domingo, 11 diciembre 2016
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Cultura

El hombre que piensa y siente en serio

En 1981, Eduardo Mendoza le confiaba a la revista «Vibraciones» que a él nunca le habían interesado mucho esas cosas de la estructura y la experimentación literaria. Decía que él contaba cosas demasiado sencillas como para merecer construcciones complejas. Llevaba por entonces ocho años en Nueva York, trabajando de traductor en la ONU y el tiempo libre que le dejaba su trabajo lo había invertido en la confección de dos novelas. Ahora que acaban de cumplirse sesenta años de la muerte de Baroja, cabría recordar que Mendoza hizo la primera de ellas bajo la inspiración del estilo barojiano. Le salió una novela sobre la Barcelona del pistolerismo con reflejos políticos, sociales y brillos grandguiñolescos muy personales. Hay que señalar que, por esa época, el propio Mendoza afirmaba no estar interesado en la denuncia de la sociedad, cosa que le parecía tan absurda como denunciar el clima, según sus propias palabras.

Los ingredientes de ese contradictorio sesgo bufonesco encajarían como un rompecabezas cuando publicó, con gran éxito, su segundo libro: «El misterio de la cripta embrujada». Se trataba de una broma con una trama que hacía aguas por todos los lados, escrita en una semana para divertirse, pero de lectura irresistible. Sus primeras quince páginas –la descripción de los efectos de un partido de fútbol entre los locos de un manicomio– arrancaban con la fuerza de una riada y arrastraban la narración hasta ese punto de hechicería al que aspiran todos los autores: que el lector te perdone cualquier cosa. La fuerza de Mendoza es crear caracteres inolvidables (el cateto Ceferino, Onofre Bouvila, el extraterrestre que busca a Gurb) con los que podemos estar seguros que habla en broma, pero piensa y siente en serio. Con el glorioso malentendido de ese segundo libro, Mendoza probablemente pensó que lo mejor era fiarse a su propio instinto de narrador, dejar a Baroja para los ensayos, y perder el miedo al posible ridículo intelectual. Así, en 1986, astutamente a rebufo de la designación de Barcelona como sede olímpica, escribió «La ciudad de los prodigios», otra novela seria pero esta vez ya más maligna. El éxito fue de nuevo total, dando forma a un tópico de «ciudad trepa» –más para consumo externo que interno– que nos acompañará siempre a los barceloneses. Una Barcelona soñada por la que Mendoza jamás sintió nostalgia.

Su éxito más incontestable a todos los niveles llegó con un artefacto escrito de nuevo de una forma sólo aparentemente modesta: «Sin noticias de Gurb». En él, a través de pequeños episodios publicados en la prensa de una manera seriada, daría forma a un libro sobre un extraterrestre que aterriza en nuestro planeta e intenta dar cuenta de lo que va descubriendo desde un desconcierto y una incompetencia irremediables. Lo interesante es que diez años antes, en esa entrevista citada de 1981, Mendoza afirmaba ya estar leyendo con devoción a Dickens. Uno no puede evitar sospechar el placer que extrajo de descubrir los «Pickwick Papers» además de escuchar claramente en su Gurb los ecos de Cervantes y de Swift. Resuenan sin alharacas ni guiños de estilo; lo cual no evita que desde ese momento Mendoza pase a formar parte de nuestros planes de estudio y nuestros hijos se eduquen ya muchas veces leyendo esa sátira sencilla y diáfana.

Cuentan de Conan Doyle que detestaba cordialmente las aventuras de Sherlock Holmes, su creación más afortunada, mientras aspiraba a ser reconocido algún día por sus intragables y desconocidos tostones histórico-eruditos. Mendoza nunca ha cometido esa estupidez y se ha mostrado en público tan respetuoso por igual con todas sus creaciones. Como Muñoz Seca, juega con la tradición, basándose en la alegría vital de la creación y dejando de lado los complejos. La distancia corta, la página breve le va, y el lector está deseando que se ponga de golpe extemporáneo en sus argumentaciones porque lo hace como nadie. Por eso es algo para alegrarse que Mendoza haya recibido el premio Cervantes. Y se alegrarán muchos pero, además, uno no puede evitar un agradable calorcillo subcutáneo al pensar que se habría alegrado todavía más un manco inmortal de saber que algún día un premio monumental que lleva su nombre lo recibiría uno de su cuerda.

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