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Félix Francisco Casanova, el poeta que se convirtió en poema

  • El poeta siempre se sintió atraído por lo trágico y las almas atormentadas
    El poeta siempre se sintió atraído por lo trágico y las almas atormentadas
Antonio Puente.  Canarias.

Tiempo de lectura 8 min.

07 de julio de 2017. 22:02h

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Antonio Puente.  Canarias. 7/7/2017

Es posible que nadie pueda bañarse dos veces en el mismo río; pero hay alguien que, envuelto en una aureola de leyenda, con «genialidad» y defunción igual de prematuras, puede morir y ser redivivo en el mismo baño. «Debes saber que a veces / soy como un entierro interminable», escribió Félix Francisco Casanova (Santa Cruz de La Palma, 1956 - Santa Cruz de Tenerife, 1976) en su poema «Eres un buen momento para morirme», fechado el 14 de diciembre de 1975. Un mes después, sin haber agregado ni una línea y cuando no había cumplido los 20 años, moría por asfixia, a causa de un escape de gas, mientras se duchaba en el cuarto de baño de su casa. Esas señales, como de premoniciones de su muerte pasada por agua –el «smoke on the water» que marcara la época–, alimentan las especulaciones sobre la idea de un suicidio, y, en general, el propio mito. «Cada vez estoy más cerca del agua», escribió, por ejemplo, unos meses antes, en su diario, «Yo hubiera o hubiese amado», descubierto y publicado con posterioridad al aciago y vaporoso episodio, donde también escribiría, oscuramente: «En los “Síndromes”, más que agua hay sangre. Aludía a la serie encabezada con ese nombre en su último poemario, “La memoria olvidada”, de publicación igualmente póstuma y cargado de referencias mortuorias».

Doméstico y legendario

Ahora, la aparición de sus «Obras completas» (Demipage) en un cuidado volumen de más de 700 páginas, reactiva el mito de quien empieza a ser catalogado como el «Rimbaud español». En el prólogo, Fernando Aramburu lo describe como «un muchacho de rostro agraciado e inusual capacidad creativa, de enorme y a la vez inquietante talento, que parece velar un enigma en cada cosa que dice o hace», y que, a causa de su muerte, prematura y «en circunstancias no del todo aclaradas, está punto menos que destinado a alumbrar algún tipo de leyenda». Esa muerte, nunca resuelta entre lo doméstico y lo legendario, era el perfecto epílogo a su vasta y precoz obra, escrita entre sus 14 y sus 19 años de edad, dotada de una extraña, oscura madurez, y refrendada por importantes galardones de las Islas, como para convertir a Félix Francisco Casanova Martín en un insólito emblema generacional.

Su corta vida no se presta, desde luego, a una menor fabulación que aquel vaporoso nicho de azulejos. Hijo del médico y poeta postista Félix Casanova de Ayala (1915-1990) y de la pianista Concepción Martín Díaz (1935 -1972), una muy bella mujer de la burguesía palmera (que le llevaba, por cierto, a Félix Francisco 20 años, la misma diferencia de edad que a su marido), a algunos de los glosadores de su leyenda no les pasa inadvertida la importancia de la muerte igualmente prematura de la madre –cuando él contaba apenas 14 años, y se entrega, vehemente, a la escritura– y el vuelco posterior, más que afectivo, de aquel padre –poeta, mayor y viudo– sobre su hijo, el artista adolescente, o con cuño de Dylan Thomas, el «artista-cachorro». Además de una adoración a su «persona marcada por el genio de su poesía» –escribe Casanova de Ayala en el prólogo a la antología «La memoria olvidada», publicada por Hiperión en 1990, que ya fue póstuma también para él–, y el incansable magisterio alentador, ambos son coautores del poemario «Cuello de botella», incluido en esta edición integral, Su obra, iniciada, en rigor, con «El invernadero» (por el que obtuvo, a los 17 años, el premio Julio Tovar, y que le hizo renegar de sus cinco libros anteriores) es, ciertamente, de difícil clasificación. Su culturalismo no elude un cierto –por así llamarlo– «surrealismo sucio», que combina resortes de vanguardia con jirones de música rock y folk, a caballo, también, entre un cierto expresionismo simbólico y resonancias de la generación Beat.

