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Riccardo Muti, una rigurosa evocación sin confeti

El italiano, por quinta vez en el Concierto de Año Nuevo de Viena, que cumplió 78 ediciones, volvió a demostrar por qué su nombre es sinónimo de rigor y solvencia

  • El maestro italiano Riccardo Muti conduce el ensayo de la Filarmónica de Viena
    El maestro italiano Riccardo Muti conduce el ensayo de la Filarmónica de Viena / Efe
Arturo Reverter.  Viena.

Tiempo de lectura 4 min.

02 de enero de 2018. 01:13h

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Arturo Reverter.  Viena. 1/1/2018

Concierto de Año Nuevo. Orquesta Filarmónica de Viena. Riccardo Muti. Musikverein, Viena, 1-I-2018.

Aparecía Muti por quinta vez en esta famosa cita, que ha celebrado ya, con esta edición, su septuagésimo octavo cumpleaños. Su presencia, y lo ha vuelto a acreditar, es sinónimo de solvencia, seguridad y rigor musical. Qué duda cabe de que el napolitano es, a sus 76 años, uno de los grandes directores del presente; y para el crítico Paolo Isotta el más grande. Afirmación, como todas las categóricas, discutible. Aunque no quepa dudar de su enorme autoridad. El cetrino maestro, alumno del histórico y malogrado Guido Cantelli, se impuso desde el principio de su carrera como fuerza emergente por su seriedad, su seguridad, su concisa técnica y su sólido concepto musical. Ahí lo tenemos, erguido, con su crespo y largo pelo con raya al medio, sin aspavientos, con firmeza, de nuevo en el podio de una orquesta a la que ha dirigido centenares de veces, con su cara de póker –aunque lo hemos visto casi sonriente en esta ocasión– y sus modos autoritarios que esconden un discurso elocuente y un criterio que alimentan concepciones plenas de una tensión heredera de las manejadas por Toscanini, aunque con el toque elegante y teatral de Giulini. La soberbia disposición de los amplios brazos, el gesto ceñudo, la clara ondulación de la batuta, el férreo control del ritmo son bazas que dan seguridad a las formaciones a sus órdenes, tanto vocales como instrumentales. Bien que en esta oportunidad hayamos visto al maestro muy contenido –la edad manda– e incluso estatuario, sin marcar durante muchos compases, sabedor de la profesionalidad de unos instrumentistas que prácticamente no necesitan esa guía. El concierto discurrió de manera fluida, sin altibajos, sin sorpresas a partir del conocimiento de la formación vienesa y de la autoridad del director. En tal sentido, no hubo sorpresas ni sustos, como los de la pasada edición con Dudamel en el podio, que, de todas formas, consiguió espectaculares efectos. La batuta de Muti se batió segura, firme, elástica, flexible y convincente. Desde el mismo comienzo con el pórtico de la «Marcha-obertura» de «El Barón gitano» de Johann Strauss hijo, en la que ya advertimos algo que nos habría de acompañar hasta el final: la inteligente amplitud del fraseo, la moderación de los «tempi», la elegancia del trazo, lo equilibrado de la expresión, ni plana ni enfática. Bajo el perenne manto de la seriedad, Muti y la Filarmónica hacían música; y de la buena. Ese dejarse ir, esa manera de acentuar, tan natural y lógica, esa observancia, desde presupuestos meridionales, del necesario «rubato», quedaron ya firmemente labrados desde el mismo inicio de la sesión. El solo de chelo del vals «Frescos de Viena», magníficamente expuesto por el primer atril, dio paso a un majestuoso arranque del compás de 3/4. La polka francesa «Cortejo nupcial» de Johann Strauss hijo fue tomando velocidad paulatina y contagiosamente y la ligereza, con estupendos pianísimos y acentos de notable sequedad, se adueñaron de la polka siguiente, «Sangre liviana», del mismo autor. El «Vals de María» de Johann padre, una novedad, fue atacado con gran parsimonia y espléndida y exacta acentuación, con paulatina aplicación del «acellerando». La batuta esculpió con finura y suavidad el delicadísimo encaje. El galop sobre «Guillermo Tell» de Rossini del mismo padre de la dinastía cerró con mucho aire la primera parte del concierto. En el descanso televisivo la RTVE austriaca nos regaló con un estupendo documental, adornado con músicas de los Strauss, Tcherepnin, Maysedes y otros, que nos mostró muy bellas imágenes de la Viena modernista, con las edificaciones del arquitecto Otto Wagner como singular reclamo. En la segunda mitad del concierto nos enfrentamos a la obertura de «Boccaccio» de Suppé, que se abre con unas suaves notas de trompa que se asemejan al comienzo del «Danubio azul» y que actúan de elemento motor en una amena construcción llevada en volandas por la batuta. En el vals «Flores de mirto», de Johann II, encontramos buen hacer, pero también una cierta falta de gracia fraseológica. Después de la novedad de la gavota «Estefanía» de Alphons Czibulka, admiramos la notable precisión en páginas como las polkas rápidas «Balas mágicas» y «Truenos y relámpagos» de Johann II y «Enviado» de su hermano Josef. En la polka-mazurka «Ciudad y país» se dibujó una contagiosa lentitud, de airosos acentos, y en la cuadrilla sobre «Un ballo in maschera» de Verdi afloró la vena italiana del director, sugerente siempre, armonioso de gesto y de figura. En el vals «Rosas del sur» de Johann II se nos brindó un hermoso ballet con coreografía de Davide Bombana. Uno de los momentos cumbre fue a interpretación del gran vals «Cuentos de los bosques de Viena» de Johann II, en el que Muti recuperó, de acuerdo con la partitura original, el dulce sonido de la cítara. La batuta se dejó mecer casi sensualmente en la reexposición del tema principal y narró la peripecia, ilustrada con bellas imágenes alusivas en la transmisión televisiva, con transparencia y minuciosidad. Como es norma, todo concluyó con el esperado «Danubio azul», trazado con un detallismo sorprendente, y con la aplaudida «Marcha Radetzky». Cosa insólita: no hubo ni una sola gracieta en todo el concierto: ni un confeti, ni un disparo de una escopeta, ni un matasuegras. Muti es en verdad un rector severo y circunspecto. Pero la sonrisa aletea bajo su adusta actitud. Y eso se notó en un acto como éste, en el que se conmemoraban distintos centenarios, como el del fin de la primera guerra mundial; o el de las muertes de artistas como Otto Wagner, Koloman Moser o Gustav Klimt. La narración televisiva y radiofónica corrió a cargo de Martín Llade, programador de Radio Clásica, que evocó más de una vez la figura de su antecesor, el desaparecido José Luis Pérez de Arteaga. Su labor fue encomiable.

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