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Con Monteverdi pasa volando el tiempo

  • Thomas Hengel-brock
    Thomas Hengel-brock

Tiempo de lectura 2 min.

06 de diciembre de 2017. 00:42h

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Gonzalo Alonso 6/12/2017

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«Vespro de la Beata Vergine», de Monteverdi. Balthasar-Newmann-Solisten. Thomas Hengel-brock, director. Auditorio Nacional. Madrid, 3-XII-2017.

Nueva cita del espléndido ciclo del CNDM y es obligado empezar este comentario con un inciso dedicado a su director. La semana pasada le fue concedida por el gobierno francés la medalla de «Oficial de las Artes y las Letras». El compañero y amigo Rubén Amón lo ha reseñado en su «Recondita armonía» con un artículo tan espléndido que hace imposible otro del mismo género. Una alabanza mayor caería en el ridículo servilismo y una menor levantaría suspicacias, por ello sería vano el empeño. Baste escribir que una distinción similar se la tiene más merecida en su propio país que en Francia, pero han tenido que ser los galos quien estrenen un camino que seguro que tendrá ahora más recorrido. Ya se sabe, en nuestro país no cuentan a efectos oficiales ni los promotores ni los musicólogos, ni los críticos, por muchos años que llevemos intentando hacer más cultos o entretener al mundo con la música. He escrito años, cuarenta y seis han transcurrido desde el inolvidable concierto que protagonizó el añorado Odón Alonso en el Teatro Real con la Orquesta de la RTVE. La obra de Monteverdi, que se programa bien poco, ha vuelto al Auditorio Nacional con el grupo especialista Balthasar-Newmann-Solisten bajo la batuta de Thomas Hengelbrock. El maestro se ha convertido en un todo terreno y actualmente comanda la orquesta de la Elbphilharmonie, la nueva y espectacular sala de Hamburgo con goteras incluidas. Ejecutó una lectura pulcra, a la que pocos reparos pueden ponérsele, con solistas de calidad, como quienes cantaron la preciosa «Audi Coelum» y capaces de formar coro y deleitarnos con las múltiples variaciones del «Gloria» presentes en la pieza y de las que destaca aquella tras el «Laudate pueri». Concitó mucho entusiasmo y sus más de cien minutos sin descanso a base de números que hoy pueden parecer al oyente muy similares pasaron volando, porque el genio de Monteverdi nos sumerge en un mundo de paz en el que todo se vuelve armonioso. Dicho lo cual he de añadir que de esta versión no me quedará el inmenso recuerdo que me queda de aquella de Odón Alonso en 1970, quizá porque entonces las «Vísperas» fueron un descubrimiento deslumbrante.

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