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Gengis Kan, así nace el mayor imperio de la historia

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Sagrario Fernández-Prieto .  Madrid.

Tiempo de lectura 8 min.

12 de julio de 2015. 23:35h

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Todo gran héroe necesita un bardo que cante su epopeya. La de Gengis Kan se encuentra en «La historia secreta de los mongoles», libro escrito en 1227 por un autor anónimo. Basándose en este texto y cotejando fuentes y bases documentales de la historia gengiskánida, René Grousset, uno de los principales orientalistas del siglo XX, ofrecó en «El conquistador del mundo. Vida de Gengis Kan» (publicado ahora en España por Acantilado) una reconstrucción narrativa de la existencia del descendiente del Lobo Gris y de la Cierva Salvaje.

Ante todo, es preciso situar en el tiempo y el espacio al personaje. Las leyendas de los mongoles le emparentan con dos animales totémicos: el lobo gris-azulado y el ciervo, ambos habitantes de los montes boscosos. Un lobo gris descendió del cielo y anduvo vagando por las inmensas estepas hasta que se encontró con una cierva salvaje. Juntos se asentaron en las fuentes del río Onon, en las montañas de Burkan Kaldun, y allí gestaron a la primera generación de lobos grises, borjiguines. Con el paso del tiempo apareció una nueva generación de lobos grises convertidos en seres humanos. De ellos descendería el clan de Temuyín, Gengis Kan, entroncado así con unos orígenes mitológicos que situaban a su tribu por encima de las demás.

La geografía define el carácter y el entorno de los mongoles propició una raza de hombres fuertes y nómadas dedicados a la caza y el pastoreo. Su historia se desarrolla en la Alta Asia: al norte, poderosas cadenas montañosas cuya altitud alcanza a menudo los dos mil metros. Macizos cubiertos de bosques que son la continuación de la inmensa e impenetrable taiga siberiana con sus alerces y pinos. Por debajo, las pendientes y las hondonadas de los valles están cubiertas de árboles que bordean el curso de los ríos hasta el corazón de la estepa.

Una raza de hierro

Una fuerte tormenta estalla cada día de verano en el mediodía de la estepa mongola. En Urga, actual capital de Mongolia, se pasa de 42,6º bajo cero en invierno a 38,2º en verano. En todas las estaciones, montañas y estepas son barridas por unos vientos que casi derriban al jinete de su montura. Los mongoles se convirtieron en la raza de hierro del mundo antiguo porque se forjaron en la más áspera de las existencias, en una tierra de bruscos excesos, cuyos contrastes sólo se equilibran con organismos capaces de no sucumbir ante la adversidad.

Las piernas de los mongoles están arqueadas por el uso constante de los caballos, pequeños, toscos y resistentes. Como explica el autor, «caballo y jinete están hechos para afrontar las tempestades de nieve como torbellinos de arena ardiente, para escalar al norte los macizos alpestres, para atravesar al sur las extensiones sin agua del desierto del Gobi». El mejor elogio que recibe un hombre de este pueblo es que ningún enemigo vio jamás su espalda ni la grupa de su caballo.

Gengis Kan Temuyín nació en 1167. Siguiendo la costumbre de las tribus Yesuguei, su padre le puso el nombre de un jefe tártaro al que había hecho prisionero cuando se enteró de que su esposa iba a tener un hijo. Los cronistas cuentan que «el niño tenía unos ojos de fuego y un singular resplandor en el rostro», afirmación que repiten quienes le van conociendo a lo largo de su vida, que también hablan del «insostenible resplandor de aquellos ojos». Ya adulto se distinguirá por su elevada estatura, su complexión robusta, su frente ancha, su barba relativamente larga para un mongol y sus «ojos de gato» de color gris verdoso.

