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Diego Medrano presenta “Llévate el paraguas por si llueve, la soledad habitada en Madrid”

Medrano. «Panero me llamó “Kafka español”, Ana María Moix “bomba envuelta en papel de seda”, Luis Albero de Cuenca “sol negro de la melancolía nervaliana” y Gimferrer alabó mi “pujante y asoladora vitalidad creadora»

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larazon.es. 

Tiempo de lectura 2 min.

07 de diciembre de 2017. 21:12h

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larazon.es.  7/12/2017

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Diego Medrano (Oviedo, 1978) es autor de las novelas El clítoris de Camille (2006), Una puta albina colgada del brazo de Francisco Umbral (2008) y Tapa el sol con el pulgar (2009). Ahora huronea en Madrid, hace la novela de la vida mientras agota gones y tabernas, apura lunas de ocasión y tuertas, busca en la gran ciudad un consuelo a la manera de los poetas clásicos de bulevar (Baudelaire, Louis Aragón, Raymond Queneau). El ciclo La soledad habitada consiste en vaciarse por fuera e intentar encontrar por fuera la luz de vela, hoy más débil que nunca, de la cultura. El yo es, por instantes, como quería Michaux, “un movimiento entre el gentío”. La palabra tiene la misma vocación de tortura que de instrumento liberador, de bisturí que de placebo, de espita que de tumba abierta. Escribir tiene que ver con pensarse, con recorrerse, y hay un culebreo húmedo, un pálpito extraño de la misma escritura sin paracaídas y donde el autor se quema a lo bonzo. La conquista de Madrid se fragua haciendo de la escritura no es un motivo cuanto un destino.

A la manera de los libros más clásicos del maestro de Borges, Rafael Cansinos Asens (La novela de un literato), de los más líricos de Francisco Umbral (Trilogía de Madrid), de los más íntimos de Claudio Magris (El Danubio), de los más eruditos de W. G. Sebald (Los anillos de Saturno), de los más periodísticos de nuestro último Premio Nobel, la ucraniana Svetlana Aleksiévich (El hechizo de la muerte), de los más inclasificables de Vila-Matas (Bartleby y compañía) o de los más urgentes, entre el periodismo más acerado y otra literatura, de Kapuscinski (Ébano), en la confusión total de géneros literarios y el dominio magistral de los mismos, Diego Medrano rastrea un Madrid de presente y precariado, de esplendor y miseria, de lecturas en voz baja y sustos ácidos, buscando a partir de la deriva urbana un sentido a nuestra vida íntima como lectores sin posible solución y a una “modernidad líquida” (desfallecido el estado de bienestar, la usura como habitual moneda de cambio) donde la cultura vuelva a ser el principal asidero, la ruta más intrépida en el tiempo de todos los asedios y amenazas más lúgubres.

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