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«El capital»: el libro de nunca acabar

Han pasado 150 años desde que apareciera el volumen nacido como «crítica de la economía política» y que fue tomado por Lenin como guía en la lucha obrera. Casi nadie lo ha leído, pero todavía hoy vuelve a reinterpretarse.

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Jorge Vilches. 

Tiempo de lectura 8 min.

25 de septiembre de 2017. 04:33h

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«El capital» es a los marxistas lo que «El Quijote» al lector común: todos lo citan, pero pocos lo han leído. Sin embargo, aquella crítica de la economía política sirvió para dotar a los movimientos socialistas de la modernidad y la sistematicidad que carecían. Karl Marx entregó a su editor el primer volumen en 1867, cuando se había comprometido a hacerlo en 1851. Para algunos de sus estudiosos, el principal padre del comunismo era perezoso; y otros, tendentes a excusarle, hablan de su meticulosidad como causa del retraso.

Lo cierto es que su obra sería impensable sin el patrocinio de Friedrich Engels, un empresario, y de su propia esposa, la baronesa Jenny von Westphalen, un matrimonio que no impidió a Karl concebir un hijo con su criada. El alemán dedicaba el día a leer y a escribir, como cuenta su biógrafo, Francis Wheen, y publicaba en toda revista que tuviera a mano sobre diversos temas, aunque no tuviera mucho conocimiento. De hecho, en la década de 1850 dedicó unos cuantos artículos a nuestro país, publicados como «Revolución en España», repletos de errores y lugares comunes.

A finales de septiembre de 1867 salió la primera edición del Libro I de «El capital. Crítica de la economía política». Apenas mil ejemplares. La editorial Wigand tardó cuatro años en venderlos. No fue la falta de éxito por lo que Marx no llegó a terminar el volumen, al que llegó a definir como un «obús dirigido al estómago de la clase capitalista». Antes de morir, el 14 de marzo de 1883, en Londres, entregó a su amigo Engels el manuscrito de la continuación. Pero tampoco estaba completo. Sus seguidores rebuscaron entre sus papeles y compilaron otros dos volúmenes, publicados en 1885 y 1894. La obra cerraba el círculo del filósofo más influyente del XIX, especialmente con su «Manifiesto comunista» (1848) –obra de encargo, redactada junto a Engels– y «El 18 Brumario de Luis Bonaparte» (1852) –un sagaz análisis de las luchas políticas y sociales en Francia–.

En el prólogo a la edición inglesa de 1886, Friedrich Engels escribió que Marx había redactado «El capital» pensando en la historia y economía de Inglaterra, porque creía que era el único país donde sería inevitable la revolución por las contradicciones del capitalismo. La conclusión parecía indicar que fuera de Gran Bretaña, el análisis y la predicción de Marx no servían de forma inmediata. Por esta razón, el marxismo se convirtió en una sombra en manos de Lenin. El ruso recogió la crítica a la economía política, al capitalismo y al orden burgués, pero le dio la vuelta a su interpretación de la Historia y a la concepción de la lucha obrera. No se trató solamente de la adaptación de una filosofía a un tiempo nuevo, sino de una táctica para hacerse con el poder en el socialismo europeo, y luego en la Rusia que derribó a los zares y a la República.

Toma de conciencia

Marx había deducido un sentido mecánico de la Historia, en el que a la dominación burguesa le seguiría la proletaria. El cambio se haría, escribió, por las contradicciones del sistema capitalista y la toma de conciencia de los trabajadores de la conveniencia del socialismo. Debía ser la emancipación obrera por los obreros mismos. Esto solo era posible en países donde la revolución industrial había forjado una clase fabril organizada y movilizada; nunca en un país campesino, ya que para Marx el trabajador del campo era «reaccionario». Es decir; el paso al socialismo sería una cuestión solo obrera y lenta, posible en lugares como Gran Bretaña o Alemania.

