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Cuatro «Fake news» que consiguieron hacer historia

De 2017 quedará la palabra «posverdad» y la tendencia reciente a las falsas noticias, un hecho que ha empañado incluso las elecciones norteamericanas. Pero existen varios casos recientes de distorsión de los acontecimientos

  • Unos habitantes de Atlanta contemplan un grafiti del presidente de Estados Unidos, Donald Trump, en el que aparece dibujado con el bigote de Hitler.
    Unos habitantes de Atlanta contemplan un grafiti del presidente de Estados Unidos, Donald Trump, en el que aparece dibujado con el bigote de Hitler.

Tiempo de lectura 8 min.

01 de enero de 2018. 20:25h

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Jorge Vilches 31/12/2017

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Es falso que la Historia la hagan los vencedores. Se está reescribiendo constantemente, sobre todo desde que se ha convertido en elemento central del discurso político en las democracias, y es víctima de lo políticamente correcto. La creación de un relato histórico para conseguir un efecto político es uno de los recursos más usados de la manipulación informativa. Equiparaciones maliciosas, atribuciones falsas, épicas inexistentes, endiosamientos y condenas fundadas en una historia tergiversada han sido muy frecuentes en 2017. La Historia se ha retorcido con un discurso político y emocional, lleno de adjetivos y sin documentación. He aquí los casos más señalados.

Trump no resucitó a Hitler

El año empezó con la identificación de Donald Trump con Adolf Hitler. La iniciativa partió de los medios norteamericanos dolidos con la victoria del candidato republicano y alineados con la demócrata Hillary Clinton. La invectiva fue recogida rápidamente en Europa por la prensa afín, y repetida por algunos políticos. El histrionismo y la dosis de populismo del personaje, además de su proteccionismo nacionalista, así como sus ataques a la corrección política y a los tabúes del multiculturalismo, facilitaron la asimilación popular de Trump a Hitler. Artículos de prensa, reportajes televisivos e incluso pancartas en manifestaciones no dejaron lugar a dudas. No obstante, la comparación deshace cualquier similitud, sobre todo tras un año de gobierno.

El nacionalsocialismo se fundaba en el estatismo para la construcción de una comunidad racial homogénea, empeñados en un destino histórico que suponía la expansión territorial y la cruel represión interna. A los dieciocho meses de ostentar el poder, Hitler ordenó una purga de los altos cargos de las SA, que fueron asesinados en lo que se conoce como «Noche de los cuchillos largos». En ese tiempo, Hitler ya había encarcelado a miles de opositores e ilegalizado a sus partidos, conseguido del Reichstag la facultad de legislar sin intervención del Parlamento, y fusionado la Cancillería Imperial con la Presidencia, cuestión que los alemanes respaldaron en un referéndum. Por supuesto, tras un año de gobierno, Goebbels, como ministro de Propaganda, ya controlaba los medios de información –prensa y radio– y el cine. Nada de esto tiene lugar en los Estados Unidos de Donald Trump, a pesar del estilo populista que le caracteriza, o de la dureza o intensidad de algunas de sus palabras y acciones. El republicano no es la resurrección de Hitler, lo que demuestra que aquella afirmación inicial era una «fake news» con la intención de desestabilizar su administración, contaminar su imagen e, incluso, impulsar o justificar un impeachment.

El «Che» no era un humanista

La conmemoración de los cincuenta años de la muerte del Che reavivó este año la santificación de su figura y trayectoria por parte de la izquierda. El falso romanticismo y la justificación de la violencia en pos de un «mundo mejor» servían de pilares a la creación de un perfil del guerrillero que no se compadece con su historia. El relato glorificador pertenece a la resurrección de los postulados de la «New Left» de los años 60 y 70. Lo han definido como un libertador justiciero, mé-dico y economista brillante, y, por supuesto, un humanista. El objetivo es mantener blanqueado el santoral laico de aquellos revolucionarios del proletariado con los que las nuevas generaciones puedan identificarse; una política, por cierto, que inició el castrismo. Sin embargo, Ernesto Guevara fue un burgués que firmaba sus cartas de adolescencia como «Stalin II». No terminó medicina porque no quería estudiar y vivía bien de su familia. Vagó hasta que en México se topó con los hermanos Castro, con quienes se embarcó en el «Granma». Fracasada aquella intentona, comenzó a ejecutar prisioneros y a fusilar a «sospechosos». A Eutinio Guerra, por ejemplo, lo asesinó con un tiro en la nuca, se quedó con sus pertenencias, y escribió a su padre: «realmente me gusta matar». Una vez en el poder destacó por su crueldad como director en la prisión de La Cabaña, donde dijo que era una «fría máquina de matar motivado por odio puro». Después organizó campos de trabajo para «reeducar» homosexuales, por los que pasaron unas 35.000 personas a las que se torturó y asesinó. Castro lo colocó entonces en puestos de relevancia económica, a pesar de que no tenía ninguna formación. Su paso por el Banco Nacional de Cuba y el ministerio de Industria fueron lo previsible: un desastre. El desvarío llegó al punto de que compró máquinas quitanieves para la isla caribeña. Cuando los campesinos protestaron, los diezmó y eliminó el derecho de huelga. Los Castro quisieron quitarse de encima al argentino, y lo mandaron a la ONU, donde dijo: «Sí, hemos fusilado, fusilamos y seguiremos fusilando». De ahí lo enviaron al Congo, donde fracasó. Comenzó a repetir consignas maoístas y trotkistas, y la URSS y los Castro pensaron en su eliminación, para lo cual lo mandaron a Bolivia. Murió y su figura distorsionada fue usada por el castrismo y la izquierda occidental hasta el día de hoy.

