lunes, 26 junio 2017
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Cultura

Chuck Berry: No sin mi limusina

  • A Chuck Berry le gustaba viajar solo. Su guitarra y él mano a mano. No era hombre de extravagancias, pero sí tenía sus caprichos de estrella. Se lo podía permitir.

La famosa tienda de discos Vintage Vinyl en Illinois, frecuentada por los grandes de la música, rindió ayer homenaje a Chuck Berry
La famosa tienda de discos Vintage Vinyl en Illinois, frecuentada por los grandes de la música, rindió ayer homenaje a Chuck Berry

Se dirá que fue Bill Halley, se dirá que fue Elvis Presley, Carl Perkins o Little Richard. Pero nadie con más argumentos para reclamar el título de inventor del rock, tal y cómo lo conocimos posteriormente, que ese peluquero de Saint Louis llamado Charles Edward Anderson Berry. Más conocido entre sus allegados como Chuck Berry. La fecha que se reconoce oficialmente como nacimiento del rock’n’roll es la del 12 de abril de 1954, día en que Bill Halley grabó el tema «Rock Around the Clock» con sus Comets. Ese mismo año, meses después, un muchacho de Tupelo llamado Elvis entraba por primera vez en estudio para grabar un tema de música negra titulado «That’s All Right Mama». También entonces, el guitarrista Link Wray era el primero en distorsionar voluntariamente una guitarra eléctrica en el tema «Rumble» y Evan Hunter publicaba la novela «The Blackboard Jungle», posteriormente llevada al cine como «La jungla del asfalto».

La conjunción de todos esos parámetros hace que se considere a 1954 como un año decisivo para la creación del rock’n’roll. Pero lo cierto es que, aceptando esas señales, también hay que reconocer que la canción de Elvis era una simple versión ajena, que «Rumble» consistía en un instrumental sin palabras, y que la letra de «Rock Around the Clock» era poco más que una apelación genérica al baile sin demasiado contenido. Si hubiera seguido así, el rock’n’roll probablemente se habría quedado en una efímera moda pasajera más, tal como pasó por aquellos años con el madison, el twist o el hula-hop. Sin embargo, para nuestra suerte, poco después de un año de estos sucesos, el 6 de mayo de 1955, un peluquero de Saint Louis llamado Chuck Berry entró en las oficinas de Chess Records, en Chicago, buscando contrato con una carta de recomendación de Muddy Waters.

Bill Halley, Elvis, Carl Perkins estaban interesados en la música negra, pero provenían del country. En cambio, Chuck Berry provenía del blues y era tan negro como Fats Domino o Little Richard, o sea: the real thing. En una semana, grabó «Maybellene» y Chess Records vendió un millón de copias.

Es evidente que, desde su principio, el rock quiso expresar algo pero no sabía exactamente qué. Chuck Berry le dio palabras. Puede que ni él mismo lo supiera, pero ante todo fue un literato. En los siguientes diez años, Berry escribió un mínimo de una decena de canciones («Johnny B. Good», «Roll Over Bethoveen», «No Particular Place to Go», «Rock’n’roll Music», «School Days», «You Never Can Tell», «Sweet Little Sisxteen», «Carol», «Little Queenie», «Memphis, Tenesse») que contenían las historias y los rasgos fundamentales de la vida que observaba a su alrededor en la música joven. Rasgos y arquetipos de observación que resultarían básicos para la formación de la mitología esencial del rock que dominaría medio siglo en las siguiente décadas.

Si Chuck Berry no hubiera existido antes, es muy dudoso que Bob Dylan se hubiera atrevido a dar el paso del folk al rock. Berry había demostrado que en el rock también se podía hablar de la realidad circundante desde las letras de las canciones. Y esa era una de las condiciones que necesitaba Dylan para desenvolverse en cualquier género. Berry, en cierto modo, le había mostrado las posibilidades de ese camino. Tanto Beatles como Rolling Stones crecieron en los años siguientes en Inglaterra escuchando y versioneando las canciones de Berry. Ni Ray Davies, ni Lou Reed habrían escrito sus canciones como luego lo hicieron, de no haber existido previamente la retórica burlona y pícara de Chuck.

