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¿Buscó Franco en España las raíces arias?

  • Con motivo de la visita de Heinrich Himmler, la ciudad madrileña se vistió con los colores y la simbología nazi. De la Estación del Norte (actual Príncipe Pío) a la que llegó el mandatario alemán y la Cibeles a la Plaza de toros de Las Ventas, como se ve en la imagen
    Con motivo de la visita de Heinrich Himmler, la ciudad madrileña se vistió con los colores y la simbología nazi. De la Estación del Norte (actual Príncipe Pío) a la que llegó el mandatario alemán y la Cibeles a la Plaza de toros de Las Ventas, como se ve en la imagen
José Luis Hernández Garvi. 

Tiempo de lectura 8 min.

25 de septiembre de 2017. 11:00h

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José Luis Hernández Garvi.  24/9/2017

La figura del general Franco ha sido estudiada y analizada desde un amplio abanico de diferentes perspectivas. Sin embargo, este acercamiento casi siempre se ha mantenido fiel a un eje central caracterizado por puntos de vista políticos y de trascendencia histórica. A pesar del transcurso de más de cuatro décadas desde la muerte del dictador, muchos aspectos de su vida más personal, junto a los verdaderos motivos que inspiraron muchas de las decisiones que tomó ejerciendo su poder omnímodo, continúan siendo un secreto, o si lo prefieren un misterio, que sus biógrafos no han conseguido desvelar, demasiadas incógnitas sobre las que existen sombras y dudas que aún perduran.

Rigor histórico

En contra de lo que suele ser una opinión generalmente admitida, Franco tenía una personalidad hermética y muy compleja, condicionada en gran parte por una serie de traumas, complejos y estímulos externos que marcaron su carácter durante su infancia y juventud, etapas cruciales de su vida que no fueron precisamente felices. Si dejamos a un lado la politización, en uno y otro sentido, que durante todo este tiempo ha marcado las pautas a seguir en el estudio del personaje y raspamos bajo esa superficie, nos encontramos con algunos rasgos que podríamos calificar, siendo prudentes, como poco menos que sorprendentes. Es entonces cuando descubrimos atónitos la existencia de una conexión entre el general Franco y una serie de temas de naturaleza esotérica, razón de peso que ha llevado a muchos historiadores, adscritos a la ortodoxia investigadora a renunciar a entrar en un terreno que puede hundirse bajo sus pies. Esta circunstancia explicaría el tupido manto de silencio que todavía flota sobre esta faceta poco conocida de Franco.

Alejados de posicionamientos descabellados que pueden poner en evidencia una falta de rigor, el estudio de la relación que Franco mantuvo con el mundo esotérico y sobrenatural debe enfocarse desde el análisis de las fuentes y testimonios históricos de los que disponemos, lo que dejará sin argumentos a todos aquellos que puedan acusarnos de recurrir a un sensacionalismo oportunista y sin fundamento. Bajo esta premisa, que debe regir toda obra que se proponga indagar en el pasado, me propuse escribir un libro dedicado a tratar algunos de los aspectos menos conocidos del dictador. Esa fue la génesis de «Ocultismo y misterios esotéricos del franquismo» (Ediciones Luciérnaga, 2017), libro en el que realizo un repaso por el reverso más hermético, y ya es decir, del general Franco.

Dentro de este contexto ignorado, uno de los aspectos que pueden resultar más conocidos para una minoría del gran público es quizá la manifiesta hostilidad que el dictador siempre mostró hacia la masonería, sociedad secreta a la que acusó reiteradamente de formar parte, junto al comunismo y al sionismo internacional, de un contubernio que supuestamente habría dedicado todos sus esfuerzos a buscar la ruina de España, idea de estado que durante la dictadura franquista se identificó íntimamente con el Caudillo.

Los motivos que explicarían el origen de este odio de raíz patológica hacia la masonería habría que buscarlos dentro del entorno familiar del dictador. En este sentido habría que descartar, por falta de consistencia, aquellas opiniones que afirman con rotundidad que Nicolás Franco y Salgado-Araújo, padre de «Paquito», nombre por el que era llamado en su infancia, fuera masón, creencia alentada por las simpatías que el progenitor del futuro dictador manifestó públicamente hacia la masonería. Más clara parece la vinculación que Ramón Franco, hermano pequeño del general, héroe de la gesta aeronáutica del Plus Ultra y oveja negra de la familia, mantuvo con la sociedad secreta.

