martes, 25 julio 2017
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Cultura

«Déjame salir», siniestras intenciones

«Déjame salir», siniestras intenciones

Dirección y guión: Jordan Peele. Intérpretes: Daniel Kaluuya, Allison Williams, Catherine Keener y Bradley Whitford. EE UU, 2017. Duración: 104 minutos. Terror.

Calificación ****

La América de «Déjame salir» no querría tener nada que ver con la de «Adivina quién viene esta noche». Es la América en la que los demócratas más progresistas habrían votado por Obama si se hubiera presentado por tercera vez, cuarenta años después de que un periodista liberal (Spencer Tracy) pusiera el grito en el cielo porque su hija se quería casar con un negro, por mucho que este fuera tan perfecto como Sidney Poitier. La cuestión es que lo que en 1967 era materia para un himno pro-tolerancia en forma de comedia amable, en 2017 se convierte en el punto de partida de la película de terror que el Spike Lee de «Haz lo que debas» habría firmado a gusto. Para hablar de racismo en la América de hoy, lo más fácil habría sido tenérselas con los acólitos de Trump, pero la extraordinaria ópera prima del cómico Jordan Peele prefiere poner en la picota a los defensores de la igualdad y el eufemismo políticamente correcto echando sal en heridas sangrantes. La integración racial, concebida como artificiosa operación de «normalidad» bienpensante, es tan xenófoba como lo contrario. Es mérito de la puesta en escena que percibamos esa tolerancia autoconsciente como perturbadora, porque Peele nunca olvida que está haciendo cine de terror con metáfora venenosa dentro. Lo que se debate aquí es la envidia por absorber la mirada del otro: los ojos de las víctimas, demasiado abiertos, siempre lloran, y la cámara está allí para beber sus lágrimas. Allí donde se cruzan «La invasión de los ultracuerpos», «La semilla del diablo» y «La visita», «Déjame salir» atiende al detalle –una cabeza de ciervo en la pared, el tintineo de una cucharilla en una taza de té–, se entrega a la comedia –las afortunadas intervenciones del amigo del protagonista– y orquesta un aquelarre incómodo, en el que cada personaje encarna un síntoma de nuestra hipocresía sociocultural, en el que cada réplica apunta a la culpa de un país que aún no ha aprendido a gestionar su relación con la diferencia.

LO MEJOR

Se trata de la sátira más agresiva sobre el racismo del cine de los últimos años

LO PEOR

Exige esa suspensión de la credibilidad que sus detractores se negarán a poner en práctica

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