viernes, 23 junio 2017
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Chavela, la pistolera que amaneció con Ava Gardner

  • Un documental se asoma al abismo de la voz más tremenda, la de una Chavela Vargas rota desde la infancia y mil veces más después. La chamana, borracha, lesbiana, dada por muerta y resucitada, y también la seductora, valiente, mística, «macha» y rota por el dolor: un personaje único que pasó de alternar con la élite intelectual a estar a punto de matarse de alcoholismo.

Chavela, la pistolera que amaneció con Ava Gardner

Bebía más que los albañiles, y le robó la novia a políticos e intelectuales. Chavela Vargas (Costa Rica, 1919-México, 2012) aprendió a ser más «macha» que los machos y bebió un río de tequila. Un conmovedor documental cuenta su historia, las partes conocidas y las que menos, y, sin pretenderlo, engrandece el mito de la más tremenda de las voces, la que sufrió por todos nosotros. El suyo fue el canto desesperado por la vida, sin más adorno que el puro dolor. Dos gringas, Catherine Gund y Daresha Kyi, firman «Chavela», que se estrena hoy en los cines precedida de los aplausos en fesivales como el de Berlín y el de Málaga. A través de entrevistas inéditas, la chamana de la canción y otras protagonistas hablan de la Chavela seductora, marginada, violenta, dada por muerta y resucitada, pero, sobre todo, la Chavela luchadora por los derechos de los homosexuales, valiente, mística y destrozada por el dolor.

De niña, sus padres la escondían de las visitas y el cura no quería verla en la iglesia. Tras su divorcio, algo se rompió dentro de la pequeña, que cantaba a todas horas. De un lado quedó Isabel, su verdadero nombre, su naturaleza buena y cándida, pero en ese tiempo se escindió Chavela, un pequeño demonio que soltaba patadas y maldiciones. «Mi obsesión era: tengo que irme. Algo me llamaba y era México», cuenta la protagonista en una grabación sobre la pena profunda que arrastró hasta el final de sus días por el rechazo materno. Nunca pudo superarlo. Lo que llamaba a la joven era el arte, el México del esplendor del cine y los intelectuales, de la canción. Pero México no es ninguna broma. «Yo soñé con ser lo que soy y el país me lo dio todo, pero no con caricias sino a patadas». Cantando en locales bohemios y cantinas de mala muerte, un día estaba entre el público José Alfredo Jiménez, avisado por un familiar. El compositor empezaba a ser famoso por sus estribillos sobre el amor perdido y pronto se dio cuenta de que Chavela los cantaba como nadie. Hicieron amistad en piscinas de tequila. «Entraban los viernes en el Tenanpa, su refugio, y salían los lunes después de bebérselo todo. Literalmente. Los clientes llegaban, pedían una copa y el barman les decía: ‘‘No, no les puedo poner porque no hay’’». El dueño les tenía miedo porque bebían hasta caerse y cuando se levantaban hasta volver a caer.

Así es como aprende Chavela. «Se construye a sí misma en un mundo macho y misógino, un mundo en el que las lesbianas no tenían lugar. Para tenerlo, tenía que ser más macha y más borracha que cualquiera a su alrededor», recuerda Patria Jiménez, la primera diputada lesbiana del país. Se despojó del vestido de volantes y de los grandes pendientes de las películas de la época. Ella se atrevió a cantar rancheras con pantalones, aunque nunca confesó que fuera homosexual. La sociedad se lo consentía sobre el escenario, pero nunca le perdonarían en la vida real que fuera lesbiana. «Si eras lesbiana estabas marginada, pero tienes que hacer que te respeten. No se puede ir una con un cartelón, pero he sufrido mucho dolor y ofensas», cuenta Chavela. Nunca le ofrecieron un teatro principal para actuar y a las giras iba de relleno.

La mujer del ministro

Pero para ser «macha» faltaba otra cosa, la leyenda que decía que tuvo cuanta mujer quiso. Ella misma lo cuenta en la cinta: «Cuando se casó Elisabeth Taylor yo estuve en la ceremonia. Todo el mundo amaneció con todo el mundo y yo, con Ava Gardner». «Siempre estaba rodeada de mujeres bellas, porque ella lo era», recuerda Betty Carol Seller, una de sus amantes estadounidenses. Era una gran seductora, tuvo gran cantidad de amoríos pero siempre respetó su anonimato porque eran las mujeres de políticos, diplomáticos e intelectuales. Y se relacionó con la flor y nata de los artistas y escritores: de Monsiváis a Carlos Fuentes, de Rulfo a Neruda y Picasso. «Ella nunca reveló los nombres, pero sabemos que se acostó con todo México. El problema de Chavela es que siempre se enamoraba de las mujeres de los ministros y de la gente rica», recuerda Jiménez. «Nunca se comprometió, yo creo, por temor a ser herida. Llevaba muy dentro el sufrimiento del abandono», dice Kyi, una de las directoras. Chavela lo explicaba así: «El amor eterno no existe, sólo dura un rato. Es un poco cursi todo eso, hay que vivir el hoy, porque es tan corto el amor y tan largo el olvido...», dice en la película. Chavela tuvo un romance con Frida Kahlo, que estaba fascinada por su voz, y juntas convivieron pero nadie sabe cuánto. «Chavela a veces decía que una semana y otra que cinco años. Nadie puede estar seguro de algunas cosas, porque inventaba todo el rato y ella se creía sus fantasías», dice Kyi. Pero eso ocurrió, hasta que un día, cogió la puerta y se marchó.