La personalidad de don Nicolás, hombre de fuerte carácter, bebedor, jugador y mujeriego incorregible, que abandonó a su familia para convivir junto a otra mujer, y la de Ramón, masón y republicano convencido, que compartía ideas políticas con la izquierda más radical, pudieron fomentar en el general Franco su odio hacia la masonería, a la que habría culpado de ejercer una mala influencia sobre ellos y de ser la responsable de todos los males y escándalos que avergonzaban a su familia.

¿Supremacía celta?

A este respecto, también habría que tener en cuenta la frustración que generó en el joven Franco el rechazo reiterado a sus supuestas solicitudes de ingreso en la masonería, vínculo que compartían otros mandos y oficiales del Ejército español de la época. La negativa se habría debido a su conocida ideología reaccionaria, opiniones políticas intransigentes que iban en contra de los principios de la sociedad secreta. Como ambicioso oficial destinado en el Norte de África que deseaba ascender rápidamente y a toda costa, Franco consideró posiblemente a la masonería como una plataforma idónea desde la que podría impulsar su carrera militar, intención que se habría visto contrariada cuando no fue admitido. Para la peculiar, y en ciertos aspectos paranoica, forma de pensar de Franco, los responsables que estaban detrás de esa decisión eran envidiosos compañeros de armas deseosos de poner obstáculos en su camino.

Tirando del hilo del esoterismo en el franquismo, la relación que la dictadura mantuvo con la Alemania nazi constituye otro capítulo destacado. Estos contactos alcanzaron su punto álgido con la visita de Heinrich Himmler a España en el mes de octubre de 1940. Muchos de los dirigentes del régimen no podían ocultar su simpatía hacia el nazismo, entre ellos Julio Martínez Santa-Olalla, máximo responsable de la Comisaría General de Excavaciones. Arqueólogo formado en Alemania, falangista convencido y declarado germanófilo, fue elegido para ejercer de cicerone de Himmler en su visita a nuestro país.

El arqueólogo, que posó sonriente junto al siniestro jefe de la SS en varias de las fotografías que se tomaron en esos días, era el principal valedor de la absurda teoría que defendía la supremacía de los celtas, como pueblo de origen ario, sobre los íberos. El objetivo final de Santa-Olalla era la creación en la España franquista de una agencia dependiente del Gobierno, que a imagen y semejanza de la Ahnenerbe, la Sociedad para la Investigación y Enseñanza sobre la Herencia Ancestral Alemana creada por los nazis, velase por la ortodoxia ideológica en el estudio de la prehistoria y la arqueología. Sin embargo, la derrota alemana en la Segunda Guerra Mundial acabó frustrando sus planes y Martínez Santa-Olalla acabó condenado al ostracismo académico.

BÉLMEZ: EL FENÓMENO QUE ASUSTÓ AL RÉGIMEN

El fenómeno de la aparición, a finales del verano de 1971, de unas caras de perturbador aspecto en el suelo de la modesta vivienda que ocupaba la familia de María Gómez Cámara en la localidad jiennense de Bélmez de la Moraleda, es considerado por la mayoría de los periodistas dedicados a investigar el misterio y el mundo de la parapsicología como uno de los casos más desconcertantes a los que se han enfrentado. Dejando a un lado la polémica sobre su verdadera naturaleza, lo cierto es que por aquellas fechas el suceso causó un gran impacto en la opinión pública española, debido sobre todo a la amplia difusión que hicieron del mismo los medios de comunicación. El desaparecido diario «Pueblo» fue en gran parte responsable del impresionante eco mediático de las Caras de Bélmez al dedicarle toda una serie de inquietantes reportajes que dispararon la venta de ejemplares del periódico. En el plano social, las autoridades del franquismo recelaron del fenómeno desde un primer momento. Hay que tener en cuenta que por aquel entonces el régimen había iniciado el lento declive que culminaría con la muerte de Franco en 1975 y no convenía que aquel extraño asunto se convirtiera en un problema de orden público que pudiera desafiar a la autoridad gubernativa. Así, a las Caras de Bélmez se les dio carpetazo definitivo cuando desde las más altas instancias se ordenó a la prensa, con el diario «Pueblo» a la cabeza, que las desacreditase apuntando hacia la posibilidad de un fraude.

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