de los cantantes en la boca de escenario. Y saludando una y otra vez. «Hay aún tanto que contar», deja en el aire, como dando a entender que vale más por lo que calla.

Amantes secretarios

Al compositor y al escritor los trató ampliamente. «Fuimos muy amigos. Con Mujica Lainez crucé una colección de cartas preciosas. Era un hombre muy del barroco. Recuerdo que cada vez que me quería dar a conocer a un amante nuevo me decía: ‘‘Te voy a presentar a mi secretario y te va a encantar’’. Nos conocimos en un momento muy bonito de mi carrera. Ginastera era como un papa, siempre rodeado de alumnos que querían aprender de él». Lamenta que parte de la información que atesoraba sobre la ópera «se la hayan llevado quienes me la han pedido y no me la hayan devuelto, pero algún tesorillo aún guardo por ahí», dice. Sus hijos no han querido seguir los pasos maternos.

No añora Penagos los años de focos y aplausos: «No lo echo de menos, nada nadísima. Doy las clases que me apetece y soy dueña y señora de mi vida. Y no puedo perdir más». A ella como maestra encomendaron sus dos grandísimas amigas, Teresa Berganza y Montserrat Caballé, las voces de sus hijas: «Menudo terceto formábamos. Estudiamos juntas y continuamos la amistad con los años. Qué relación más bonita hemos tenido y tenemos. Yo siempre he sido práctica. Creo que he sido buena persona por ser práctica», y suelta una sonora carcajada.

«Aquello fue una cazurrada, una metedura de pata de una mujer que era una mentecata», asegura la soprano. «Una referencia obsesiva al sexo, la violencia y la alucinación», señalaba la prohibición que esgrimía la Junta Militar que acababa de tomar el poder. Onganía claudicó y la obra tuvo que esperar unos años para poder levantar el telón. Y todo por unas críticas mal leídas y peor interpretadas en las que se llegaba a resumir la ópera de Ginastera con cuatro sucintas palabras: «Porno in bel canto», una deformación que hizo que saliera por la puerta de atrás del Colón bonaerense. Como escribe Joan Matabosch, director artístico del Teatro Real, «la obra es lo más alejado que se pueda imaginar de esa celebración del placer que temían los censores. Por el contrario, es una reflexión sobre al culpa que inspira el placer y sobre su represión. De hecho resultó que aquella pandilla de ignorantes ni siquiera se dio cuenta de que su trabajo ya estaba completado por los propios artistas que perseguían». En 1972, con otro aire y otro clima (y con Onganía y su dura represión ya fuera), otro gobierno militar decidió dar el sitio que merecía a la obra de Ginastera y Mujica Lainez, una de las más importantes creaciones en la historia de la ópera latinoamericana».

Georgina Ginastera tuvo la oportunidad de poder ver la ópera en Europa, en Alemania, en Kiel y Zurich, «en un montaje minimalista que me encantó. Fueron unos días estupendo, pues juntos estuvimos en los ensayos. Cuando caía la noche me iba con mi padre, que dormía muy poco, a la azotea del hotel donde nos alojábamos para bebernos un ‘‘irish coffee’’ y hablar intensamente de ‘‘Bomarzo’’. Qué recuerdos», desvela. ¿Mantuvo una relación estrecha con su padre? «Ya lo creo. Hay un libro de cartas que reúne las que nos enviamos de 1972 a 1982, un año antes de fallecer él, mezcladas con otras vivencias, que es un libro precioso, de verdad». Recuerda una representación de 2003 en Argentina, con Alfredo Arias como regista, que «me encantó porque nunca dejaba al duque solo. Había un momento en que se reflejaba en unos espejos y su imagen se multiplicaba. El efecto me pareció lindo». ¿Fue la mejor ópera de su padre? «Para mí sí, y creo que a él se lo parecía también. Tiene un ritmo ágil al estilo ‘‘Wozzeck’’. La idea de arrancar como lo hace es estupenda», señala. Y deja para el final un deseo: «Que la ópera triunfe y se vea no solo en España sino en toda Europa. Siento una gran curiosidad por ver cómo es la puesta en escena. Ya me gustó la idea del clima claustrofóbico y estoy deseando poder asistir al ensayo pregeneral y al general».

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