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Darío Villanueva: «La actitud de Trump va en contra de la evolución del mundo»

Darío Villanueva / Director de la Real Academia Española

Ahora que acaban las celebraciones del aniversario de Cervantes, el español deberá encarar las trabas y problemas que el nuevo Gobierno de EE UU pone a nuestra lengua. Un horizonte que, aunque esperado, ha despertado su inquietud

  • Darío Villanueva, director de la Real Academia Española
    Darío Villanueva, director de la Real Academia Española / Alberto R. Roldán
J. Ors.  Madrid.

Tiempo de lectura 8 min.

29 de enero de 2017. 01:28h

Comentada
J. Ors.  Madrid. 29/1/2017

El año arranca con un reto inesperado: afrontar el desafío que Donald Trump ha abierto al español y los hispanos en Estados Unidos. Darío Villanueva, director de la Real Academia Española, ha mostrado su intranquilidad por los primeros pasos que el nuevo presidente ha dado nada más llegar a la Casa Blanca. Una preocupación que se suma al alto número de españoles que no leen, y que no suponen un buen corolario para el año Cervantes, que ahora concluye.

–¿Trump ha abierto un periodo de segregación de lo hispano?

–No cabe duda de que el clima inspirado por Washington es desfavorable para la afirmación de la minoría hispana como minoría mayoritaria en EE UU. Son 57 millones de hispanos los que residen allí. En los últimos tiempos, el español había perdido el estigma de lengua de emigrantes y estaba creciendo su consideración social, cultural, económica y política. Este ambiente se afianzó con Obama. El español pasó a ser considerado un activo por parte de las empresas. El canal Univisión compite con las grandes cadenas norteamericanas y la industria musical del país cuenta con los Grammy latinos. Esto nos hacía pensar en que el futuro de los hispanos en EE UU se iba a afianzar más. Todo esto es importante porque las lenguas no dependen sólo del número de sus hablantes, sino de la valoración que se tiene de ellas. El gesto de la Administración Trump de retirar la página web en español de la Casa Blanca es una regresión. En su campaña, Trump se expresó en contra de los hispanos procedentes de México y la lengua española. Estas condiciones adversas no van a frenar el movimiento de la minoría hispana, pero nos preocupan.

–Dos ideas que se usan para criticar el español: su percepción como lengua de emigrantes y su diversidad en EE UU.

–No creo que haya tanta sutileza por parte de Trump. Sus manifestaciones nos indican que no es hombre de matizaciones. No tiene información completa de hechos a los que se refiere y que son de una enorme complejidad, como es el caso de la minoría hispana y la lengua que usan entre ellos, el inglés. La cuestión no es ingles o español, sino que pueden coexistir el inglés y el español. La unidad del español en EE UU presenta esas dificultades, pero no son preocupantes. El «spanglish» no es enemigo del español. Es una expresión de la mezcla entre dos lenguas y los órganos de comunicación de la comunidad hispana ofrecen expresión en un español que es entendido por todos.

–¿Trump podría arruinar las iniciativas para recordar el pasado español en EE UU?

–Con Obama hubo reconocimientos públicos del apoyo de España a la independencia de EE UU. El Instituto Cervantes tiene centros en las ciudades más importantes de este país. No creo que esta infraestructura sufra por las decisiones de la Administración norteamericana, pero es evidente que no favorece el respeto y atención a nuestro idioma, que venía de atrás. Con estas iniciativas nos remontamos a la campaña del «English Only» que viví en EE UU en los noventa y que aspiraba a que los diferentes estados declarasen el inglés como lengua oficial para frenar el español. Estos mensajes de la Administración americana son una regresión, una actitud cerrada que va en contra de la evolución de un mundo donde el bilingüismo se da en muchas sociedades.

–¿Esta situación dará pie a que los hispanos abandonen el español?

–Desde un punto de vista teórico podría suceder. Este ambiente es terreno abonado para decisiones individuales en esa línea y frenar lo que estaba sucediendo, que era el fenómeno contrario. De los 57 millones de hispanos de EE UU, no todos hablan el español. Unos diez millones son monolingües en inglés. En los últimos años, la tendencia entre los que sólo hablaban inglés era recuperar el español. Pero también hay que pensar que con estas medidas de Trump se ha herido el orgullo y la dignidad de la minoría hispana, y puede haber un efecto rebote que vaya en dirección contraria a la disuasión del uso y estudio del español. La historia nos da ejemplos de cómo un régimen político se ha enfrentado a la lengua y de cómo la lengua ha resistido y superado ese momento de hostilidad. El español tiene sobradas fuerzas para resistir en EE UU.

–¿Se va a reaccionar a las decisiones de la Casa Blanca?

