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Borja Cobeaga: «Entiendo que una víctima rechace la película, pero que nos respeten»

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Gonzalo Núñez.  San Sebastián.

Tiempo de lectura 8 min.

30 de septiembre de 2017. 10:45h

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Se acabaron las especulaciones. «Fe de etarras» ya está aquí, en el Festival de San Sebastián al menos. Los consumidores de Netflix tendrán que esperar al 12 de octubre, Día de la Hispanidad, para verla: hasta en eso no da puntada sin hilo la plataforma. Hay risas, sí, en esta comedia muy medida por Borja Cobeaga y Diego San José, pero también hay una escenificación de la muerte de ETA y un amordazamiento de la retórica abertzale y de los tópicos mediante la confrontación paródica de los opuestos. «Fe de etarras» no nombra ni una sola vez a las víctimas ni hace escarnio de la sangre derramada. Vuela por encima de lo concreto para no hundir sus manos ahí donde aún duele. Pero eso, que puede ser su fuerte de cara al público generalista, no lo podrán comprar los más afectados por 50 años de terrorismo. Para ellos, la dulcificación de un comando de «pardillos» que espera en un lugar de La Mancha, en medio del Mundial de 2010, una llamada «de arriba», no les satisfará. La comedia necesita un mínimo de empatía y es lo que Cobeaga y San José buscan con este grupo que va abriendo los ojos al sinsentido de la confrontación: un riojano de vuelta del exilio en Venezuela, una pareja de vascos-vascos que sueña con huir a Uruguay, y un albaceteño que aspira a ser el más gudari de los gudaris. Tan bisoños que un plato de croquetas los desarmará.

–En general, «Fe de etarras» es una comedia «blanca» para tratar el tema que trata. ¿Han pulido mucho sus límites? ¿Qué frontera se habían puesto?

–Borja Cobeaga: No había una intención transgresora del tipo «la que vamos a armar por hacer una película de etarras». Todo venía de que habíamos tratado mucho en «Vaya semanita» el conflicto vasco y la izquierda abertzale y pensamos que podíamos profundizar. Hemos hecho lo que hemos querido, nunca ha habido un momento en que fuera más radical o más blanca esta historia. Lo que siempre quisimos fue tratar el costumbrismo: de este comando nos obsesionaba quién cocinaba, cómo se repartían las tareas, qué veían en la tele... Lo único que convierte en transgresora esta película es que es un comando de ETA.

–Diego San José: Nunca nos sentamos a decir «vamos a hacer una comedia de ETA en la que toquemos los límites del humor, a ver hasta dónde podemos presionarlos». Simplemente teníamos un comando y un contexto temporal (el año 2010) pero luego nos seducía más la historia de esas cuatro personas que la política. Nunca tuvimos la aspiración de hacer «la comedia del conflicto vasco».

–Sin embargo, de tan «blanco» que puede resultar a veces ese comando de fracasados despojado de su componente terrible, habrá quien opine que se ha descafeinado la esencia de ETA, que se dulcifica, se «blanquea»...

–B. C.: Pero en la película también se muestra esa dialéctica de ETA. Los etarras que salen al principio, en el año 98, cuando aún había demasiados atentados, no son los mismo que los de 2010, en que los etarras salen con camisetas de la Selección Española en Facebook. Ya es una ETA muy debilitada que ha perdido su razón de ser y ni siquiera dentro de ella está legitimada. Nosotros quisimos retratar esa ETA inoperante que ha perdido el rumbo, que no sabe para dónde tirar. No creo que éste sea un comando representativo de ETA, pero el que sale al principio de la película, el de los veteranos, sí que acojona, impone. Estos otros son representativos de una ETA que nunca ha tenido sentido pero ahora menos que nunca.

–D. S. J.: Leímos mucho sobre cómo eran los comandos en lo cotidiano (quién fregaba, quién llenaba el frigorífico) y en eso no se diferencian tanto de otras personas. Ese era el tipo de cosas que nos seducían. Pero no por un asunto comercial, sino por hacer una historia que no estuviera muy cargada de tintas, cotidiana, como si pudiéramos mirar por un agujero y ver cosas al azar y no los cinco minutos de antes de un atentado.

–B. C.: En nuestra filmografía hemos tratado mucho el patetismo y los personajes patéticos. En «Pagafantas» era evidente. En este caso el hecho de que sean así y de que no consigan realizar un atentado es coherente con el tipo de humor que nos interesa. Hay una decisión consciente en el tipo de humor y en ubicarlo en los estertores de ETA.

