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Duchamp / Dali, una amistad mal contada

La Royal Academy intenta explicar la relación artística de ambos genios y su vínculo en Cadaqués

  • Duchamp y Dalí jugando al ajedrez en Cadaqués, fotografiados por Robert Descharnes, pieza de la exposición
    Duchamp y Dalí jugando al ajedrez en Cadaqués, fotografiados por Robert Descharnes, pieza de la exposición
Pedro Alberto Cruz Sánchez,  Pedro Alberto Cruz. 

Tiempo de lectura 5 min.

04 de noviembre de 2017. 02:01h

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Pedro Alberto Cruz Sánchez,  Pedro Alberto Cruz.  4/11/2017

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En el año del centenario del aclamado «urinario», a las puertas de un 2018 en el que se cumplirá el 50º aniversario de su muerte, el mundo del arte ha pasado casi de puntillas por la figura gigantesca de Marcel Duchamp. El artista más influyente del siglo XX, aquel que ha inspirado –y sigue haciéndolo– los grandes gestos transformadores de la teoría y la práctica artística contemporánea, ha carecido de grandes y necesarias revisiones en un contexto tan propicio para ellas. Sin duda, en este ambiente de sorprendente e inesperada discreción, el evento más esperado era la muestra «Duchamp/Dalí», organizada por la Royal Academy of Arts de Londres. Y la simple conjugación seca y sin más explicaciones de estos dos nombres levanta de inicio un crucial interrogante: ¿da tanto de sí la relación entre ambos gigantes como para convertirse en el hilo conductor del «año Duchamp»?

Erotismo y ajedrez

El diseño curatorial volcado en esta exposición pivota sobre su división en cuatro bloques: el cuestionamiento de la pintura, el erotismo, la ciencia y el ajedrez. Efectivamente, aislando cada una de estas temáticas y proyectándolas sobre la trayectoria de los dos, es evidente que tanto en Duchamp como en Dalí estos cuatros conceptos han supuesto preocupaciones capaces de corregir el sentido de sus obras en una u otra dirección. Pero, claro está, el problema surge cuando uno se pregunta si «pintura», «erotismo», «ciencia» y «ajedrez» constituyen realmente lugares de encuentro o, por el contrario, se revelan como el cruce de caminos en el cual el destino de sendos artistas se separa y recorre senderos divergentes. En el caso del ajedrez, es manifiesto que los universos de Duchamp y de Dalí se solaparon y generaron un contexto de «intimidad artística». Pero en lo que se refiere al tratamiento que, por separado, cada uno realizó de cuestiones como la «pintura», el «erotismo» y la «ciencia», las diferencias existentes entre ellos devoran ferozmente cualquier atisbo de coincidencia presupuesta. Dicho de otra manera: seleccionar estas tres temáticas como puentes discursivos mediante los que unir las orillas artísticas de Duchamp y de Dalí supone un ejercicio de imaginación entusiasta que, en la mayoría de las ocasiones, colisiona con la realidad. El ideario duchampiano resulta tan sumamente privativo y endogámico que difícilmente resulta traducible o cambiable a otra divisa que no sea la suya propia. Duchamp constituye una isla artística en casi todo. Y el recorrido de la exposición de la Royal Academy así lo demuestra: el seguidor de Duchamp verá colmadas sus expectativas por la presencia de muchos de sus grandes hitos artísticos –los principales «readymades», la reconstrucción del «Gran Vidrio» a cargo de Richard Hamilton, el material preparatorio para «Étant Donnés»...–. En cambio, y por contraste, la presencia de Dalí en cada uno de los bloques resulta casi siempre menor, hasta el punto de funcionar como un limitado actor secundario. Si de lo que se trataba era de diseñar un recorrido didáctico por los grandes logros del corpus duchampiano, la exposición resulta emocionante. Pero si, por el contrario, la idea era ahondar en el ambiente estético y vital producido por los encuentros anuales de Duchamp y de Dalí en el contexto de la localidad de Cadaqués, la muestra se revela como un fracaso sin paliativos.

En realidad, el binomio exacto y con mayor potencial no es «Duchamp/Dalí» –como propone la muestra–, sino «Duchamp/Cadaqués». Tras su primera visita en 1933, Duchamp regularizó sus estadías en Cadaqués desde 1958, año a partir del cual regresó cada verano junto con su esposa Teeny. Evidentemente, la razón para que Duchamp fijara en Cadaqués su residencia de verano era Dalí. Pero hasta 1968, año de su muerte, Cadaqués fue para Duchamp mucho más que Dalí: por allí aparecieron Man Ray –gran olvidado de la Royal Academy–, Richard Hamilton, el fotógrafo Robert Descharmes –encargado de documentar las peripecias de esta irrepetible concentración artística–, Niki de Saint-Phalle, Jean Tinguely y Joan-Josep Tharrats. Sin un plan previo, y por la pura atracción ejercida sobre otros «meteoros» del firmamento artístico por la pareja Duchamp/Dalí, Cadaqués se convirtió, durante estos años, en una de las principales capitales de la vanguardia. De ahí que resulte cuanto menos empobrecedor el hecho de que, para la exposición, el perímetro de la mirada se haya reducido al estudio de la relación bilateral entre estos dos grandes, excluyéndose así el resto del fascinante contexto. En este sentido, las exposiciones realizadas en Murcia, en 2013, y en Cadaqués, en 2016, resultan mucho más esclarecedoras de la densidad cultural y creativa que rezumaban aquellos veranos de Cadaqués que la solemne muestra de la Royal Academy.

El planeta y los meteoros

Aunque es indudable que la tarea principal de Duchamp en Cadaqués fue jugar al ajedrez, la importancia que esta población costera tiene en su obra se mide por ser el marco en el que el artista francés tomó algunas de las decisiones más determinantes encaminadas a la concreción de su obra maestra póstuma: «Étant donnés» (1946-1966). Desde este punto de vista, una manera más fructífera y real de engastar la obra de Duchamp en el universo daliniano hubiera sido seguir el leitmotiv de la ideación de «Étant donnés», en lugar de diseminar el discurso de la muestra en cuatro bloques temáticos, tan generales como forzados. Desde 1946 hasta su fallecimiento, esa pieza supuso el gran imán que atraía cuanto salía de la mente de Duchamp. Los objetos que surgieron de los diferentes veraneos en Cadaqués –entre ellos, el tapón de ducha que concibió para su apartamento y que se exhibe en la Royal Academy– no se explican si no es a partir del «sistema solar» compuesto por «Étant donnés» y sus pequeños planetas girando alrededor. Aunque la exposición de Londres resulta imprescindible por la imponente reunión de obras –habitualmente diseminadas– de Duchamp, su propuesta discursiva queda como una lectura muy superficial y deficiente de sus trabajos. Una gran oportunidad perdida.

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