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«A Ghost Story»: ¿Podría ganar el Oscar un fantasma?

El sentido de la vida, el sentimiento de pérdida y el olvido son algunos de los temas de este inclasificable filme. Nada que ver con una película de terror, porque no lo es. Con sólo 150.000 dólares de presupuesto, la crítica la ha valorado como una de las imprescindibles de 2017

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Rosa Gamazo. 

Tiempo de lectura 4 min.

03 de noviembre de 2017. 02:08h

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Rosa Gamazo.  3/11/2017

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David Lowery, director de «A Ghost Story», pasó gran parte del verano de 2016 en un estado que no olvidará: estrés las veinticuatro horas del día. Se sentía tan nervioso con el rodaje del filme que tenía entre manos que le empezó a afectar anímicamente. «Tenía la sensación de que en cualquier momento podía caerme de bruces al suelo. No aguantaba de pie. En un principio me pareció que el concepto sobre el que giraba la película me resultaría liberador y un experimento creativo; sin embargo, cuando empecé a rodar surgieron las dudas y me inundó un sentimiento de duda constante, creo que debí envejecer cinco años del estrés que sufrí». De momento, el director puede descansar tranquilo porque el filme ha sido un éxito entre la crítica, aunque hasta cierto punto su ansiedad podía tener razón de ser dado el concepto en que se asienta la película, pues ver al actor Casey Affleck cubierto con una sábana durante prácticamente todo el metraje no es algo demasiado habitual. «Cuando rodaba no dejaba de pensar en que alguien tarde o temprano se acercaría a mí a decirme: ‘‘Este actor con la sábana encima haciendo de fantasma provoca un ataque de risa’’. Me alegro de que nadie lo hiciera porque mi nivel de autoestima estaba literalmente por los suelos», comenta Affleck, quien recomienda la experiencia a cualquier intérprete. «El papel ha cambiado totalmente la manera en que interpreto. Todo el mundo debería hacer una película en la que estén bajo una sábana por lo menos una vez en su carrera».

«A Ghost Story» es una cinta difícil de clasificar. Melancólica, misteriosa, lírica y conceptual al tiempo, no estamos ante un título para provocar el susto fácil, sino «que lo que ves en la pantalla te hace pensar en lo terrorífico del sentido de la vida, más que en el hecho de imaginar que un fantasma va a aparecer debajo de la cama a mitad de la noche», señala Lowery. El actor interpreta a «C», un músico que vive en un suburbio en Texas con su esposa, «M», a la que da vida Rooney Mara. Unos minutos después de comenzar la película, él muere en un accidente de coche. Podemos ver una imagen estática del cuerpo de Affleck cubierto por una sábana blanca cuando de repente se incorpora. A priori podría resultar hilarante aunque la reacción es precisamente la contraria. A diferencia de Patrick Swayze en «Ghost», Affleck no puede comunicarse con su mujer, por lo que se convierte en un convidado de piedra destinado a ver pasar el tiempo y en un mero observador atrapado en la eternidad. El director redactó el primer borrador del guión en una tarde de primavera (algo bastante inusual en él), e invitó tanto a Affleck como a Mara a ser sus conejillos de indias en este experimento, aunque el director ya había trabajado con ambos en su primer filme, «En un lugar sin ley» (2013). El cineasta le envió un mensaje al actor con el siguiente texto: «quiero hacer una película este verano con un equipo mínimo. Serás un fantasma bajo una sábana durante casi todo el rodaje. Te explicaré después». La indumentaria no supuso el menor problema para Affleck, «aparte le encanta hacer cosas que se salgan de lo normal. Además, el era perfecto para el papel y no le importó nada», añade Lowery.

Una falda de tul

Aprender a desenvolverse cubierto por una tela le llevó su tiempo. No es tarea que resulte tan sencilla, ya que Affleck ensayó un movimiento que diera la apariencia de etéreo y tenía que vestir una falda de tul bajo la tela para dar la sensación de volumen y la apariencia espectral. «Repetimos y rodamos algunas escenas varias veces porque no salían a la primera, casi siempre con Cassey bajo la tela; solo en momento puntuales se vio obligado a ceder la tela porque estaba inmerso en otro trabajo», comenta el director de 36 años, que lleva la cabeza rapada, tiene unos ojo azules penetrantes y luce un peculiar bigote. Una crisis existencial fue lo que le llevó a rodar este trabajo: «Me dio por pensar que nada de lo que me rodeaba tenía el menor sentido», desvela. Todo surgió tras la lectura de un artículo que obtuvo el premio Pulizter publicado en «The New Yorker» y que firmaba Kathlyn Schulz. Describía cómo un terremoto arrasaría parte del noroeste de Estados Unidos. «Me entró pánico. Analicé la situación política de mi país y del resto del planeta y tuve la inmediata sensación de que esto se acababa, de que estaba ante el fin de la raza humana, lo que me creó un tremendo estado de malestar que canalicé a través de esta película». Lowery es uno de los directores más prometedores en el panorama norteamericano. «A Ghost Story» es su quinta obra y aunque siempre se ha movido en el mundo «indie» no sorprendió al aceptar una oferta de Disney para dirigir el «remake» de «Peter y el dragón» (2016), protagonizada por Robert Redford. Con su sueldo financió parte de los 150.000 dólares que ha costado este filme.

Su interés por lo sobrenatural le viene de la infancia. Se mudó de niño a Texas, donde su padre enseñaba Teología en la Universidad de Dallas. Ya por aquel entonces decidió que quería convertirse en director. Nunca albergó la esperanza de que sus filmes fueran vistos por nadie, menos aún de que Disney le ofreciera la dirección de uno de presupuesto tan abultado. «A lo único a lo que aspiraba era a poder pagar mis facturas al final de mes, nunca tuve grandes ambiciones», asegura. Espera que el público no vaya a verlo esperando ver un filme de terror porque no lo es, ni tampoco una versión de la exitosa «Ghost»: «Saldrían de la sala absolutamente decepcionados porque está en las antípodas de aquella película», comenta. Una parte de la crítica ya la ha bautizado como el «post terror»: probablemente después de visionarla le cueste conciliar el sueño, pero no porque sienta miedo, sino por la cantidad de preguntas que se puede hacer sobre el sentido de la vida.

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