–La película se centra casi exclusivamente en este comando y en su pequeño microcosmos. Ustedes quitan todo el contexto de 50 años de violencia y los ingredientes múltiples del conflicto: no hay ni Policía, ni víctimas, ni políticos, ni presión social... Solo este comando y la idea de cómo ETA se aniquila por sus contradicciones internas. Habrá quien opine que es una visión muy reduccionista.

–D. S. J.: No hemos querido construir el relato definitivo del conflicto vasco. De hecho, lo que nos apetecía era trabajar desde lo pequeñito, con pocos elementos: un piso franco y cuatro personajes, sin ánimo enciclopédico. Si nos hubiéramos abierto a tanto no hubiera salido bien.

–Y hubieran estado más expuestos a herir sensibilidades, ¿no?

–B. C.: Claro. Yo no quería meter en una comedia a las víctimas. Está claro que están en la ecuación, pero de una manera implícita, mostrando que sus verdugos tenían ideales ridículos. Pero el hecho de que una víctima apareciera en un gag no me parecía nada interesante.

–D. S. J.: Es que ese tipo de bromas jamás las hicimos tampoco en «Vaya semanita». Nunca pusimos en el foco en las víctimas, porque creo que el humor consiste en colocarlo en la parte agresora, en el verdugo. De lo contrario sería simple burla y no humor, que es una cosa que va dirigida contra el que tiene la fuerza.

–Siendo así, ¿entenderían que no obstante hubiese víctimas o espectadores con un tipo de sensibilidad diferente que se muestren críticos con la película?

–B. C.: Entiendo que una víctima que ha perdido un familiar o él mismo lo ha padecido opine: «No me apetece o no me gusta que hagan una comedia sobre este tema porque para mí no tiene gracia». Yo respeto eso. Lo que me gustaría es que todo el mundo respetase nuestra decisión de hacer una película sobre esto. Entiendo el rechazo, pero una cosa es rechazarlo y otra intentar boicotearlo.

–«Fe de etarras» gira en sus mejores gags sobre el cuestionamiento de lo que es ser vasco. Ahí creo que se acerca a sus trayectorias en «Vaya semanita» y es dónde da mejor resultado el proceso de «desnudamiento» de la lógica segregacionista con el «diferente».

–B. C.: Creo que es una película sobre los nacionalismos. El contraste de estos etarras hablando de manera romántica sobre su causa y el «extirpamiento» de ese romanticismo que hacemos. Pero también el hecho de ubicarlos en un contexto de exacerbación de lo español como es la celebración del Mundial de Suráfrica. Ahí está el contraste entre lo que ellos llevan por dentro y lo que hay alrededor. Eso sirve para parodiar mucho los símbolos.

–D. S. J.: «Fe de etarras» habla de cuando tú amas demasiado un símbolo o rechazas demasiado el del otro, cómo te puedes llegar a volver loco por la bandera que amas y también te puede suceder lo mismo por la que odias.

–B. C.: Esa exageración, por ejemplo, de que ellos, los del comando, no quieran tocar la bandera española como si fuese la misma lepra...

–Ustedes defienden la receta sanadora del humor. ¿Necesita Cataluña, la Cataluña de hoy, un poco de humor?

–B. C.: ¡Ya lo tiene! La realidad catalana es de comedia. Lo difícil con todo lo que nos pasa es hacer un drama. No hay que trivializar, pero España se presta mucho a la comedia.

Un comando en La Mancha

En tierras de «El Quijote», o en el corazón de la «españolidad» si se quiere, se desarrolla la cinta que, no obstante, tiene una introducción en Francia: es 1998 y un etarra riojano (Javier Cámara) recibe instrucciones precisas de un jerifalte de la banda, Artetxe (Ramón Barea), que le ofrece una pistola; de repente, la Policía irrumpe y el alumno escapa por la ventana, ganándose para siempre fama de cobarde. El resto se desarrolla en 2010, con el regreso del personaje interpretado por Cámara del «exilio» en Venezuela. Ahora encabeza un comando cuya misión es esperar órdenes de Artetxe en una localidad manchega mientras se celebra el Mundial de Suráfrica. Le acompañan una pareja de jóvenes militantes (Miren Ibargueren y Gorka Otxoa) y un albaceteño radical que sueña con ser el «Stallone» de los «gudaris» (Julián López). La espera comienza a minar la confianza del grupo y se ven obligados a interactuar con el vecindario: desde degustar un plato de croquetas ofrecido por la vecina a compartir sofá y bufanda de España con otro miembro del vecindario (en la imagen). La llamada de Artetxe los pillará en pleno proceso de adaptación. ¿Qué camino tomar entonces?

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