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Fiesta fin de curso con Thieleman

Crítica de clásica / ciclo ibermúsica

Gonzalo Alonso.  Madrid.

Tiempo de lectura 2 min.

19 de mayo de 2017. 00:11h

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Gonzalo Alonso.  Madrid. 19/5/2017

Obras de Faure, Ravel, Schoenberg y Strauss. Daniil Trifonov, piano. Soprano: Renèe Fleming. Staatskapelle Dresden. Director: Christian Thielemann. Auditorio Nacional. Madrid, 16 y 17-V- 2017.

El público llenó el segundo de los conciertos, como no podía ser de otra forma contando con Renée Fleming cantando los «Cuatro últimos lieder» de Strauss, prácticamente lo único que ha abordado las tres veces que ha intervenido en Ibermúsica desde su debut con Levine en 1996. No alcanzó a llenar el primero porque Schoenberg aún asusta a muchos aficionados, aunque su «Pelleas y Melisande» tenga más de postromanticismo que de escuela vienesa. En cualquier caso, los asistentes acudieron con el mismo ánimo de fiesta que los estudiantes a la de su graduación. Ovaciones al aparecer los artistas y vítores al final de cada concierto. Thielemann no se avino a propinas y es que ¿qué propina puede concederse tras la citada partitura o la «Sinfonía Alpina»? Cierto es que habríamos disfrutado con los valses de «El caballero de la rosa» pero la cosa no encajaba a pesar de la brevedad de sendas citas.

El maestro berlinés, con buen criterio, enlazó sin pausa el preludio del «Pelleas» de Faure con el «Concierto en sol mayor» de Ravel, que contó con el pianista joven con mayor interés del presente. Realizó una versión impecable, que a unos les pudo parecer más fría de lo habitual y a otros más cálida en su delicado tiempo central. Cuestión de grados. Llenos de empuje los tiempos extremos. Creo que jamás he visto unas manos moverse sobre el teclado como las de Daniil Trifonov. Manos de largos dedos que parecían bailar un elegante ballet por encima de las teclas, a las que sacaban un precioso sonido. Fleming aún mantiene la voz ideal para cantar los lieder de Strauss, a pesar de conservar mejor su apariencia física que la vocal. Le costó colocar la emisión en «Fruhling» inicial, pero estuvo soberbia en los dos últimos. Thielemann la cuidó para que el instrumento, que nunca fue grande, se pudiese escuchar siempre y quizá eso perjudicó la versión global, que quedó demasiado contenida, falto del «abandono» torero de un Curro Romero y «In abendrot» es una despedida que necesita eso precísamente. El maestro demostró, tanto en Schoemberg como en Strauss, su pleno dominio de la Staatskapelle Dresden, un conjunto bueno pero no mejor que algunos de los ingleses que frecuentan Ibermúsica y, desde luego, no a la altura de Berlín o Viena. Eso sí, al público habían de impresionarle la disposición tipo cuarteto, los ocho contrabajos a la izquierda, las dos arpas a la derecha, las nueve trompas del «Pelleas» o los casi cuarenta vientos subiendo los Alpes en medio de la tormenta. Una borrachera sonora que Thielemann supo controlar y contrastar. Alfonso Aijón la tendrá en la cabeza cuando esta semana suba sus cimas de Nepal. Una traca final, un fin de fiesta adecuado para el envidiable ciclo de Ibermúsica.

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