Lenin desarrolló el marxismo tomando las ideas de Buonarotti, Blanqui y Weitling, quienes habían indicado la conveniencia de que fuera un grupo organizado quien tomara el poder a la fuerza en nombre del proletariado. En su obra «¿Qué hacer?» (1902), desmintió a Marx diciendo que los obreros por sí mismos solo hacían sindicatos para mejorar sus condiciones de vida. A los sindicatos británicos y alemanes los denominó «aristocracia obrera» y repudió su actuación. Era preciso que los intelectuales, siempre de origen burgués, como él, transformaran el conflicto económico en guerra política.

Surgió así, de una lectura particular de Marx, el concepto de «partido de revolucionarios profesionales» en su obra «El Estado y la revolución» (1917). Por eso, los bolcheviques de Lenin tuvieron que dar tres golpes de Estado en la Rusia republicana de 1917 y 1918 para hacerse con el poder. La primera vez en julio de 1917, cuando fueron capturados por el gobierno de Kerenski, quien aún décadas después, cuando en su miserable exilio fue entrevistado por Chaves Nogales, se felicitaba de no haber fusilado a Lenin. La segunda ocasión fue la toma del Palacio de Invierno, en octubre de 1917, en un golpe ideado y ejecutado por Trotsky. El último golpe era la disolución a la fuerza de la Asamblea constituyente, reunida en enero de 1918, y en la que solo habían obtenido el 25% de los votos.

La «traición» a las ideas de Marx quedó patente en noviembre de 1917, cuando Lenin declaró ante el Congreso de los Sóviets que, si esperaban a que los obreros tomaran conciencia, como escribió el autor de «El capital», el socialismo no llegaría «cuando menos durante los próximos quinientos años». La marxista «dictadura del proletariado» quedó en manos de Lenin en la dictadura del partido comunista en nombre del proletariado. Los bolcheviques adaptaron a la Rusia campesina la crítica de Marx al capitalismo industrial y financiero, cambiando sujetos y conceptos, con el propósito de armarse de una doctrina que justificara su estrategia para tomar el poder.

A partir de ahí, la vida y la libertad en la Rusia de inspiración marxista se hizo imposible. «¿Libertad para qué?», le dijo Lenin al español Fernando de los Ríos cuando en 1921 visitó tierras rusas. La libertad le sirvió a Karl Marx para afincarse en Gran Bretaña durante 34 años, donde escribió, bajo el amparo de la ley liberal, obras contra el capitalismo y el régimen burgués que lo cobijaba. Incluso pidió la nacionalidad británica. Cuando apareció su obra «La guerra civil en Francia» (1871), el embajador de Prusia pidió al Foreign Office el encarcelamiento de Marx. El Gobierno de Su Majestad se negó alegando que no había violado ninguna ley; hasta le dieron permiso para estudiar en la Sala de lectura del Museo Británico aun conociendo sus ideas.

una orba poco leída

La suerte de «El capital» en el siglo XX, además de ser poco leído pero muy citado, no ha sido buena. J. M. Keynes, el economista socialdemócrata más influyente del XX, decía que que era «un manual no solo equivocado desde el punto de vista económico sino también sin interés en el mundo moderno». El filósofo Karl Popper, que en su juventud fue comunista, afirmaba que no tenía un carácter científico porque sus hipótesis no podían ser demostradas y sus predicciones no se habían cumplido. La inglesa Joan Robinson aseguraba que de haber estudiado a Marx como un economista y no como un «oráculo infalible», todos «nos hubiéramos ahorrado mucho tiempo».

La Escuela de Fráncfort y los comunistas franceses de la década de 1960, incluso hoy el filósofo esloveno Slavoj Žižek, prefirieron quedarse con el «joven Marx», el anterior a «El capital», más político y directo, usable para la propaganda y la agitación, y menos farragoso. De hecho, la editorial Progreso, de la Rusia soviética, en su tarea propagandística en Occidente prefería la edición de los libros del joven Marx. Otro tanto hizo la China comunista con sus ediciones populares para occidentales. El propio Marx fue consciente de la dificultad que entrañaba leer su obra, y por eso participó en algún proyecto para hacer una antología y acercar al lector común el «resultado de quince años de investigaciones –escribió a Lasalle– del mejor periodo de mi vida».

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