La endogamia estaba prohibida entre los mongoles, que se veían obligados a recurrir al rapto para encontrar mujer. Esto perpetuaba la guerra entre las tribus, siempre con una venganza pendiente que se saldaba con un nuevo rapto y el consiguiente derramamiento de sangre. Yesuguei había tenido dos hijos con Sochigil y después raptó a Hoelun, joven esposa de la tribu de los merkitas, para convertirla en su segunda esposa. Hoelun pertenecía a una tribu ajena a los mongoles y será la madre del futuro Gengis Kan. Años después, miembros de la tribu de los merkitas se vengarán raptando a la mujer de Temuyín, Borte, dando lugar a un tema crucial en la historia de los mongoles, ya que, tras su rescate, Borte estaba embarazada y la duda sobre la paternidad de su primogénito quedó sembrada.

Cuando Temuyín tenía diez años, su padre murió envenenado por los tártaros y sus dos esposas fueron abandonadas con siete huérfanos. Hoelun era una mujer fuerte a la que el bardo da además el apelativo de sagaz y alimentó a sus hijos con bayas silvestres, raíces, ajos y cebollas. En unos pocos años Temuyín lideraba un pequeño número de tribus nómadas y había incorporado incluso a los parientes que le habían abandonado tras la muerte de su padre. Rodeado de tribus enemistadas, comenzó a luchar por su unificación y para ello recurrió a alianzas tan importantes como la de Toghril, el rey de los keraitas.

Su ejército avanzaba rodeado de un halo de invencibilidad que precedía a las batallas, preparadas de forma estratégica, con detallada información de los territorios correspondientes. Sus hombres estaban preparados para lo imprevisto y su capacidad de reacción era tan rápida como desconcertante para el enemigo. Ideaba sorprendentes tácticas para crear falsas impresiones sobre el número de sus guerreros o llevaba a cabo engañosas retiradas para hacer caer a sus enemigos en trampas letales.

También acertó con su intuición para rodearse de dignatarios y lugartenientes fieles y capacitados a los que recompensaba con generosidad. Uno de ellos, el gran estratega Subotei, le prometió «velar por sus bienes con la vigilancia de una rata, aumentarlos con la aplicación de una corneja, proteger a su amo como una manta» y Gengis Kan les prometía que serían los felices compañeros de su fortuna.

En el transcurso de treinta años, Gengis Kan creó un imperio que se extendía, de este a oeste, desde el Océano Pacífico hasta el Mar Negro y Asia Menor, y de norte a sur, desde las tierras siberianas cercanas al Círculo Polar Ártico hasta el Tíbet. Llegó hasta el Danubio, a las puertas de Europa; las noticias de su invasión sembraron el pánico entre los europeos, pero se dio la vuelta sin que sepamos por qué renunció a una conquista que habría cambiado el mapa de Occidente.

Censos, correo y ordenamiento legal

Para mantener el dominio de sus vastos territorios organizó una compleja estructura administrativa. Confeccionó y actualizó un censo de población en cada zona y un servicio de correos que hizo posible centralizar la información. Creó el Yasa, ordenamiento legal de derechos y obligaciones, un código de conducta que rechazaba la traición en cualquier circunstancia y fijaba castigos ejemplares para los dirigentes que no cumplieran las reglas, y aunque él fue analfabeto, su pueblo aprendió a leer y escribir.

Su liderazgo duró treinta años y, tras su muerte a los 60, el 18 de agosto de 1227, se prolongó cincuenta más. Su nieto Kublai Kan unificó China y muchas referencias sobre el imperio mongol nos han llegado a través de Marco Polo, que estuvo diecisiete años a su servicio. El desconocimiento ha dado pábulo a los aspectos más llamativos de su personalidad. Es cierto que fue un guerrero cruel, pero no más que otros grandes príncipes de la Edad Media, y en cuanto a su numerosa prole hay que tener en cuenta que vivía en una sociedad poligámica y que las mujeres, lamentablemente, siempre se han utilizado como botín de guerra. Gengis Kan fue un hombre fuera de lo común y las varas de medir habituales no sirven para él.

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