sábado, 19 agosto 2017
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Cultura

El naturalismo no es ningún cuento

  • Páginas de Espuma publica los cuentos de Émile Zola en un volumen coordinado por Mauro Armiño.

Émile Zola, un corazón dividido entre la política y la literatura
Émile Zola, un corazón dividido entre la política y la literatura

Zola empezó en la bohemia y sólo después se entregó a la escritura. O sea, que primero salió a barzonear por la vida, que en ese momento se po-día conocer recorriendo unas cuantas manzanas destartaladas de París, un foso humano habitado por el bestiario corriente que suele dejar detrás de sí la pobreza y la miseria, y luego se puso a inventar, vamos a ejercitar la escritura. Zola, que procedía de Aix-en-Provence, inició su carrera literaria bajo al cornisa protectora que en esos años ofrecía la prensa. Los periódicos alentaron la creatividad de jóvenes autores cuando decidieron publicar relatos en sus páginas para atraer y fidelizar lectores. Nacía así una prosa de cariz mercantil, pragmática y directa, pero no carente de virtudes, capaz de mantener pendiente de sus entregas a cientos de personas. Zola arrancó en el cuento, la distancia más corta de las letras en esta coyuntura y, sobre todo, apegado a una prosa contaminada de romanticismo, de las obligadas influencias, como relata Mauro Armiño, que ha reunido en un único volumen los cuentos completos de este autor: «Empieza, como diría Machado, con los años azules de la Provenza. Pero en cuanto comienza a trabajar para los diarios, que en ese momento eran cuatro o cinco hojas, cambia de estilo, se convierte en un cronista de la Ciudad de las Luces, de la burguesía, de la clase media».

Crónica y cuento

El autor de «Germinal» pasa así de un estadio inicial, marcado por una cierta idealización a un incipiente naturalismo a través del ejercicio del periodismo, que le pone en contacto con la realidad pero desde una mirada crítica, ya no contagiada de juventud, sino de ideas y de un ideario. «Su narrativa breve puede centrarse en tres tipos muy concretos: los que cierra con un final trágico, las historias que podríamos definir como amables y, por último, una especie de crónica/cuento, que en realidad era un reportaje en el que incluye unos personajes ficticios. De esta manera, consigue que un suceso reciente, como una inundación, en el que centra dos títulos que se pueden encontrar en el libro, llegue de forma más honda a sus seguidores al superponer unos personajes inventados a los acontecimientos que describe», añade el traductor. Aunque el nombre de Zola está marcado por la perspectiva que le ha dado su relevancia novelística y, por encima de otros asuntos, su involucración en el caso Dreyfus, cuya influencia, mediante su célebre «Yo acuso», en su obra corta sobresale por «centrarse en lo menudo, en el detalle y, también por un intento de psicoanalizar la conducta, algo que se puede apreciar en su texto “Por una noche de amor”». A partir de aquí, como afirma Armiño en el prólogo, Zola «va a centrarse en la transformación de un mundo conocido en otro desconocido que origina, en una expresión muy empleada a principios del siglo XX, “oportunidades de negocio”; en ese caldo de cultivo la condición humana ofrece al escritor todas sus potencialidades, tanto generosas como perversas». De aquí parte un naturalismo demoledor que va resaltando las distintas facetas de la naturaleza de los hombres.

Su trayectoria cambia de rumbo de manera imprevista cuando en 1872, el gobierno le prohíbe participar de los debates públicos a través de la publicación de textos en la prensa. El medio que le había permitido la subsistencia desaparece y tiene que recurrir a una amistad, Turgéniev, para que le permita participar en «El mensajero de Europa» en 1875. Unas páginas a las que entregará algunas de sus más brillantes incursiones en el cuento, como «las doce auténticas “nouvelles”» que recogerá después en «El capitán Burle» y «Naïs Micoulin»: «No se trata de crónicas ni de anécdotas, sino de situaciones narrativas con autonomía propia», explica Mauro Armiño en la introducción. Zola, que supo expresar con una singular épica, acontecimientos que estrangulaban a los ciudadanos de su época, no tarda en retorcer la trama, en darlas una visión oscura, sobre todo en sus historias de amor. Aquí va prefigurando, sobre todo en «Por una noche de amor», esa «femme fatale», esa nueva Lilith que posteriormente, otros escritores, de otros países y en otros códigos bastante distintos, desarrollarían en su novelística hasta convertirla en un arquetipo.

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