Un gran solitario

Como todo artista genial era en el fondo un gran solitario. Le gustaba viajar solo a los conciertos con su guitarra, sin banda, a su aire. Cuando pudo permitírselo y marcar sus condiciones obligó a organizar los conciertos de esa manera. Yo había creado una agencia de conciertos en Barcelona con otros socios y lo contratamos para tocar en Barcelona. No traía su propia banda, ni ningún tipo de gran montaje. Le gustaba volar solo en el avión con su guitarra sin que le molestaran. Estipulaba con detalle en el contrato que debíamos conseguirle una banda de músicos de la localidad (bajo, guitarra, batería) que, literalmente, «supieran tocar canciones de Chuck Berry». Pedía lujos a la altura de su leyenda, pero no extravagancias caprichosas. A los músicos les exigía que le siguieran como bien pudieran, consciente de que la mayoría de sus canciones eran casi todas de sencillos tres acordes. Les marcaba las pausas sobre el escenario con una patada en el suelo y apenas ensayaba con ellos. Debido a eso, la calidad de sus conciertos fue siempre mediana, cuando con un poco de ensayo, planificación y esfuerzo podrían haber sido otra cosa. Pero eso no figuraba en su agenda de propósitos y había que aceptarlo como era, con su guitarra al hombro, pateándose el mundo y dando conciertos que se podrían haber mejorado mucho.

En aquel contrato figuraba que debíamos recogerlo en el aeropuerto con una limusina. Por aquellos años ese tipo de armatostes no existía todavía en España y lo más parecido que pudimos encontrar fue un Mercedes gigantesco. No le gustó y se sentó sobre su maleta en el suelo del aeropuerto diciendo que no se movía de allí hasta que no le trajéramos lo que estaba firmado. Se trataba de un carácter cuando menos complicado y, si no, que se lo pregunten a Keith Richards de los Rolling Stones quién recibió unos cuantos golpes de kárate cuando se acercó inocentemente a saludar efusivamente a su admirado ídolo.

Ahora bien, amigo, ahí estaban las canciones. Vaya pedazo de canciones. Directas, expresivas, rítmicas, irresistibles. Describía como nadie en cuatro trazos y dos versos. Era el maestro del doble sentido, de la alusión salaz y pícara. Todo eso queda retratado de manera impagable en la película biográfica «Hail, Hail, Rock’n’roll», rodada por el director Taylor Hackford en 1987 y producida precisamente por Keith Richards, cuya admiración como compositor superaba con creces cualquier resentimiento por las bofetadas recibidas. Su capacidad literaria, sus dotes como gran contador de historias hacían que le perdonaras su mal carácter. Un enfado comprensible aunque no fuera un santo, si entendemos que, en sus primeras cuatro décadas de vida, tuvo que pisar dos veces la cárcel, fue discriminado por su raza, vio como le robaban diversos managers y discográficas, como le plagiaban los Beach Boys y tuvo que estar constantemente en lucha para que no se pisotearan sus derechos. Eterno luchador, sobrevivió a muchos de sus discípulos (Lou Reed, David Bowie) y hasta su desaparición tiene elementos de oportunidad que parecen casi de justicia poética. Nadie como él retrató esas noches de sábado y salida nocturna en las que, cuando adolescentes, ciframos nuestras esperanzas de novedades después de cobrar la paga. A sus noventa años, y después de haber sido por fin reconocido mundialmente, se permite el lujo de fallecer precisamente en lo que es una noche de sábado para la mitad del globo terráqueo. Y esa población nos enteramos por nuestros teléfonos móviles en las barras de los bares, su escenario favorito, mientras estamos saliendo un sábado. El rizo termina de rizarse de una manera caprichosa en la primaveral noche española, porque aquí era la víspera del día del padre y, desde luego, podía celebrarse perfectamente como la despedida del rock a uno de sus principales engendradores. Elvis quizá fuera el rey y el hijo, pero Chuck sin ninguna duda pasará a la historia como su gran patriarca.

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