–La administración Trump ha suavizado la retirada de la página web en español de la Casa Blanca con unas declaraciones que no son de fiar y que aseguraban que se había quitado porque se está reestructurando la página. El problema es que la administración de Trump ha empezado a manejar argumentos de poca fiabilidad. Ha negado que en las toma posesión de Obama hubiera más gente que en la de Trump. Desmienten hechos comprobados con datos alternativos que no son reales. Estamos en contacto con las academias americanas para estudiar cómo manifestarnos por este rechazo y ver qué orientación daremos a esta expresión de malestar. Entre estas academias está la norteamericana. Hay posibilidades que redactar un manifiesto conjunto o uno particular que se entregue ante la delegación diplomática de cada país. A todas las academias nos ha desagradado la actitud de la Administración norteamericana. Pero lo que Trump ha hecho después es más grave: anunciar la construcción de un muro con México.

–¿Cómo afecta el nacionalismo a las lenguas?

–Cuando España entró en la Unión Europea, siempre encontré en los EE UU una postura escéptica por el futuro de la UE. No tanto por los nacionalismos egoístas de los estados, sino por la diversidad de las lenguas. El norteamericano medio está asentado en el inglés y se siente amparado por la lengua predominante a partir de Segunda Guerra Mundial. No entendía una federación de estados donde se hablan tantas lenguas. El nacionalismo llevado hasta sus últimas consecuencias acaba provocando un rechazo de otros idiomas y una exaltación de la lengua propia como signo de identidad.

–Acaba el año Cervantes. ¿Cómo está la salud de los clásicos?

–El panorama es complejo porque al plantearlo así nos lleva a dos hechos de tremenda importancia: los índices de lectura en España y la crisis editorial provocada por la sociedad digital que ofrece otras posibilidades de lectura que no pasan por el libro. No debemos hablar de la crisis de los clásicos españoles sin considerar estos aspectos. Somos un país poco lector y gran productor de libros, pero la industria editorial está sufriendo una crisis que se suma a la desaparición de librerías. La Real Academia Española está publicando una Biblioteca Clásica y ha editado la obra completa de Cervantes. Falta el «Persiles», que aparecerá ahora, en el centenario de obra póstuma de Miguel de Cervantes. Se ha publicado también una nueva edición de «La colmena» de Camilo José Cela que incluye materiales inéditos y las versiones que no pasaron la censura. Nos consta que la cogida de esta edición ha sido muy buena y eso resulta muy esperanzador. Además, habría que citar a todos los clásicos que publica la Fundación Castro. Por tanto, se sigue facilitando el acceso a los clásicos, pero la limitación en su circulación hay que atribuirla a la cifra relativamente pobre, escasa, de españoles que leen de manera habitual.

–Un 39, 4 por ciento de los españoles no leen un libro. Algunos, incluso, se sienten orgullosos.

–No es bueno para los individuos y la sociedad que exista un índice tan alto de personas que no leen nunca un libro. Pero mucho más grave es el porcentaje de esas personas que se sienten orgullosas por su falta de interés por la lectura, primero, en un sentido educativo y, después, desde el punto de vista del ocio creativo y del ejercicio intelectual. Leer es rellenar los vacíos del escritor. Es una gimnasia intelectual valiosa. Siempre remito todas estas consideraciones a la educación. El sistema educativo tiene que ser una fábrica de lectores más allá del final del periodo de formación de un alumno. Los editores nos dicen que la literatura infantil y juvenil, que cuenta con grandes escritores dedicados a ella, está resistiendo muy bien la crisis, pero los que han sido grandes lectores cuando estaban en el sistema educativo, una vez que han completado su formación, dejan de serlo. La lectura promovida por los profesores y el sistema de estudio debe ser un hábito placentero y, por tanto, debe inspirar el deseo de seguir leyendo a lo largo de toda la vida.

–¿Inculcar el hábito de la lectura no es también una responsabilidad familiar?

–El asunto está muy claro. La educación de las personas precisa de la familia como un ámbito igualmente educativo. No se puede fiar todo al sistema reglado de enseñanza. El aspecto familiar es importante, sobre todo cuando se habla de este tema. Los padres que no leen y que, además, manifiestan su desinterés por la lectura, están ofreciendo un ejemplo muy malo a sus hijos. Somos muchos los que, incluso antes de acudir a la escuela, hemos adquirido el hábito lector en nuestra casa. El problema no reside exclusivamente en tener o no libros. Los centro educativos los tienen y existe una red amplia de bibliotecas. No hay disculpas para justificar un porcentaje tan bajo de lectores. Y, además, está el desdén hacia el fenómeno de la lectura.

–Víctor García de la Concha, que acaba de dejar el Instituto Cervantes, advertía de un peligro: Existe un paulatino empobrecimiento de la lengua. ¿Cómo recuperar ahora la riqueza léxica?

–El lector es, en cierto modo, coautor del ibro que está leyendo. La lectura fortalece nuestra enciclopedia lingüística y nos muestra un gran número de palabras, con el contexto de su significado. Todo esto nos ayuda a expresarnos mejor. El empobrecimiento del léxico entre las nuevas generaciones tiene que ver directamente con la falta de actividad lectora. La ortografía, por ejemplo, que consiste en unas reglas para escribir de manera correcta, se aprenden muy bien leyendo y sin tener que memorizarlas, porque a través de la lectura nos queda la imagen visual de la palabra, y eso facilita mucho las cosas.

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