Hasta aquí, los impulsos fuertes y poderosos. Pero llegó la muerte de José Alfredo Jiménez, con los ojos azules amarilleados y el hígado fundido en paté. «Murió por la mañana y ella llegó por la noche, con una botella. Se sentó junto al ataúd y empezó a cantar. Aquello le dejó un hoyo», recuerda el hijo del mito, José Alfredo Jiménez Jr. «Yo era una alcohólica, pero más como una enfermedad psíquica que física. Por la soledad y el abandono», admite a la cámara una Chavela septuagenaria.

Después de algunos conciertos desastrosos, con la (mala) fama de su sexualidad y sin el apoyo de José Alfredo, su carrera se frenaba. Cuando se llevó a la cama a la mujer del presidente de su compañía de discos, Orfeón, fue vetada en todos los escenarios. Rogerio Azcárraga, además, jamás le pagó lo que le correspondía por la venta de sus discos. Así que se retiró a Tepoztlán sin una moneda. Comía lo que le daban en el mercado y si no tenía para comer, bebía. Tras 15 años, la dieron por muerta. La abogada Alicia Pérez Duarte fue quien la rescató. «No había manera de pararla bebiendo. Tumbaba a los albañiles». Y de vez en cuando, sacaba su pistola, claro. ¿O era una leyenda? «Tenemos algunos testimonios documentados, como la vez que disparó al cartero por pisarle las flores, así que no debía ser tan extraño...», ríe Kyi.

Con Pérez Duarte mantuvo una relación sentimental. «Quería enseñarle a mi hijo a usar la pistola para que no se volviera un maricón –ríe la abogada–. El problema era el alcoholismo. Vivimos felices durante años, pero un día tuve que poner distancia, porque estaba a punto de golpearla. Podía ser violenta con los cinco sentidos y odiarme por encima de todo. Y una vez ya no pude y puse distancia». Sin embargo, antes logró que dejase el alcohol. O más bien fueron los chamanes, dice otra leyenda. «Tenía el hígado inflamado como una papaya y le dije que se iba a morir. ‘‘Eso no importa’’, me contestó. pero le dije que no volvería a verme y se fue con unos chamanes. Si quieren creer que la curaron los chamanes, pues muy bien, pero eso no fue así. Juró que no bebería y volvió a ser tierna y mágica», recuerda Pérez Duarte.

Su segunda carrera

Un día, como sin pretenderlo, le ofrecieron volver a cantar después de 15 años. Ensayó una tarde, llorando sin parar. Anunciaron su concierto pero todo el mundo pensaba que ya estaba muerta. El Hábito se llenó y Chavela estaba muy nerviosa. Pidió un tequila y se lo negaron. Por primera vez en su vida cantó completamente sobria. Lo que vino después es algo más conocido, una historia en la que Madrid jugó un papel fundamental. Un empresario español la convence para actuar en la sala Caracol. Allí comienza su segunda carrera, arropada por famosos como Pedro Almodóvar, Miguel Bosé o Martitrio entre un buen número de actores. Los teatros se le siguen negando pero el público de Madrid la arropa tanto que pronto conquistará los de toda España... y el Olympia de París, su sueño de infancia. La película cuenta que Almodóvar arriesga su propio dinero y se involucra una semana de promoción, tal que si fuera su mánager. Chavela renace. Ya México no puede cerrarle más la puerta y le abre las del Teatro Bellas Artes. Después de aquello, vivió 20 años de regalo. No volvió a esconderse, defendió su sexualidad y le dio la vuelta a la palabra de la vergüenza y el destierro: lesbiana. Su país se rindió a sus pies, aunque ella seguía partida por dentro: «Es a Isabel a la que amo. La Chavela esa es una cabrona. Empezó en el 42, como un toro de Mihura dando embestidas y patadas». Se convirtió en un ejemplo en la lucha por la igualdad de derechos y en 2012, con 93 años, quiso ver Madrid por última vez. «Quería morirse en el escenario y casi lo consigue –dice Elena Benarroch–. La ingresamos en el hospital y nos dijo que nos diéramos prisa». Tuvo el tiempo justo para volver a morir en México como una heroína nacional.

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