Exótica madurez

El también poeta palmero Antonio Jiménez Paz, autor de una biografía novelada, aún inédita, significativamente titulada «Pasión de agua», no descarta la idea del suicidio de Félix Francisco. «Yo no creo que haya sido azarosa su muerte en la bañera; se corresponde con esa dimensión oscura, esotérica de su personalidad, que le llevaba a practicar extraños ritos, como hablar constantemente por teléfono, no paraba de hacerlo en la época de los aparatos fijos, o tomar esos baños más que prolongados», explica Jiménez Paz, quien, de hecho, deja abierto en su libro el episodio final, entre veladas sugerencias de suicidio. «Ni lo afirmo ni lo descarto. Sé que es un suceso ambigüo, pero, a fin de cuentas, irrelevante, pues lo importante es recuperar esa dimensión oscura, intransferible, que había bajo su aparente sociabilidad. Hay un ludismo y una espontaneidad, en su escritura y en su figura, que es una síntesis sin concesiones de su personalidad, y que, creo, resultó eclipsada por la mediación de su padre. No debió disuadirle, como hizo, de su afán por la escritura automática, ni intervenir sobre sus textos para sacar algunos libros conjuntos», opina Jiménez Paz.

Sin embargo, Juan Manuel García Ramos, editor de las dos obras póstumas de Casanova Martín, el dietario «Yo hubiera o hubiese amado» y «La memoria olvidada», en Liminar, descarta rotundamente la posibilidad de un suicidio. «Yo estuve al día siguiente en aquel baño, y puedo asegurar que fue un accidente por el pésimo estado de la instalación», afirma el catedrático de Literatura de la Universidad de La Laguna, quien define la poesía de Félix Francisco como «un capítulo excepcional de la lírica española: representa una convulsión de exótica madurez».

La imagen de un muchacho jovial y vitalista, que «no se correspondía para nada con la leyenda romántica que se le adjudica», es la que destaca Ángel Mollá, profesor de Estética de la Universidad de La Laguna, amigo íntimo del poeta desde la infancia, y que estuvo con él la noche anterior a lo que, sin duda, considera «el accidente». «Rezumaba siempre buen humor y es cierto que le atraían las personas atormentadas y las situaciones trágicas, pero estrictamente como material literario», dice Mollá, que compuso con él, entre otros textos, el «Manifiesto Hovno» [palabra que en checo significa «mierda»], incluido en el apéndice de estas «Obras Completas»: «Era una persona alegre, equilibrada, que observaba aún la vida desde la barrera. Alguien perfectamente normal, más un talento prodigioso, torrencial, para construir imágenes», dice.

Y en fin, como ya alertara en su día Manuel Padorno, «lo que resulta lamentable es que, en la pobre circunstancia crítica canaria, la aureola de su muerte joven pueda tener más trascendencia que la lectura real de textos». En compañía de su mujer, Josefina Betancor, fue pionero en publicar en Madrid sus obras –en Taller de Ediciones JB–, tanto la novela «El don de Vorace» (1975), ganadora del Benito Pérez Armas el año anterior, como su penúltimo poemario, «Una maleta llena de hojas» (1977), que aparecieron, justamente, un año antes y un año después de la muerte de Casanova.

El propio Fernando Aramburu expresa en este volumen: «No me parece perjudicial el mito siempre y cuando no eclipse lo esencial, que en este caso es la obra literaria de un genio»; sólo que –paradoja obliga–, el volumen aparece trufado de excelentes fotos del autor, desde niño a adolescente, envuelto en un hagiográfico aroma de belleza andrógina... ¿Es el poeta que se convirtió en poema? Figura y creación pueden no ser excluyentes, aunque, como avisa Jorge Rodríguez Padrón, la obra de Félix Francisco Casanova «es necesariamente un embrión; una magnífica promesa, desde luego; pero 19 años, que dieron para mucho, no pueden dar para más».

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