¿Los esclavos de Franco?

2017 ha sido el año de reverdecimiento del antifranquismo. Esto ha sido el resultado del intento del gobierno Zapatero de imponer un único relato de la Historia a través de su Ley de Memoria Histórica (2007). La norma socialista financiaba la búsqueda de fosas y la reparación personal, pero también a asociaciones y cátedras empeñadas en crear una narrativa antifranquista, devolver el lenguaje guerracivilista y legitimar así una posición política y la discriminación de otra. La polémica este 2017 ha sido el Valle de los Caídos, repleto de «fake news» sobre su historia. Se ha dicho que lo construyeron 20.000 esclavos del bando republicano como mausoleo para el dictador, en unas condiciones infrahumanas y bajo una vigilancia nazi. La Historia nos cuenta otra cosa.

El dictador Franco no decidió su entierro en el Valle de los Caídos, sino que había adquirido un panteón en El Pardo y barajaba otras posibilidades, como el Pazo de Meirás y el Tercio de la Legión. Fue Arias Navarro, presidente del gobierno, quien lo decidió. El monumento tuvo otro objetivo. Las obras del Valle se iniciaron en 1940, y tardaron 19 años en concluirse porque se financió con donaciones particulares y sorteos extraordinarios de Lotería Nacional. Entre 1942 y 1950 más de la mitad de los obreros eran presos políticos y comunes y, desde entonces hasta 1959, fueron mayoritariamente trabajadores libres. La decisión de trabajar en Cuelgamuros era del preso, bajo petición escrita porque existía la posibilidad de redimir pena: hasta seis días por trabajo. Algunos pidieron recomendación para estar allí, como Nicolás Sánchez Albornoz. Los presos recibían el mismo salario y trato que los trabajadores libres: menús de 3.000 calorías, pago de horas extras, jornada de 10:00 a 20:00 horas, domingos libres, permisos para acudir a las fiestas de los pueblos cercanos, y visitas de sus familiares, quienes vivían junto a la construcción. De hecho, hubo muchos nacimientos en Cuelgamuros. Las mujeres de los presos recibían un jornal, así como una paga por cada hijo menor de quince años. La vigilancia era tan laxa que algunos escaparon andando a plena luz del día.

CATALUÑA Y LA GUERRA DE SUCESIÓN Y NO «SECESIÓN»

La historia de Cataluña también ha sido cuestión de «fake news» en 2017. No tanto el golpe de 1934, como los hitos victimistas y fundacionales del nacionalismo catalán. La guerra de Sucesión (1700-1714) era presentada como de «Secesión» de Cataluña por la resistencia al centralismo. Felipe V habría acabado con la protodemocracia catalana. Barcelona habría sucumbido el 11 de septiembre de 1714, cuando Rafael Casanova dio su vida por el «derecho a decidir» de la nación catalana. No fue así. Felipe V juró los fueros catalanes, abrió sus Cortes y firmó las «constituciones» de 1702, en un pacto que la nobleza del Principado traicionó en 1705 al cambiar de bando. Esta traición desencadenó una guerra entre catalanes: los «vigatans» y los borbónicos, muchos en Barcelona y Tarragona, apodados «botifler», insulto que hoy se conserva. La Guerra de Sucesión no respondió a identidades nacionales, sino a proyectos políticos y lealtades dinásticas, y se mundializó desde el inicio. El asedio de Barcelona no terminó el 11, sino el 12 de septiembre. Casanova, entonces Conseller en Cap, no era nacionalista catalán, sino un español que luchaba por una dinastía distinta, y que murió en 1743, tras ejercer de abogado durante varias décadas. Por Jorge VILCHES

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